Mi cuerpo como lo que es

Imagino por un breve momento a mi cuerpo como lo que es —o como lo que sería si yo no fuera yo y él pudiera ser sí mismo—: un receptáculo complejísimo de estímulos sin mayor significado, una red desigual de terminaciones nerviosas. Sin el yugo de la historia y sin una conciencia buscando someterlo a sus designios, mi cuerpo no es —no sería— más que una erupción arbitraria de vida; y sus encuentros con el aire, con el suelo o con otros cuerpos serían una mera transacción de elementos y reacciones.
Imagino por un breve momento a mi cuerpo como lo que es y me gana la risa. Me acuerdo de cuando mi madre custodiaba mi sexualidad en la adolescencia, muerta de angustia: no fuera yo a frotar mi epidermis —o peor aún, ¡mi epitelio!— contra el de un caballero. Y ni hablar de cuando moría de celos de solo imaginar a ese cuerpo con nombre teniendo espasmos musculares y produciendo oxitocina lejos de mí. ¡Qué obscenidad! Menos mal que hay buenas conciencias preocupadas por la regulación moral del placer.
Imagino por un breve momento a mi cuerpo como lo que es y me confundo muchísimo. Ayer un amigo me dio un abrazo tan delicioso que me mantuvo distraída el resto de la tarde. Me asusté porque bajo cierta lupa eso podría considerarse una infidelidad. Entiendo que en los brazos y en la espalda no tengo tantos receptores nerviosos como en los genitales pero, ¿entonces es una mera cuestión de grado y no de tipo?, me pregunté. ¿Se vale sentir rico mientras no sienta demasiado rico? ¿Un abrazo, por ejemplo, está bien siempre y cuando no me muerdan al mismo tiempo la orejita? ¿Pero si la oreja me la muerde mi perro? ¿Y debería sentirme pecaminosa por haber pagado alguna vez por un masaje?
En caso de duda es mejor recular, guardar distancia. Es una medida muy efectiva contra el embarazo, aunque el otro día amanecí bastante inquieta porque un hombre fornido me había arrancado el bikini en la orilla del mar, había besado las clavículas de mi cuerpo imaginario y al despertar sentí palpitar mi cuerpo verdadero. Con la mano entre las piernas y empapada de sudor recuerdo haber pensado: no hay salvación para el ser simbólico.
Imagino por un breve momento a mi cuerpo como lo que es y no logro hacerlo coincidir con este otro cuerpo mío. Y mientras paso la punta de mis dedos por sus labios, me pregunto también por ese cuerpo suyo. ¿No es la caricia, en última instancia, una dulce constatación de la divergencia? El cuerpo es la metáfora del cuerpo y el mundo que se despliega frente a nosotros, otra metáfora, inasible, atravesada por nuestro principio del placer. Quizá ese sea el precio a pagar por estar hechos del tejido de nuestros sueños: nunca poder acceder a nuestro cuerpo como lo que es: una amalgama de carne, un cúmulo de átomos.

Fotografía de Eizo para Pin-Up Calendar.

*Publicado originalmente en Revista Miseria.

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