Reflexiones sobre la depresión

I.
Miro a los perros del parque. Corren, juegan, se persiguen. Entrecierro los ojos para imaginar sus entrañas, su corazón latiendo a toda velocidad, sus músculos recibiendo oxígeno a través de su sangre. Los envidio un poco, esos pequeños sacos de vida que parecen no tener refreno en encarnarla. Los envidio desde mi más profunda parálisis. Pensar que yo tengo que hacer una lista de pendientes cada día para mantenerme a flote: bañarme (si es día par), comer, procurar no dormir demasiado. ¿Qué le pasó a mi sangre fluyendo enérgicamente? ¿Por qué yo no corro en el parque?

II.
La depresión es una enfermedad de la voluntad. El burro se da cuenta que la zanahoria que persigue no existe y se resiste a seguir caminando. Pero él sí existe, lo mismo que su hambre.
Cuando hundo mis narices en un libro, siento por un rato mi voluntad disciplinada: una hoja, la siguiente. Metas cortas, cortísimas. Tal vez sea lo único que queda por hacer: labrar un cauce por donde corra el agua aunque sea angosto, proteger los pocos refugios que encuentra el ánimo en lo que llega una ola más grande de voluntad a darnos cobijo.

III.
El humano, ese animal que pasa la mitad de su vida aprendiendo a ser sí mismo, a vestirse de la humanidad que no le fue dada más que como promesa. Hago un esfuerzo por recordarme humana, por disculparme humana. Ser un proceso es ser siempre a medias, siempre ciego a sí mismo. La paciencia nunca ha sido mi mayor talento. Y sin embargo, tantas figuras benevolentes se acercan a sonreírme, a preguntarme como si yo supiera, a tomarme la mano, a ofrecerme un café. Tal vez no estoy tan vacía de ser como me siento, tal vez mi lenguaje no se ha rendido, tal vez mi sangre si corre, después de todo.

IV.
Nadie gana sin perder. Una obviedad milenaria que el hombre moderno parece olvidar. Cuando elijo al hombre elijo sus secretos, sus gruñidos, sus humillaciones añejas sepultadas en falsos despliegues de vanidad. Cuando elijo la presencia elijo todas las ausencias que no podrán tomar exactamente ese mismo lugar. Elijo cambiar tiempo por dinero o no cambiarlo y despedirme de mi departamento en el centro de la ciudad.
Metida entre las cobijas, elijo no elegir porque no quiero, no puedo perder. No tengo la esperanza para cubrir los costos de la guerra, no tengo la claridad para ver más allá de la manada de lobos. Y sin embargo, ¿puedo elegir no perder? ¿no estoy perdiendo también con este dolor de pecho, con este tiempo suspendido que no suspende al mundo ni al cuerpo?
Intuyo que esta podría ser una definición de berrinche: preferir perder a negociar, elegir la autoaniquilación —negarse al postre, dejar de hablar, no aceptar conciliaciones ni caricias— antes de aceptar un acuerdo que esconda una derrota. Pero yo no quiero morirme todavía.