Ocio

«…allí donde flota mi cuerpo entre los equilibrios contrarios».
Federico García Lorca.

I.
A menudo escucho a mis amigos quejarse porque no están siendo lo suficientemente productivos. Se comparan consigo mismos en otras etapas de su vida en las que han sido más prolíficos, más talentosos inclusive. Requiere cierto esfuerzo no engancharse con esos discursos: yo, por ejemplo, llevo años leyendo casi exclusivamente por trabajo y es más alta mi pila de proyectos inconclusos que de proyectos terminados. Oh, vergüenza. Pero no hace falta ser muy perspicaz para notar como, bajo la lógica del emprendimiento inclemente, todos somos unos mediocres, y cualquier sistema diseñado para que todos perdamos es digno de sospecha.
Parece que hemos olvidado los procesos regenerativos que acompañan todo fenómeno. Es quizá uno de los mayores males de la modernidad: estamos acostumbrados a tener luz de noche, calor en invierno, naranjas todo el año, olvidando así que existen momentos para cada cosa y que la nieve que cubre la tierra es también condición de posibilidad para que más tarde crezcan las flores. El descanso es el complemento del trabajo —no su antagónico—, lo mismo que el aburrimiento de la excitación o la distracción de la concentración.
Podemos pensar lo que queramos, pero somos criaturas de la tierra y la tierra es cíclica. ¿Por qué nos sentimos entonces tan amenazados frente aquello que fluctúa? Como si dejar de producir equivaliera a desaparecer, como si para ser tuviéramos que comprobar a cada paso nuestra existencia mientras un tic tac hambriento nos persigue como a Garfio.
A mí me gusta recalcarle al otro cuando lo estoy queriendo. «Hoy te quiero», le digo. La premisa oculta (aunque nada difícil de inferir) es «ayer no necesariamente». Y es que mi amor por esa persona se regenera mientras pienso en otras cosas; la discontinuidad es necesaria para la renovación y nada le hace más daño a un afecto que la demanda sin tregua. Por algo el priapismo se considera enfermedad.

II.
Si me describen a un hombre panzón echado frente a una pantalla, consumiendo entretenimiento mientras se atasca de papitas, cerveza y coca cola, más que pensar en un hombre libre pienso en un hombre deprimido. Y sin embargo, cuando por fin llega nuestro anhelado tiempo libre no nos cuesta demasiado convertirnos en esa caricatura de la decadencia. Marx ya lo denunciaba hace algunas décadas: cuando el trabajo te absorbe por completo, sales apenas con la suficiente energía para cubrir tus necesidades básicas —comer, dormir y coger—, de forma que tu identidad queda relegada a tu parte más animal, ahí donde no hay creatividad ni posibilidad de rebeldía.
Sea el cansancio el culpable o alguna otra estructura de poder como la que subyace en los medios masivos de comunicación, lo cierto es que cada vez somos más dados al ocio pasivo. Russell recuerda las antiguas danzas campesinas organizadas por el pueblo mismo que iban coreografiadas y con su respectiva vestimenta hecha a mano: su forma de vida les permitía invertir su vigor en la recreación y no sólo en el trabajo. El ocio activo es cultura y por eso la cultura es cada vez más pobre, porque ya ni siquiera tenemos la paciencia para pasar de la cuarta página de un libro que no atrapó nuestra atención desde el inicio.
En ese contexto, pareciera que hoy en día el entusiasmo es la mayor de las rebeldías. Llegar a casa a hacer móviles con grullas de papel, defender el tiempo para tomar aquel instrumento musical olvidado, aprender a bailar, apropiarse dignamente del ocio.

III.
Recién acepté un trabajo de tiempo completo, mismo que tendré que hacer empalmar con unas clases que ya había aceptado dar, lo que posiblemente se traduzca en carreras, horarios apretados y pendientes permanentes. Aceptarlo me ha llevado a vivir una suerte de duelo, aunque si he de ser franca, no sé exactamente en qué consiste mi pérdida, pues tampoco me atrevería a afirmar que este verano de ocio realmente he aprovechado el tiempo o he gozado de sobrada lucidez.
¿Qué es exactamente entonces lo que tengo que defender? Temo que el nuevo trabajo me impida seguir siendo yo, ¿pero uno no es al final uno mismo en todas partes? Los estímulos externos se antojan como meros pretextos para expresarnos.
Al mismo tiempo, me entusiasma sobremanera poder llamar a esto, en algún momento, prueba superada. Descubrir que tengo más energía de la que tengo, demostrarme que puedo ser más de lo que soy, o al menos más de lo que creo que soy cuando, hartazgo encima, no logro ni siquiera decidirme a lavar los platos.

Quizá le interese:
Elogio a la ociosidad, Bertrand Russell
El derecho a la pereza, Paul Lafargue.

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Un pensamiento en “Ocio

  1. Hace muchos años, en algún lugar de la televisión, pasaron una entrevista al muchacho que más tiempo continuo había pasado en una montaña rusa. Decía que después de poco tiempo, no sentía nada y que incluso podía comer y dormir montado en el viaje. Creo que justo va de eso. Incluso lo emocionante, si es ininterrumpido o cotidiano, pierde adrenalina.

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