La angustia de la individualidad

I.
César era el menor de sus hermanos, lo que le daba la enormísima ventaja de nunca ser el primero en nada. Si tenía que negociar un permiso, contaba con que sus tres hermanos ya habían peleado esa batalla primero; si le iba mal en la escuela, bastaba recordarle a su madre cómo su hermano mayor había reprobado dos veces consecutivas el mismo ciclo escolar, ¿y qué travesura podía hacer que fuera más grave que las que orquestaba su hermano el de en medio, que a menudo dejaba heridos?
César era experto en seguir la lógica de manada. Vestido siempre con la ropa vieja de alguno de sus hermanos, hacía lo que había que hacer —lo que todos hacían— y no había necesidad de cuestionarse nada más. Por eso, cuando se enteró que Carmen, la niña más bonita de la clase, estaba enamorada de él, no supo qué hacer.
Aparentemente Carmen se lo había confesado a sus amigas esa misma mañana, quienes no perdieron la oportunidad para hacérselo saber, entre risas y cuchicheos, a los amigos de César, los que a su vez lo presionaron para que hiciera lo que el caso exigía: llegarle a Carmen a la hora de la salida.
Con todo el salón como cómplice, César no tuvo más remedio. Carmen lo esperaba afuera de la escuela haciéndose la desentendida mientras todas sus amigas se malescondían detrás de la jardinera para presenciar la escena. César tragó saliva y se acercó.
—Hola…oye… este… ¿quiersrmnovi?
—¿qué dices?
—¿que si… quieresrmnovi?
Carmen acabó diciendo que sí. César sonrió tímidamente, se despidió con la mano y se echo a correr para su casa. Mientras corría, empezó a sentir una enorme angustia. Era como si algo le oprimiera en el pecho, no podía respirar, no sabía qué hacer. Apanicado, se refugió entre dos coches, en cuclillas, y se echó a llorar. Esta vez nadie podría sustituirlo. Estaba solo.

II.
Por más que veía acercarse la fecha de entrega, el escritor no lograba sentarse a escribir. Al contrario, cada vez eran más sofisticados sus métodos de procrastinación y cada vez tenía que pedir con mayor frecuencia prórrogas en la revista en la que colaboraba. Cual escritor fracasado de Arlt, nuestro personaje era ante todo un crítico petulante acosado por el poco éxito que había tenido y la posibilidad de fallar.
¿Y si su siguiente artículo no era tan bueno como el anterior? ¿Y si alguien notaba su torpeza en el uso de subordinadas, su léxico oxidado o su holgazanería como lector? Tenía el síndrome de la hoja en blanco. Mientras no empezara a escribir, su prosa era fluida y excelsa, daba cuenta de su mente prodigiosa y era digna de todo tipo de encomios, pero una vez que aquel potencial abstracto se materializaba, la imperfección se volvía irrebatible: se manifestaba en cada hoja, en cada renglón forzado, en cada palabra imprecisa.
A la par de la pila de pendientes crecía la angustia. Cuando era estudiante solía buscar a sus compañeros en estos casos para preguntarles cómo iban con el trabajo final, o simplemente para consolarse sabiendo que los otros padecían lo mismo o lo hacían peor. Pero ahora, se tardara lo que se tardara, nadie iba a sacarlo de su embrollo. Estaba atrapado: tenía que elegir entre ser él y pagar el precio de exposición y defecto o exiliarse de sí mismo y desaparecer.

III.
No podía creer que su exnovio fuera a casarse, no cuando ella se seguía sintiendo tan adolescente, tan extraviada, tan platos sucios, tan sexo casual. Apenas la semana anterior se había caído de las escaleras y había tenido que arrastrarse sin ayuda hasta su departamento. ¿Acaso esa era la vida que había decretado para sí misma?
Se imaginó a la novia de su exnovio, sólo para atormentarse: seguro era una mujer sonriente y sin defectos, seguro ella no se caía de las escaleras y si se caía lo tenía a él para besarle los moretones y ponerles pomada uno a uno.
Pero luego se imaginó siendo ella y se le desbarató la fantasía: sabía que si estuviera con él no tendría menos problemas, sólo tendría otros y quizá mayores. Lo reconociera o no, ella había labrado su vida a su imagen y semejanza, decisión tras decisión. Negarlo era un gesto de cobardía.
Comprendió entonces que el dolor que sentía no tenía que ver con él sino con el peso de saberse su propio centro. Pasara lo que pasara y se fuera quien se fuera, ella tendría que hacerse cargo de sí misma y seguir adelante, ser su propia cabeza, reflejarse en su propia incertidumbre y aceptar que, cuando se trata de la propia vida, no existe ningún remedio milagroso ni ningún tipo de aval.

Quizá también le interese:
Why writers are the worst procrastinators, Megan Mcardle (O su resumen en español)
Sobre ser su propia cabeza, Esponjita.

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4 pensamientos en “La angustia de la individualidad

  1. Que hermoso cuento y que precisión en describir el titulo que propones. Estas muy cerca de la perfección con este cuento. Gracias por compartirlo.

Comentarios

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