Cocrianza comunitaria

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*publicado por primera vez en S1ingular, abril 2016

Una vez conocí a un hombre en Nigeria, un ibo que tenía seiscientos parientes a quienes conocía bien. Su esposa había tenido un bebé, la mejor noticia posible para cualquier familia extendida.

Iban a llevarlo a conocer a todos sus parientes, ibos de todas las edades, tamaños y formas. Iba incluso a conocer a otros bebés, primos no mucho más grandes que él. Todo aquel que fuera lo suficientemente grande y firme iba a cargarlo, mimarlo, hablarle y decirle qué bonito era, o qué guapo.

¿No te hubiera encantado ser ese bebé?

Un hombre sin patria, Kurt Vonnegut

Parece haber un consenso entre la gente común: los niños crecen mejor si crecen en el seno de una familia tradicional, con un padre y una madre viviendo bajo el mismo techo. Lo dice el sacerdote de la iglesia, la junta de padres de familia, la vecina y decenas de generaciones que los han precedido. Al niño de padres solteros o divorciados a menudo se le trata como si tuviera una minusvalía social que necesita ser compensada pero, ¿tiene acaso fundamento ese prejuicio?

La familia tradicional –compuesta por padres monógamos y heterosexuales– se sigue considerando como el mejor ambiente para la crianza de los hijos, olvidando que las alternativas de crianza son tan antiguas como el mismísimo matrimonio y que, contrario a lo que se cree, pueden ofrecer ventajas invaluables.

El mito de la autosuficiencia

Alguna vez leí que en japonés se refieren al infierno con una palabra que literalmente significa sin espacio. Esta imprecisa etimología resulta de lo más ilustrativa: el infierno sería un hacinamiento físico y simbólico, un lugar en el que paradójicamente no hubiera lugar para ser.

Parece curioso que la gente que se enfrenta a un divorcio a menudo describa su matrimonio en esos términos: es tal la cercanía que resulta asfixiante, es tal la intimidad que no queda espacio para la intimidad. El matrimonio moderno se construye y destruye bajo el mismo precepto: la familia debe bastarse a sí misma.

Según el ideal romántico, el matrimonio se aleja de la sociedad, decisión que ha de pagarse con un gran monto de renuncia. Como explica el historiador Loren Baritz, la persecución romántica de autosuficiencia familiar le ha impuesto al matrimonio demandas emocionales sin precedentes, creando una ansiosa e insaciable dependencia psicológica que, en cuestión de tiempo, termina por volverse contraproducente.

Más aún, con la llegada de los hijos este fenómeno se agudiza. El matrimonio parental por lo general se desarrolla en aislamiento, dejando muy poco espacio para la vida social o para el entretenimiento adulto. 

El don de la comunidad

En contraste, los padres solteros no tiene otra alternativa que ampliar su red de apoyo y recurrir a su círculo social más cercano, generalmente sus propios padres u otros padres en sus mismas condiciones.

Pamela Haag (historiadora estudiosa del matrimonio en la era moderna), cuenta que en 2007 Gerstel y Sarkisian publicaron un estudio académico que analizaba dos encuestas de escala nacional (en Estados Unidos), y concluía que los casados tienen menos tendencia que los solteros a llamar, escribir o visitar a amigos y vecinos o a la familia extendida. “Los casados se sienten menos inclinados a ofrecer apoyo emocional y ayuda práctica a vecinos o amigos, y están menos relacionados con ellos”, afirma.

Recientemente Sebastián –de siete años– me platicaba con soltura y candidez que tenía dos casas y tres abuelas (aunque en realidad una es bisabuela). Acostumbrado a cambiar de ambientes, distribuye sus juguetes entre todas las casas que frecuenta y siente pertenencia en cada uno de esos lugares.

Su caso no es la excepción. El hijo de papás o mamás solteros en realidad suele ser hijo de una comunidad de abuelas, tías, primas, amigos de los padres y padres de sus propios amigos. Si para Haag el matrimonio y la comunidad son con frecuencia antagónicos (aunque no es una ley), podemos afirmar también su contraparte: la soltería y la comunidad son complementarios.

