Lo nunca propio

«Felicidad es hacer tu vida tuya» pensaba cuando, de adolescente, fantaseaba con el momento de poder hacer mis maletas e irme de una vez y para siempre de la casa de mis padres llena de reglas tan suyas, de neurosis tan suyas. Me sentía presa en las decisiones de otros: odiaba la escuela en la que iba —que no había elegido yo—, odiaba verme obligada a ir a misa los domingos y luego al SAMS y luego a casa del abuelo. Me parecía completamente inútil tener que hacer tarea de materias también inútiles, usar uniforme, mentir para poder llegar más tarde a casa.
«Felicidad es hacer tu vida tuya», afirmé también años después, cuando en efecto pude dedicar más tiempo a lo que consideraba importante, rodearme de personas que no me eran hostiles y acostarme a la hora que decidiera yo. Hasta la fecha hay cierto remanente de ese pensamiento cuando veo mi casa, mi montón de libretas todas rayoneadas, mis ofertas laborales no del todo aberrantes —lo normal— y pienso «ésta soy yo». Ésta y no aquella que trabaja en un banco, ésta y no la que se casó con ese chaval adinerado que llora como un bebé. Ésta. La idea todavía me saca una sonrisa.
Sin embargo, al cabo de un rato de sumergirte en la soledad que dimana de «esa vida tan propia», comprendes que hay piedras angulares del desquicio que nunca se van: el hastío, la voluntad pegosteosa como telaraña, la duda, la náusea sartreana. Comprendes, que aún si tuvieras la omnipotencia para «hacer tu vida tuya», no tendrías la claridad, no de una forma en la que resultaras inapelablemente favorecido, al menos. Y comprendes también lo agradable que puede ser que las cosas no siempre salgan de acuerdo a un plan.
No estoy tan segura que en los últimos meses mi vida se haya sentido mía. Me he vuelto maestra de la improvisación, que aunada a cierta resignación pasiva frente a lo que quiero pero no así, nunca así —¡oh, deseo de mil cabezas!—, me ha llevado a pasar mis días de formas que jamás habría elegido. ¿Soy menos feliz entonces?
Quizá lo plantee todo mal desde el principio. La conquista de la mismidad —lo que sea que eso sea— no se logra haciendo al propio mundo a nuestra imagen y semejanza. Parte, porque eso es un proyecto irreal, y parte porque la libertad —la coincidencia total del deseo con la posibilidad de su ejecución—, por sí misma, no sirve para nada. Polarizo entonces: si de un lado está la libertad, del otro, ¿qué está?
Es ahí cuando difiero de mi yo adolescente: sospecho que más que el sometimiento ruin a los designios del otro, en la vida que no es del todo propia se encuentra la generosidad; la ligereza de ceder, de dignificar e incluso disfrutar todo lo que dista de ser ideal. Al final, si la realidad de todas formas va a decepcionarnos, ¿por qué no amarla así?

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2 pensamientos en “Lo nunca propio

  1. <3. Qué bello escribes. Me gusta mucho esta reflexión. Yo, en particular, visualizé un deseo de mil cabezas reposando sobre una telaraña llamada Voluntad y claro, la melodía de la cancioncita infantil se acomodó a las imágenes.

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