Mansplainer

MANSPLAINER
El otro día, por azares de la vida, acabé tomando café con un mansplainer. A diferencia de otras mujeres, a mí no me enfadó particularmente ni me sentí con la necesidad de imponerle mi discurso, evidenciarle su atropello o aclararle que yo-también-sabía; al final, no lo legitimaba como interlocutor y ahorrarme la exhortación me permitía disfrutar de la mañana soleada y entretenerme analizando su estructura discursiva. Para su deleite, hasta anoté un par de bibliografías que él mencionó y agradecí mucho antes de subirme a mi bici y perderme entre las calles.
Pero lo que más me llamó la atención fue en qué alto concepto me tenía él. Se desvivía en halagos sobre lo lista y sensible que yo era, etcétera. Era como ser una especie de diosa de mármol, a la que no se le escucha –cómo escuchar a una piedra– pero a la que imaginariamente se le dota de toda clase de atributos y se le dejan flores en los pies.
Me enterneció su avidez por mostrarse ante mí y la necesidad que tenía de que yo viera todo lo que él era y sabía, todo lo que él tenía para ofrecerme. Su soliloquio de sabihondo se sentía ante todo como una imploración, como quien dijera: sé mi espejo, te lo suplico, devuélveme un reflejo que me redima.
Y bueno, quién no ha buscado salvarse así, asomándose a los ojos de los otros para verse a sí mismo, engrandecido.
PD. Creo que estaré escribiendo otra vez por acá. Tengo ganas de recuperar mi voz más anecdótica.
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