El buleado

Conocemos la clásica historia de bullying: un grupo de niños elige a algún compañero de su clase como blanco para descargar todo su salvajismo infantil que va desde burlas y pequeñas humillaciones hasta golpes y amenazas. El pretexto oficial puede ser cualquiera —que es demasiado gordo o flaco, listo o tonto— aunque el verdadero criterio de selección es un misterio que oscila entre lo arbitrario y lo inconsciente.
El buleado intentará defenderse como pueda, pero lo más probable es que no sepa cómo defenderse y que esa indefensión sea lo que lo vuelva, desde el inicio, el blanco perfecto. Al cabo del tiempo, ese niño asumirá su lugar en el grupo y encarnará su condición marginal: se volverá agachón, evitará el conflicto a toda costa.
En más de un sentido le quitan derecho a la vida, o al menos el derecho a sus manifestaciones vitales, encargándose de reducir al mínimo sus destellos de espontaneidad o de arrojo y negándole la posibilidad tomar espacio o mostrar sentimientos. Cualquier manifestación vital que da es castigada con agresión física o verbal, algo paradójico si consideramos que esos mismos rasgos son los aplaudidos entre los dominantes: el pedo que se echan como respuesta a lo que pregunta la profesora, el atrevimiento inútil, el turbante improvisado con un suéter en la cabeza, etcétera.
Ahora bien, la psicología de los buleadores es burda y más o menos fácil de entender: pocos son los que sienten gusto genuino por la crueldad, la mayoría son sólo trogloditas buscando reconocimiento. El buleado funciona como un chivo expiatorio que asegura la cohesión del grupo, pues en él se depositan todas las inseguridades de cada uno de los individuos del grupo y cuando se le rechaza, se libera la angustia y se afianza el vínculo bajo la lógica: «si el otro es el rechazado, yo pertenezco, yo estoy seguro». Si a eso se le suman las características propias de la adolescencia tales como el exceso de energía y de hormonas, el conflicto con la autoridad, los cambios, la necesidad de pertenencia, el narcisismo y la visceralidad, ¡pum!, tenemos un caldo de cultivo perfecto para la brutalidad.
¿Pero qué hay de la psicología de los buleados? Y no hablo de las secuelas del maltrato, sino de algo previo, de cierta forma de reaccionar que los vuelve cómplices involuntarios del abuso se comete contra ellos.
La hipótesis más superficial es la estereotípica: no tiene que ver con ellos sino con cierta característica accidental que los vuelve muy «buleables»: un apellido chistoso, una voz de pito, un papá pobre, etcétera. Sin embargo, no es difícil ver el caso contrario: gordos feos siendo respetados o guapos listos calladitos en su rincón encogiendo los hombros.
La segunda hipótesis afirma que el buleado es elegido por poseer un rasgo de individualidad que amenaza con evidenciar la fragilidad del grupo. Así ocurre con los pájaros (mobbing), en el que los pequeños atacan no al más débil sino al más fuerte, al depredador potencial. No dudo que en cierto nivel opere algo así, pero resulta poco convincente por la misma razón que el punto anterior: cuántos líderes no producen el efecto contrario, teniendo las mismas singularidades.
No. Los buleados tienen al menos dos características que los distinguen: 1) la seriedad con la que interpretan todo lo que les ocurre, y 2) el terror absoluto que les produce tomar acción.
Comencemos con la seriedad, que tiene como lado virtuoso la sensibilidad y como lado vicioso el narcisismo. ¿Qué pasaría si para el niño simplemente no fueran personales (porque no lo son) los juegos de sus compañeros? Podría reírse con ellos, podría devolver el avión de papel que le aventaron pero no sin antes mejorar su aerodinámica, podría alzarse de hombros y seguir dibujando con indiferencia. Generalmente el abuso escala en gravedad porque hay un receptor con cara de espanto haciéndolo real, pero en muchos casos inicia sólo como un juego ocioso sin otra finalidad que pasar el rato o, cuando mucho, medir la reacción de «el nuevo».
«¡Estás responsabilizando a las víctimas?», escucho gritar por ahí. «¡No es muy distinto a decir que a las mujeres las violan por usar minifalda!». No, pero sí creo que hay quienes se acercan al otro sin intención alguna de «bulear» y es el temeroso el que interpreta su personalidad dominante y desenfadada como una agresión personal, cuando bien podría ser muchas otras cosas, cuando los zapes y las risas son también signos de camaradería en la secundaria.
Hay otros casos, sin embargo, en el que la agresión es intencionada y patente y no es simple cuestión de actitud. La amenaza es real y no para. En esos escenarios puede verse al buleado como una avestruz buscando dónde enterrar la cabeza, acelerando el paso cuando se topa en el pasillo con sus depredadores, bajando la mirada, encogiéndose, queriendo desaparecer. Es como si todo su lenguaje corporal estuviera diciendo «esto no pasando». Pero está pasando. Negar el principio de realidad no cambia nada, al contrario, entorpece su capacidad de reacción.
Y aquí viene la segunda característica: el buleado le tiene pánico a tomar acción. Lo han puesto a jugar un juego que no quiere jugar, entonces sólo pretende que el juego no está ocurriendo, como si eso lo eximiera de sufrir sus efectos. Si de hecho pudiera aceptar que eso está ocurriendo, se daría cuenta de que no tiene otra alternativa más que jugar el juego, ser valiente y contraatacar. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Creer que el dolor de un puñetazo es peor que el dolor de la humillación constante es francamente un error de juicio. 
Para el buleado no es tarea sencilla, pues entran factores tales como el del condicionamiento, el desamparo social, etcétera, y aunque el peligro no sea inminente, se sentirá como tal. Pero lo mismo
 aplica para todos: le tenemos miedo a la acción porque le tenemos miedo a sus consecuencias, pero la sola pasividad no basta para detener el mundo ni mucho menos para que mágicamente éste se moldee de acuerdo a nuestras necesidades o deseos. La amenaza siempre está ahí, si no representada por alguien, sí representada por todo aquello que se mueve o se rompe, por las deudas y los choques, los jefes y los malentendidos. Entre más rápido podamos aceptarlo, más rápido podremos solucionarlo: esto está pasando, ya es demasiado tarde para negarlo.