El hogar del matrimonio parental es considerado por todos como un “hogar completo”. Lo que se obvia, sin embargo, es que esa forma de organización es sólo una entre tantas y así como hay muchos de estos hogares que no alcanzan a transmitir la completud que prometen, también hay muchas otras alternativas para crear un ambiente cálido, plural y seguro que fomente el desarrollo pleno de un niño.

En los hogares de padres solteros, el niño aprende acuñar la misma forma de vida que acuña el padre –por definición más libre– y, aunque no tengo el dato estadístico, no me sorprendería descubrir que al final del día el hijo de padres separados o solteros estuviera mejor preparado socialmente, pues está obligado a relacionarse con una red mayor de personas que le implica retos mayores.

Comunidad a tu medida

La familia tradicional mexicana lleva siglos operando de esa manera. De acuerdo a la Encuesta Intercensal del INEGI en 2015, todavía 28% de los hogares son ampliados, lo que significa que están formados por un hogar nuclear más otros parientes (tíos, primos, hermanos, suegros, etcétera).

A esto se le suman los hogares que, sin compartir espacio necesariamente, sí comparten dinámicas cotidianas: todos comen juntos, la hermana recoge al niño de la escuela mientras la mamá trabaja, la abuela le ayuda a hacer la tarea, etcétera.

Arturo, padre divorciado, recientemente se quejaba de eso: “Tanto tiempo tardé en emanciparme para otra vez depender de mi madre y pasar todos los fines de semana en su casa”. Este lamento, escuchado frecuentemente, preserva la noción individualista de que la comunidad es un mal necesario que aparece sólo cuando falla el aislamiento. No obstante, los tipos de organización comunitaria pueden ser tan diversos como lo son los individuos mismos.

Por ejemplo: en Estados Unidos hay una tendencia creciente a crear comunidades de covivienda en donde varias parejas compran extensiones de tierra, construyen casas contiguas con un patio y una zona de juegos compartida, y se toman turnos para cuidar a los niños. Establecido el voto de confianza, la cotidianidad con niños se vuelve mucho más ligera que para el matrimonio aislado.

Otra forma común de covivienda urbana son los roomies. Hace poco Delfín, mexicano de 35 años, me contaba que en su casa una de sus roomies acaba de tener un hijo, y todos los habitantes de la casa participaron del jolgorio para recibir al nuevo niño; implementaron nuevas reglas y configuraron el espacio para que el niño pudiera crecer en un ambiente amoroso y alegre.

Este niño posiblemente crezca con varias mamás y papás, es decir, con una pluralidad de ejemplos a seguir, amigos adultos y figuras de autoridad que le enseñarán diferentes formas de resolver conflictos y de posicionarse ante la vida.

Cuando en 2006 entró en vigencia la Ley de sociedad de convivencia –antecedente del matrimonio homosexual– toda la atención se centró en la polémica del matrimonio homosexual, dejando a un lado la otra arista importante de esta ley: reconocer legalmente a aquellos hogares formados por personas sin parentesco consanguíneo o por afinidad para que pudieran recibir beneficios de salud, seguros, herencias y aquellos derechos que comúnmente sólo gozan los hijos, padres o cónyuges de una persona y acercándonos un paso más a la igualdad legal para padres solteros, entre otros.

Confianza

Cuando he compartido este esquema, la primer inquietud que suele surgir es la concerniente a la seguridad. El problema de apoyarse en una red comunitaria es que el padre deja de tener control absoluto de todo, y no le queda más remedio que confiar. En el peligroso mundo en que vivimos la confianza no es el fuerte de nadie, pero mucho menos de los padres.

Lenore Skenazy, estadounidense activista en temas de maternidad y escritora, sospecha que “la paranoia estadísticamente irracional del asesino del hacha acechando detrás del árbol forma parte de lo que provoca que los padres confinen a sus hijos en la casa o estén omnipresentes para protegerlos del coco”.

Sin ahondar en estadísticas sobre violencia en México –una situación real y vigente– es comprensible que se tomen un par de precauciones. Sin embargo, la confianza es igual de necesaria si se busca trascender los mecanismos sociales tradicionales, y ampliar el mundo no sólo de los niños sino de los padres y de la gente en general. Sin confianza es imposible construir, lo que paradójicamente termina por retroalimentar la amenaza que se busca evitar.

