Trofeos

No es difícil evocar al clásico hombre que concibe a las mujeres como meros trofeos. De hecho, nos hemos quejado hasta el cansancio de hombres así. ¡Cavernícolas sexogenéricos heteronormativos patriarcales reificantes de mierda! Hombres que parecen ir por la vida con una lista de mujeres a las que hay que echarse en cama y una vez conseguido el objetivo pueden palomearla de su lista y pasar a lo siguiente. Hombres a quienes les seducen las guapas no tanto por guapas como por su nivel de dificultad, que pierden el interés en cuanto te enamoras de ellos y que quieren conquistarlo todo aunque luego no sepan qué hacer con lo conquistado.
No hay mucho más qué decir de ellos. Yo he estado con hombres así y ni siquiera puedo guardarles algún resentimiento; ese es su juego y si lo sabes, puedes verlos jugar desde una esquina y dejarte arrullar por su palabrería dulce y cadenciosa, disfrutar del espectáculo mientras intentan colarse entre las grietas, verlos fanfarronear, sentir cómo te ensalivan los pómulos y con los ojos entrecerrados rastrear su ternura bastarda, su inseguridad de infancia.
Y luego, en la misma condición de espectadora, puedes verlos irse. A veces salen con el pecho erguido de quien (cree que) tiene un trofeo más que colgar en su pared, o con la mano nerviosa buscando en su celular el nuevo número que pueda llevarlos a su siguiente trofeo. Otras veces salen con un fastidio que (creen que) lleva tu nombre pero que en realidad llevan cargando consigo desde hace años, los pobrecillos, y que conservarán incluso cuando tú ya los hayas olvidado y estés muy contenta por ahí viendo un arcoíris o comiéndote un helado. Fastidio Susana, fastidio Ana Luisa, fastidio Fernanda, fastidio todas las mujeres, fastidio espejo. Dios los guarde en mis oraciones.

Del otro lado tenemos a las mujeres, quienes negarán con ímpetu el hecho de que para ellas los hombres también son un trofeo. ¡Claro que no! A nosotras nos interesan sus sentimientos, nosotras queremos novios y esposos, queremos conocer sus carencias y abrazarlos mientras lloran, eso lo sabe cualquiera. ¿Cosificación? Jamás. Nosotras no somos tan desapegadas durante el sexo, nos interesa su conversación y no huimos a las dos de la mañana de su casa sólo para que no se encariñe ni crea que va en serio.
Sin embargo, ¡ay, qué gusto tenemos por los hombres tristes, por los oscuros, los misteriosos! Nos seduce el taciturno de gabardina, el viudo y el abandonado, el Dr. House, el Tom Waits y el Sabina de madrugada. ¿En qué demonios estamos pensando? A como yo lo veo, existen dos opciones: o de verdad somos unas masoquistas irremediables y estamos enamoradas del fracaso o entramos a ese juego desventajoso y ruin porque nosotras también queremos nuestro trofeo: el corazón de quien rara vez lo otorga, el despojo de la armadura de hierro, el secreto jamás develado.
Y así es como llegamos a uno de los mayores dramas entre hombres y mujeres: cosificamos en sentidos opuestos y el trofeo de uno es la ignominia del otro. Detrás de cada juego hay el mismo egoísmo y la misma ceguera y yo me pregunto, ¿cómo no sentirnos solos así? Decimos que queremos jugar con el otro pero jugamos solos, obedeciendo siempre y exclusivamente a nuestra propia agenda. ¿Qué pasaría si supiéramos ver y escuchar lo que tenemos delante, sin proyectar nuestros miedos, sin imponer nuestras categorías? Decir hola sería más fácil, decir adiós sería más espontáneo y lo que pasara en medio, breve o perpetuo, carnal o etéreo, sería una victoria compartida.

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Escribir literatura infantil

Debes escribir para niños de la
misma forma en la que escribes
para adultos, sólo que mejor.
Maxim Gorky.

Escribir para niños es cometer asesinato, dice Dr. Seuss. En un lugar en donde cada palabra cuenta, un capítulo tiene que ser reducido a un párrafo y un párrafo a una simple línea.
Escribir para niños es adentrarse al maravilloso mundo del lector impaciente: el niño lee no porque le interese ser culto o porque se trate de un autor en boga, lee simplemente porque quiere ser asombrado con historias de mundos lejanos o seres fantásticos. Y cuando la consigna es el asombro, no hay prórroga que valga; las cosas tienen que suceder y tienen que hacerlo desde el primer momento.
Por eso, escribir literatura infantil no es para cualquiera. En el gremio no caben los espíritus laxos ni las plumas dubitativas, no hay lugar para rodeos ni para explicaciones y, más que en cualquier otro campo de la literatura, se requiere estar consciente de que si dices «lobo», el lobo tendrá que aparecer con sus colmillos afilados y su aliento a corderito. Y a manzanas. Porque los lobos no siempre comen corderitos.
Esto también es importante para la literatura infantil: las historias para niños tienen el poder (y el deber) de ampliar el mundo, por eso casi siempre se sitúan en el quicio entre lo ordinario y lo extraordinario, para desde ahí mostrar que las cosas siempre pueden ser de otra manera, que hay lobos vegetarianos, países sin escuelas, locas que reparten besos y formas de vencer a las madrastras.
Hay escritores coronados que desdeñan la literatura infantil por considerarla demasiado simple, sin darse cuenta que en su simpleza radica su mayor dificultad: en los libros para niños no hay oportunidad para esconderse detrás de grandes descripciones o complejas psicologías, las cartas se muestran desde el principio y los giros dramáticos han de defenderse solos.
Por si fuera poco, el pensamiento infantil, desentendido de abstracciones, exige «ver» las cosas, de forma que los personajes felices aparecen con un sol ardiéndole dentro del pecho, las niñas al llorar inundan cuartos y los locos llevan nidos de pájaros en la cabeza.
Tantos y tan diversos colores sólo pueden surgir de una paleta experimentada y atrevida. Y tu paleta, ¿cuántos colores utiliza?

