La vida sigue su curso

Donde estaba Hiroshima
de nuevo está Hiroshima
y se siguen produciendo
objetos de uso cotidiano.
—Wislawa Szymborska

Todavía recuerdo aquella época en la que, cuando conocías a alguien, tenías que cantarle toda la perorata del ayer: vengo de allá, he amado dos veces y me han roto el corazón tres. Así es como uno daba cuenta de sí mismo, reconstruyendo miembro a miembro el monstruo del pasado. La premisa era evidente: uno era cada beso dado en el callejón detrás de la escuela, cada carta sin réplica, cada nombre sacralizado.
Si me pongo más confesional todavía, me acuerdo también cuando en la preparatoria me ponía a hacer listas con mis amigas de todo: enlistaba los niños que me gustaban o a los que yo podía gustarles, los besos que había dado, el tiempo que había pasado con mi novio en horas o en minutos.
Todo sumaba. Había cierta embriaguez en esa colección de los eventos, como si con cada logro desbloqueado, cada boca, cada gesto de temeridad o cada «pérdida de inocencia» —sí, ésas eran las palabras— fuéramos más; sentíamos que nuestra sombra era más grande en el pavimento, porque entendíamos más, éramos más parte de ese entramado de aventuras y decepciones que era el mundo adulto.
Pero la memoria se cansa y cuando digo memoria quiero decir identidad. ¿Cómo aglutinar tan vasta antología de muertos y de caídos? Lo primero que se desgastan son las palabras: la anécdota contada una y otra vez de manera similar, los siempres y los nuncas, los teamos y textraños administrados cada vez con mayor tacañería. Llega entonces el momento de las preguntas y dan ganas de copy-pastear la deslavada monserga; y eso sólo si hace falta, ¿y hace falta? Mejor siéntate a mi lado, ¿no prefieres ver una película?
Aglutinar toma tanto, tanto tiempo y al final uno acaba con la boca seca y el sentido igual de roto. No sólo las palabras se desgastan, también se desgastan los orgullos, la necesidad de defender la relevancia, de conmemorar la pérdida. Y mientras los antiguos amores recorren el pasillo hacia el altar, uno se descubre inserto en el tiempo una vez más, en donde las cosas nunca dejan de pasar y en donde, por más duelo que se quiera guardar, reaparece siempre la necesidad de hacer una pausa para ir a almorzar.
Convendría entonces aprender a medirse menos por la cantidad de historias contadas y más por las que ya no se necesitan contar, sobre todo cuando mirando de frente a los cómplices de antaño nos damos cuenta que sobreviven relucientes sin necesidad de nuestra evocación, igual que nuestra valía permanece incólume al margen del olvido. Qué descanso, y es que cargar con una biografía tan densa de autorreferencias termina por agotar a cualquiera.
Para mi próximo truco, quiero caminar sin que se vea mi sombra en el pavimento.

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Un pensamiento en “La vida sigue su curso

  1. Hay de medidas a medidas, por ejemplo las veces que has gritado de terror, … las mias, dos veces, la primera cuando enfrente a un espectro descabezado y en lugar de huir me lanze a luchar con el, fue un grito de terror que se convirtió al fin en uno de furia. Y la segunda fue cuando sali de un campamento en una noche de luna nueva donde era imposible ver nada, sali a caminar y en un momento del recorrido en medio de la oscuridad mas completa me di cuenta que estaba caminando a traves de un bosque totalmente destruido, grite del terror.

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