Whatsapp y la demanda del otro

Pertenezco a ese gremio cada vez más extendido que critica ferozmente la tecnología al tiempo que vive sumergido en ella, revisando sus redes sociales en el baño y al despertar, pensando en formato de tuits y estirando el cuello cual perros de Pavlov cada vez que nuestro celular hace medio pío. No es fácil para nosotros, sépanlo. Queremos pertenecer igual que ustedes, queremos entender sus chistes, pero al mismo tiempo hay algo que no encaja, un ruido de fondo, una ansiedad latente.
Lo pienso cada vez que manejo mi coche, ¡qué relación más tormentosa guardo con ese armatoste estorboso y práctico! Me da vergüenza confesar que formo parte del mal que hace intolerable esta ciudad de smog y cláxones, pero cuando he de ir más allá del Periférico, mi bravura ecológica se desvanece y con los hombros caídos tomo mis llaves y me rindo.
Con esa relación frágil entre mis nervios, la lluvia y el refugio traicionero de metal llega el momento de estacionarse. Lo pongo en reversa y si sus sensores detectan un objeto detrás de mí, se pone a gritar como loco. Imagino que quien grita es mi madre, aprehensiva y nerviosa, diciéndome que tenga cuidado, que voy a chocar. Pero la verdad es que la atención y la ubicación espacial no son mi mayor fuerte y sin esos sensores posiblemente ya habría chocado varias veces de formas muy estúpidas. Entonces me doblego una vez más: gracias tecnología por resonarme en los tímpanos e invadir impunemente mi espacio.
Lo mismo me ocurre con el Whatsapp. Qué padrísima oportunidad de estar todos conectados como hermanos, pero háganse un poquito para allá. Se cuenta que antes de que la plataforma aclarara qué significaba exactamente la doble palomita, 28 millones de parejas cortaron a causa de los malentendidos que ocasionaba. «¿Por qué no me contestaste si viste mi mensaje, culero? Seguro estabas con otra», etcétera.
La paradoja es que, cuando por breve tiempo suspendieron esa función, la gente se volvió aún más loca, ¡qué iban a hacer sin ese dispositivo de control! Las benzodiazepinas se agotaron en las farmacias, el insomnio se puso de moda, la eficiencia laboral disminuyó considerablemente y en fin, una cosa tristísima. A la fecha no entiendo por qué todavía no se ha abierto un grupo de apoyo para las personas adictas a revisar cuándo fue la última conexión de su pareja.
El otro día mi amigo Basaguren me explicaba la diferencia entre pedir y exigir: cuando pides —me decía— el tiempo de respuesta le pertenece al otro, cuando exiges no. Puedes pedirme atención, dinero o perdón, puedes pedirme lo que se te dé la gana y está en mí concedártelo o negártelo, pero si me presionas, o peor aún, si antes de que te responda das por supuesta mi respuesta y en mi momento más vulnerable «cobras» la deuda que tú me imputaste sin mi consentimiento, entonces no me estás pidiendo, me estás exigiendo.
Desde ahí se ve más claro el verdadero filo detrás de estas herramientas intrusivas: nos estamos acostumbrando a exigirle al otro y se nos está olvidando cómo pedir. Pedir tiene que ver con la paciencia y más aún, con la incertidumbre: no hay garantías de nada porque nadie tiene la obligación de darte un don y el amor es eso, un don, no un deber.
Habría que aprender a revalorar los rituales sosegados de las cartas (correos electrónicos incluidos) o de las citas planeadas con una semana de anticipación, porque sólo donde hay espacio puede haber deseo y dirección, y porque no, si estoy viendo una película no tengo por qué pinche contestarte tu mensaje en ese instante sólo para solapar tu ansiedad.

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2 pensamientos en “Whatsapp y la demanda del otro

  1. El amor en los tiempos de inmediatez…

    Creo que lo peor es cuando te ves absorbido por la vorágine y te sorprendes a ti mismo exigiendo cuando querías pedir, te descubres impaciente, haciendo lo mismo que no te gusta sufrir.

Comentarios

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