Fallas

No sé, siento algo de alivio por no tener a nadie lo suficientemente cerca como para defraudarlo. Luego pienso en lo severo que debe de ser mi gran Otro como para que su proximidad me produzca siempre la misma sensación de estarle fallando.

Al mismo tiempo veo a la gente ser, pelearse consigo misma, ir y venir, caer, dudar, ser sensible y torpe y hermosa, con su corazón de barro húmedo y sus contradicciones y sus pasos dubitativos. Veo a la gente ser y siento un amor profundo. Ejerzo mi profesión con amor y a menudo recuerdo también con amor a quien me recuerda con recelo.

No es que tenga «buenos sentimientos» –no sé si pueda haber moralidad en la intimidad de los afectos–, es algo más superficial, casi estético: la humanidad del otro me conmueve en su negociación constante entre su belleza y su caos, su herida y su deseo.

¿Por qué entonces yo no puedo ser una otra para mí misma? Me he equivocado en repetidas ocasiones, pero de algo estoy segura: si pudiera verme desde afuera no me sentiría defraudada y hasta podría ver con ternura mis desatinos; porque yo, como el resto, estoy viva y camino sin mapa.

No necesito (no quiero necesitar) más espejos incapaces de perdonar, de perdonarse. Finalmente no me atrevería a decir que hay pasos en falso: todo invita a brotar.

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