Ventanas de otredad

Hay momentos brevísimos en los que tengo la certeza de experimentar en carne propia cómo se siente el otro, sobre todo cuando éste se quiere esconder y por alguna porfía de la individualidad termina por mostrarse, en un desliz, para luego prender un cigarro y cambiar la conversación.

Entonces me mareo, me dan náuseas y me frustro muchísimo por no ser dios y no poder desenredar esos nervios dolientes. Me frustro por egolatría —temo nunca acostumbrarme a ser una mera espectadora— pero también por amor: qué más daría yo para sanar su alma, que en esos momentos también es la mía y me duele en el propio pecho.

Vanidosa como soy, a veces aprovecho esas ventanas de privilegio para mirarme de reojo y ver desde ahí el tiempo que yo también habito, la fotografía que el otro toma de mi danza distraída por el cuarto y claro, el dolor que le causo. En ese momento la ventana se cierra, mi empatía se esfuma y me quedo sólo con un resabio de vergüenza y amargura.

Con qué frecuencia caigo por mi boca. ¿Qué he dicho, qué he sugerido en bromas, a quién he callado sin querer y a quién he devaluado un poco, nada grave, apenas lo suficiente para hacerlo reacomodarse incómodo en su asiento y pensárselo dos veces antes de volver a abrirse?

No diré que no me amarga cuando me toma desprevenida mi propia estupidez. Me amarga aún más cuando yo la había visto cándida y ligera hasta que recibe una respuesta mordaz y sólo entonces puedo ver reflejada mi propia mordacidad. Y me amarga también que no haya tiempo para corolarios, que toda aclaración esté de más una vez cometida la falta. Que la cercanía tenga tantos recovecos de resentimiento.

Y cuando la gente es generosa y no lleva la cuenta, no me amarga pero me quiebra; vengo de una educación con represalias.

¿Tiene salida esta encrucijada? Pasan por mi cabeza palabras redentoras, como aprendizaje, como compartir. Ninguna me convence por ahora, pero seamos francos, mañana volveré a encontrarme con un otro y espero que su paciencia sea benévola conmigo y que mi comprensión me alcance para no entornarle los ojos y pretextar un plan alterno, fugitivo.

 

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