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3 pensamientos en “El buleado

  1. Me gusto la imagen mental de los pajaritos jajaja. De otra forma me parece que tus especulaciones son bastante acertadas, saludos!

  2. Un dia alguien que vivio un secuestro en la ciudad de Mexico platica con un guru Indu del suceso, era una platica abierta, y quien conto la historia, la conto con un animo de descubrir una enseñanza, el guru despues de escuchar la historia pregunta, Que es lo que se necesita para conservar la libertad?,.. nadie contesto asi que el guru entonces dice, para conservar la libertad se requiere “poner atencion”, … y explico: si te divorcias, pierdes la libertad de vivir en pareja, si enfermas pierdes la libertad de la salud, … El guru entonces le pregunta al hombre, … En que momento te distrajiste?, … si te esfuerzas un poco por acordarte sabras de lo que hablo. … Entonces el hombre contesta, si, se de lo que habla, salimos de un restaurante lujoso, y en lugar de esperar a que pasaran por nosotros, tomamos un taxi de manera descuidada. El guru entonces dice, poner atencion es un acto de estar presente, es un acto muy relacionado con la actitud que uno adopta en un juego, y es la de siempre considerar a los otros, esperando la sorpresa, la cual siempre es bienvenida. El estar atento es algo que se aprende y se enseña. El ser buleado tiene que ver con esto, en el no poner atencion. Aunque como dices en ocasiones los buleados son agredidos por representar una amenaza, lo cual es mas como una guerra.

    Tambien conoci a un grupo de shamanas de oaxaca, y ellas aseguraban que una madre protege a sus hijos con una energia, es mas, una mujer hecha y derecha siempre hace eso, usa lo que llamaban la energia femenina de proteccion. Ellas decian tambien que los niños que aprenden a usar esta energia de sus madres, dificilmente les pasa algo, a diferencia de una madre sin tierra, (sin tierra significaba alguien que anda en las nubes, sin estar bien plantado en el aqui y el ahora) donde sus hijos son propensos a accidentes. Estas shamanas nos enseñaron como usar esta energia. Por otro lado investigando, encontre que los chinos, en la acupuntura hablan de algo parecido y lo curioso es que la zona del cuerpo donde las shamanas dicen que surge esta energia, es la misma zona donde los chinos aseguran que esta el punto de la vitalidad y la atencion. Las shamanas decian que si un niño es buleado es porque su madre no lo protege con su energia. Estas mujeres eran fuertes, y se ponian bravisimas cuando detectaban que una mujer no estaba aterrizada, y andaba en la luna sin proteger a sus hijos, Bueno lo aplicaban tambien a los hombres, que estuvieran aterrizados y atentos.

    Bueno Nereisima, creo que tu articulo es un gran provocador para estar atentos, …

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