Fallas

No sé, siento algo de alivio por no tener a nadie lo suficientemente cerca como para defraudarlo. Luego pienso en lo severo que debe de ser mi gran Otro como para que su proximidad me produzca siempre la misma sensación de estarle fallando.

Al mismo tiempo veo a la gente ser, pelearse consigo misma, ir y venir, caer, dudar, ser sensible y torpe y hermosa, con su corazón de barro húmedo y sus contradicciones y sus pasos dubitativos. Veo a la gente ser y siento un amor profundo. Ejerzo mi profesión con amor y a menudo recuerdo también con amor a quien me recuerda con recelo.

No es que tenga «buenos sentimientos» –no sé si pueda haber moralidad en la intimidad de los afectos–, es algo más superficial, casi estético: la humanidad del otro me conmueve en su negociación constante entre su belleza y su caos, su herida y su deseo.

¿Por qué entonces yo no puedo ser una otra para mí misma? Me he equivocado en repetidas ocasiones, pero de algo estoy segura: si pudiera verme desde afuera no me sentiría defraudada y hasta podría ver con ternura mis desatinos; porque yo, como el resto, estoy viva y camino sin mapa.

No necesito (no quiero necesitar) más espejos incapaces de perdonar, de perdonarse. Finalmente no me atrevería a decir que hay pasos en falso: todo invita a brotar.

Estática

Me gusta creer, en este momento en el que no logro verme la luz, que el resto será más fácil. Siempre hay nuevos pisos desde dónde caer, por supuesto, pero hasta para tener mala suerte se requiere un poco de buena suerte.

Y es que es distinto que otras veces. No creo que el mundo se esté acabando, por el contrario, veo al mundo moviéndose lento como una babosa, ciego y amoral. Veo al mundo moviéndose y yo aquí, sin poder escuchar el latido de mi propio corazón. Es sólo eso: una sordera y la espesura del tiempo.

Luego me asomo por la ventana. Escribo cartas que nunca mando, hablo con mis fantasmas antes de ir a dormir, saco a la perra y dejo que le dé cuerda al día. Soy lo contrario a una suicida y eso también me consume la vida.

No diré que no sigo anhelando un desenlace distinto –abrazo, palabra, risa, redención–, pero con o sin éste la babosa seguirá andando y tarde o temprano esta historia terminará por desbordarse. Cuando eso suceda, espero estar lista para devenir otra y sostenerme en pie pese a mí, pese a ti, pese al mundo. Y entonces sí, empezar a escuchar.