De regreso a la escritura no remunerada

Llevo escribiendo, casi literalmente, toda mi vida. Ya desde los nueve años fantaseaba con publicar un libro, mis diarios ocupan toda una repisa de mi librero, crecí teniendo un pen pal, participé en toda clase de publicaciones escolares y he ensayado en prácticamente todos los géneros literarios; durante cinco años alimenté activamente este blog y antes de eso tuve otro que duró unos siete años en donde escribía poesía.

Pero luego pasó algo. En 2014 gané un premio que me llevó a publicar mi primer libro y a recibir por primera vez una remuneración por mis escritos. Cuando el libro salió a la venta moría de vergüenza –era un libro autobiográfico que además de exhibicionista no alcanzaba los estándares de mi propia vanidad–, pero ya estaba en eso así que hice lo que se tenía que hacer: aparecerme en la presentación del libro, sonreír y escribir dedicatorias en la primera página cuidándome siempre de no releer ni una sola palabra que estuviera en su interior; porque era yo pero ya no era yo, era un producto independiente de mí y si quería sobrevivir a la exposición tenía que verlo siempre de reojo.

Fue la primera vez que pude tomar distancia de mi escritura: entendí que mis palabras no eran esencialmente mías, eran meras expresiones perecederas del devenir. Pude soltar el inventario obsesivo de mis escritos y adquirí el derecho, frente a mí misma, de desentenderme de los textos una vez publicados, de desdecirme y desidentificarme.

A partir de ese momento, empezó a ser común que me pagaran por escribir: publiqué mi segundo libro –un libro por encargo que de mío no tiene mucho–, me volví colaboradora de distintas revistas y medios digitales e hice un montón de escritura fantasma. Me sentía orgullosa de que después de tantos años, por fin estuviera rindiendo frutos mi apuesta por la escritura. La mayoría de las cosas que hacía me gustaban. En ese entonces todavía no estaba en boga el concepto de «generación de contenidos» y aunque eso era precisamente lo que hacía, aún no le veía su revés nocivo: mi escritura, reducida a mero objeto de consumo, iba volviéndose cada vez más plana, cada vez menos auténtica.

En otoño de 2015 Juristas Unam me invitó a escribir una columna semanal de tema libre en su portal. Maravilla. Se volvió una especie de continuación de mi blog con la diferencia de que, una vez más, ahora me pagaban por ello. Pero había otras diferencias: tenía que publicar siempre el mismo día y había que hacerlo estuviera o no inspirada, además de que mis entregas tenían que ser, de una u otra forma, de interés común. Pronto fracasé en hacerla columna de opinión (la verdad es que no tengo tantas opiniones sobre los eventos del mundo), pero aun así me esmeraba por encontrar ese terreno en común de identificación con el otro: hablaba de mí, sí, pero simulando que hablaba de otra cosa; dejé de enseñar las entrañas de la forma en la que lo hacía aquí y la volví una escritura “segura”, a prueba de miradas, en parte también porque cada vez eran más los pacientes que me leían.

Tuvo sus beneficios. Desarrollé callo para sobreponerme a mis propias resistencias, adquirí confianza en mi capacidad de decir más allá de la así llamada inspiración y me volví mucho más disciplinada. Ya al final sacaba los textos apenas dos horas antes de la hora en la que tenía que entregarlos y decidía el tema casi sobre la marcha. Varias cosas albergadas en ese portal me gustan mucho todavía y mucho de lo que escribí ahí no lo hubiera escrito jamás si no hubiera tenido este sentido de deber que me llevaba a escribir, pasara lo que pasara, cada semana.

A inicios de este año me dieron las gracias. Recorte de presupuesto, etcétera. Me dolió porque se sumó a la gran lista de pérdidas laborales que he tenido en los últimos tiempos –si les soy honesta, me siento un poco desamparada en este momento y no sé qué voy a hacer para garantizar mi manutención de los siguientes meses–, pero independientemente de eso, me dejó a la deriva en otro sentido: si quería seguir escribiendo, tenía que reapropiarme de mi escritura.

Al principio lo quise ver con optimismo: ahora ya no tenía ningún pretexto para entregarme a mis proyectos de largo aliento y escribir novela o ensayo largo, pero han pasado ya dos meses y pregúntenme qué he hecho. Entonces recapitulo todo este recorrido y me doy cuenta del mucho daño que me ha hecho cobrar por escribir. No digo que no lo vaya a volver a hacer, de hecho sigo escribiendo aquí y allá en ese formato, pero lo cierto es que después de tantos años, me cuesta mucho volver a rendirme cuentas a mí misma.

Por mucho que haya aprendido escribiendo por encargo y por muy agradecida que esté por vivir-de-hacer-lo-que-me-gusta, escribir bajo esos términos me hizo de alguna forma olvidar cómo verme en el espejo, cómo indagar entre mis propios pliegues y acompañarme por horas, como antes lo hacía, en el proceso desquiciante y hermoso de intentar decir-me.

Sé que incurro en un lugar común cuando digo que la escritura me ha salvado la vida más de una vez, pero es verdad. Tener una trinchera desde donde crear sentido salva la vida. Una subjetividad que puede mirarse a sí misma es un hogar y eso es lo que yo consigo escribiendo: habitarme y con ello, volver más habitable mi mundo.

Necesito urgentemente poder volver a hacer eso. Por eso escribo esto ahora mismo, porque extraño esa soledad colmada de sí, esa esperanza. Y porque estoy triste.

 

 

 

Anuncios

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s