Repetición

Anoche tuve la impresión de estar accediendo a una realidad esquemática. Lacan habría estado orgulloso de mí. Todos nos repetíamos, compulsivamente, buscando el tesoro perdido de nuestra infancia. Nuestros pequeños resentimientos y deformidades confirmadas por los ojos de los ojos eran una telaraña invisible en la que caíamos una y otra vez.

Entre merecer y no merecer, quitarse la ropa. Entre merecer y no merecer, proferir fatigosas peroratas, ser crueles, maquillarse de más y cerrar las puertas. Los nombres propios eran sólo velos: no hay individualidad en la repetición. Nada es personal.

Concluí tristemente que sólo podemos ser nosotros mismos cuando no tenemos el corazón herido. Digo tristemente porque mi corazón está herido y se reafirma con torpeza. Digo tristemente por todas las veces que hemos de caer en el tobogán de carencias ajenas, en la repetición compulsiva de hombres y mujeres a los que no les cantaron de niños.

Tristemente, eso también es hermoso. Hombros rozándose, lágrimas en la camisa ajena, palabras deshaciéndose y preguntas que intentan responderse una y otra vez. Dónde sería posible el amor si no.

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