Quizá haya cosas más valiosas que estar solo y seguro, como estar acompañado y  –aunque alerta– tomar el riesgo de confiar y ser confiable.

Lo que en realidad haría falta es proveer al niño con diferentes figuras de identificación y apoyo. Si bien esto tradicionalmente ha sido dado por un padre y una madre, se puede encontrar de muchas maneras distintas.

Ser soltero no tiene por qué significar carecer de vínculos; por el contrario, puede ser un pretexto para tener vínculos aún más estrechos que ayuden al florecimiento de los hijos.

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2 pensamientos en “Cocrianza comunitaria

  1. Nere, con lo que expones me gustaria hablar de una situacion. Mi Ex hace una labor activa en una organizacion que trabaja con familias monoparentales, donde ella misma cria a su hijo como madre soltera. Veo como ella tomo la decision de criar a su hijo sola,y desarrolla entonces toda dinamica para resolver esta circunstancia de una forma armonica. Lo que me pesa es que hay una situacion de misandria y me pregunto si seria lo mismo si no existiera esta circunstancia. Puedo ver un entretejido en esta historia, donde ella tiene un gran apego al padre, padre que en su momento fue un don juan con su respectiva dosis de desprecio a las mujeres, y casualmente puedo decir que ella es una don juan femenina. El padre es odiado por la madre a causa de su don juanismo aunque ella es una mujer muy violenta. Te cuento todo esto porque pienso que esto de crear una teoria sobre los padres solteros, en el fondo es una referencia velada a la incapacidad de ser pareja. Y no abogo por la pareja, sino creo que en realidad no se toma conciencia de que ser pareja implica separarse del padre y de la madre, y separarse de la fuente de Seguridad, e integrarse activamente en una comunidad, y lograr ser comunitario, donde la sociedad occidental desincentiva la creacion de comunidades activas, todo en aras de facilitar el mercantilismo, promoviendo varias cosas, por ejemplo, la vision romantica de la pareja, el lazo incentuoso con el padre y la madre, el concepto de confianza y la seguridad para apuntalar a un estado controlador. Hay veces que creo que es preferible decir soy soltero porque efectivamente he caido en el juego del sistema y no me es posible ser pareja porque no se como ser parte de una comunidad e internamente estoy aterrado por esta sensacion de falta de seguridad.

    • Gracias por comentar. Sí, yo estoy de acuerdo en que de pronto hay una imposibilidad de ser pareja y que no se deberían de perder de vista, a nivel formativo, los esfuerzos que conlleva serlo y el valor de comprometerse tal empresa. También concuerdo en que muchas madres solteras lo son desde un enfoque de misandria y que eso es problemático, entre otras cosas, por lo que se le transmite a los niños.
      Sin embargo, lo que no sé (y lo digo honestamente, hacia ya van encaminadas mis reflexiones) es si necesariamente una mujer tendría que esperar a poder tener una pareja para ser madre. Por un lado, me parece problemática a nivel social, cultural y psicológico esta omisión de una de las partes que dan origen al niño; por la otra, me parece que es posible más de una forma de organización y que la maternidad se sostiene por sí misma, al margen de quien la apoye o sostenga.
      Por otra parte, creo que con o sin pareja, deberían de ser más frecuentes estas alternativas de cocrianza. En particular lo de la covivienda, por ejemplo, a mí me seduce mucho. La idea de que las responsabilidades de los hijos puedan ser distribuidas de forma distinta me parece un gran respiro para el tipo de paternidades que concebimos en contextos urbanos-modernos, en donde el núcleo familiar es muy cerrado.
      Por último, no olvidemos que las madres y los padres solteros existen. Es decir, lo incentivos o no, hay que generar modalidades para las personas que, ya sea por decisión o por circunstancia, se encuentran en esa situación.
      Sobre tu interpretación psicoanalítica de los lazos de las madres solteras con sus padres, ahí no sé. Habría que ver caso por caso. Lo que sí es que toda familia sana fomenta el desarrollo de sus individuos y en ese sentido, el abandono (parcial, aunque sea) de la tribu: la emancipación, la exogamia, etc. Si la paternidad en soltería es un pretexto para no separarte de tu núcleo familiar, sí podríamos hablar de algo, si no patológico, cuando menos cuestionable en términos de desarrollo.

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