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¿Tienes niños a los que les guste escribir? ¡Llévalos a la Escuela de Niños Escritores! @miniescritores

Tautología de vivir

¿Por qué todo lo que existe existe?
Porque existe.
Tolstoi.

I.
Un niño atraviesa la plaza arrastrando los pies. Preguntarle por qué lo hace sería no entender. Quizá está aprovechando la delgadez de la suela de sus zapatos para sentir las irregularidades del piso, o tal vez imagina que está patinando sobre hielo y que de sus pies salen dos afiladas cuchillas. Tal vez le entretiene el sonido rítmico como de escoba o quiere provocar a su padre, a quien siempre le ha fastidiado que no camine bien.
Un niño atraviesa la plaza arrastrando los pies y nadie le presta atención, pues en el fondo es igual a todos los niños; a los que corren planeando con su velociraptor en la mano, a los que te saludan eufóricamente desde la ventanilla de un coche y se ríen como si estuvieran haciendo la mayor de sus travesuras o a los que, aburridos, hacen trompetillas con la boca, inventan canciones, se rayan los brazos.
Yo veo al niño arrastrar los pies y me dan ganas de imitarlo. Lo hago, pero disimuladamente y no sin antes voltear a mi alrededor para ver si nadie me está mirando. Me río avergonzada: qué ridículo temer al ridículo por hacer algo carente de explicación, como si la adultez fuera vestirse de porqués, aunque sean falsos y nadie se los crea.

II.
Qué horribles eran esos días, a los 16 o a los 23, en los que bastaba que la realidad temblara un poco para que yo sintiera abrirse un precipicio frente a mí y pensara: «Quiero morirme, quiero morirme, quiero morirme». Todo me acosaba: las decepciones amorosas, los tiempos de entrega, el dolor de cabeza de la clase de Husserl, el futuro intransigente, los chismes de pasillo, el regaño del jefe. La acusación parecía ser unánime: hiciera lo que hiciera, siempre estaba fallando.
Recuerdo haber pensado que quizá si me apuraba más, si me ponía más guapa, leía más libros y tomaba más clases, entonces podría llegar el momento en el que alcanzara al mundo y no le debiera nada. Pero claro, en seguida ocurría que me negaban una beca o que algún chico de cabello sucio juraba no volver a quererme y yo me volvía a derrumbar. Mis esfuerzos eran inútiles: hiciera lo que hiciera, seguía fallando miserablemente.
Luego todo salió bien. Y cuando digo que todo salió bien quiero decir que todo salió mal: no acabé un doctorado a los veinticinco, no encontré el amor, no se me apareció ningún mecenas y no hubo día en el que amaneciera con un cuerpo perfecto. La sorpresa fue descubrir que el resto seguía intacto: seguía malabareando ideas en mis ratos libres, escribiendo, enamorándome y abriéndole mi cuerpo imperfecto al azar y a las ganas.

III.
En alguna entrevista le preguntaron a Avital Ronell, filósofa contemporánea, sobre el sentido de la vida. Ella respondió señalando a unos perros: «A todo mundo le gusta que haya algo como un sentido, pero cuando ves a estos perros jugar, por qué reducirlo al sentido en vez de sólo ver la arbitraria erupción de algo que no puede ser asido o explicado, pero que sólo está en esta especie de absoluta contingencia de ser».
Claro. Imagino que justo en eso radica la sabiduría infantil con sus erupciones arbitrarias de vida sin sentido, de qués sin porqués. Al final, ¿qué es la vida sino una tautología? Se come por comer, se crea por crear, se vive por vivir. Los frutos de nuestras acciones no siempre llegan a nuestras manos, los propósitos cambian, los reconocimientos se pierden, las metas se desvían en el camino.
Así hay días. Así hay años. Los porqués rara vez resisten la tentación de caer. ¿Pero quién nos quita esos qués vacíos de significado pero llenos de sí? Como hacer trompetillas con la boca, como seguir corriendo incluso cuando ya se ha perdido la carrera.