En defensa del enojo

A mi hermano y a quien se deje.

De niña me enseñaron que entre la desolación y la rabia, había que elegir siempre la primera. La desolación despertaba empatía con todo su teatro de llanto, «soy miserable por esto», gemía, y ante tal rendición la gente de mi alrededor no podía sino asentir, darme palmaditas en el hombro y acompañarme con miradas tristes. En cambio la ira,  ¡oh, lucifer! ¡Capricho y berrinche, intolerancia y egoísmo, llamen a un exorcista!
Lo que no se decía —y esto es de manual de psicología— es que la verdadera razón por la que era preferible tenerme deprimida que enojada, es que en la depresión era yo quien pagaba los platos rotos, pues toda esa emoción negativa la volcaba hacia mí, incapaz de dirigirla al verdadero objeto de mi inconformidad. Al final, ¿qué más da que tengas que tomar fluoxetina todos los días si eres un ciudadano ejemplar?
No es de sorprender, bajo tal idiosincrasia, que los maestros de las buenas formas reculen ante tanta expresión de indignación por lo que está pasando en el país. El miedo a uno mismo es una precaución cultural, no del todo equivocada si no fuera porque en días aciagos como éstos sólo les da más poder a quienes no tienen la vergüenza siquiera de esconder las garras.
No estamos pensando con claridad. Hay una diferencia sustancial entre tener miedo de uno mismo —saber que hay impulsos agresivos que conviene inhibir por mor del otro— y tener miedo a los propios derechos. Renunciar a la cortesía de cederle el paso a quien amenaza con quitarte la vida no tendría que hacer temblar a ningún sistema moral, por más conservador que fuera.
Defender la autocrítica sobre la protesta funciona tan bien porque da la ilusión de control: si eres el único culpable de todas tus desgracias, entonces está en ti el elemento de cambio; y encima, si no has hecho nada malo, nada malo te va a pasar, porque la justicia como Santa Claus te observa desde el cielo y toma nota, igualito que cuando tenías seis años.
Del otro lado está la conciencia del desamparo. Saberse encerrado en un sistema político y social corrupto, saber que no basta con «echarle ganas», que la meritocracia es sólo un mito del capitalismo encargado de poner toda la responsabilidad en el individuo y suprimir cualquier posibilidad de queja. Saber que la honestidad no garantiza la libertad, que la inteligencia no compra el éxito ni el esfuerzo es suficiente para tener una vida digna. ¿Y me van a decir que no tengo derecho a alzar la voz?
Ayer Adrián Chávez decía: «Decir que para cambiar al país―¿alguien duda de la necesidad?― basta ser un ciudadano ejemplar es tanto como decir que, para que una mujer que sufre de violencia física por parte de su marido deje de sufrirla, sólo tiene que ser “buena esposa”», y yo me rehúso a ser una mujer golpeada que elige el silencio de sepultura sobre el ruido de la protesta.

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Lo nunca propio

«Felicidad es hacer tu vida tuya» pensaba cuando, de adolescente, fantaseaba con el momento de poder hacer mis maletas e irme de una vez y para siempre de la casa de mis padres llena de reglas tan suyas, de neurosis tan suyas. Me sentía presa en las decisiones de otros: odiaba la escuela en la que iba —que no había elegido yo—, odiaba verme obligada a ir a misa los domingos y luego al SAMS y luego a casa del abuelo. Me parecía completamente inútil tener que hacer tarea de materias también inútiles, usar uniforme, mentir para poder llegar más tarde a casa.
«Felicidad es hacer tu vida tuya», afirmé también años después, cuando en efecto pude dedicar más tiempo a lo que consideraba importante, rodearme de personas que no me eran hostiles y acostarme a la hora que decidiera yo. Hasta la fecha hay cierto remanente de ese pensamiento cuando veo mi casa, mi montón de libretas todas rayoneadas, mis ofertas laborales no del todo aberrantes —lo normal— y pienso «ésta soy yo». Ésta y no aquella que trabaja en un banco, ésta y no la que se casó con ese chaval adinerado que llora como un bebé. Ésta. La idea todavía me saca una sonrisa.
Sin embargo, al cabo de un rato de sumergirte en la soledad que dimana de «esa vida tan propia», comprendes que hay piedras angulares del desquicio que nunca se van: el hastío, la voluntad pegosteosa como telaraña, la duda, la náusea sartreana. Comprendes, que aún si tuvieras la omnipotencia para «hacer tu vida tuya», no tendrías la claridad, no de una forma en la que resultaras inapelablemente favorecido, al menos. Y comprendes también lo agradable que puede ser que las cosas no siempre salgan de acuerdo a un plan.
No estoy tan segura que en los últimos meses mi vida se haya sentido mía. Me he vuelto maestra de la improvisación, que aunada a cierta resignación pasiva frente a lo que quiero pero no así, nunca así —¡oh, deseo de mil cabezas!—, me ha llevado a pasar mis días de formas que jamás habría elegido. ¿Soy menos feliz entonces?
Quizá lo plantee todo mal desde el principio. La conquista de la mismidad —lo que sea que eso sea— no se logra haciendo al propio mundo a nuestra imagen y semejanza. Parte, porque eso es un proyecto irreal, y parte porque la libertad —la coincidencia total del deseo con la posibilidad de su ejecución—, por sí misma, no sirve para nada. Polarizo entonces: si de un lado está la libertad, del otro, ¿qué está?
Es ahí cuando difiero de mi yo adolescente: sospecho que más que el sometimiento ruin a los designios del otro, en la vida que no es del todo propia se encuentra la generosidad; la ligereza de ceder, de dignificar e incluso disfrutar todo lo que dista de ser ideal. Al final, si la realidad de todas formas va a decepcionarnos, ¿por qué no amarla así?

Fragilidad

Esperamos al final del día, como solemos hacer, para poder charlar. Se echó en mi cama y empezó a hablar de sus preocupaciones con respecto a sus hijos, a quienes habíamos paseado hasta el cansancio todo el fin de semana. Las preguntas sobrepasaban las respuestas. ¿Cómo cuidar la vida cuando la vida, como el agua, fluye y se escurre? ¿Cómo honrar la fragilidad?
Claro, esas no eran exactamente las preguntas. Las preguntas eran flashazos de los últimos días; miradas, frases sueltas. Me contó que esa mañana se habían metido a bañar y había sido un momento tierno y completo. «Los tres encueraditos», fueron sus palabras. Tres hombres niños encuerados bajo el chorro del agua.
Y mientras J. visitaba esa escena en su cabeza yo visitaba otra que había tenido lugar esa misma tarde, en la que el más pequeño, con apenas dos años, se había puesto a llorar en el cine porque sintió miedo al ver al monstruo de la película. J., que lo tenía cargado, lo consoló, le besó la frente y le explicó que el monstruo no podía salir de la pantalla, que estaba seguro en sus brazos. El pequeño, acostumbrado a confiar, volvió a voltear de reojo y con sigilo a la pantalla: si su papá le decía que todo estaba bien, todo estaba bien.
Entendí la preocupación de J. El amor de los padres es tristeza reposada, ternura impotente, y la conciencia de los propios límites no puede sino arder en la garganta. «Ellos creen que el mundo es bueno», me dijo con un hilo de voz tras apagar las luces. Nos quedamos mudos, en medio de la habitación oscura. Al fondo sonaban las sirenas que se dirigían a C.U.