Miradas prestadas

No siempre sé lo que busco cuando busco mostrarme frente a un amigo, sentarlo a mi lado para que me mire equivocarme, hablarle. Supongo que busco algún tipo de generosidad, algo ligero, una respuesta templada y sin alarma que me permita amortiguar mi severidad para conmigo.

Busco su impavidez para luego convencerme de que en ese momento esa persona sabe del mundo más que yo y de que la vida continúa detrás de mi nube de polvo. Como si no pudiera perdonarme –no importa por qué, la falta precede toda historia– pero estuviera dispuesta a rodearme de quienes sí pueden hacerlo y bañarme en su fe, en su paciencia.

Salvo porque a veces no pueden. Hay soledades que, fieles a su naturaleza, son inaccesibles; como la del odio a uno mismo, ese que uno guarda debajo de capas y capas de tristeza, inseguridad y miedo. Cuando se está ahí, todo intento de encuentro con el otro se vuelve un malabar burdo y cansa, en todas direcciones.

Este texto inició como una carta para un amigo. Desistí porque recién soñé que lo besaba y he de pagar con silencio el crimen de quererlo un poquito más cerca. Pero también porque –me gusta creer– empiezo a bañarme en mi propia fe cuando en medio de la noche creo posible cobijarme sin miradas prestadas.