Terrores solitarios

I.
Hace unas semanas fui sola al cine a ver una película de terror en la función de las 10 de la noche de un lunes. La sala estaba casi vacía, y si bien no me considero particularmente miedosa, sí soy histriónica y gritona y requerí hacer un acopio importante de mi autocontrol para tragarme los sustos yo solita, quietecita en mi butaca. Lo resolví cruzándome de brazos, de forma que en los momentos de mayor suspenso, en vez de tomarle la manita al extraño de al lado (¡eso no se hace, Mariana!), yo misma me apretaba el brazo.
Lo mejor fue cuando salí del cine. Era casi media noche y el estacionamiento del centro comercial estaba vacío. Me dirigí a mi coche lentamente, en guardia, lista para echarme a correr en cualquier momento si los pasos que se escuchaban a la distancia resultaban ser los de un asesino poseso. Pero no, eran sólo de un vigilante.
De camino a mi casa vi una señora prendiendo su cigarro. No le vi la cara completa, sólo vi su mano huesuda, el acercamiento lento del encendedor al cigarro y el humo saliendo de su boca pintada de rojo, alumbrada sólo por los faros de una calle oscura. Posiblemente era una prostituta, aunque se veía mayor. Por algún motivo (el contraste de la luz, la mano temblorosa) sentí que en ese gesto había cierta humanidad desnuda, desprotegida, nada distinta a la que había visto en los personajes de la película, personas comunes y corrientes que eran al mismo tiempo amenazados y amenazantes, huéspedes de fantasmas y materializaciones de sufrimientos inmemoriales.
Al llegar a casa vi la luz del baño prendida, con la puerta cerrada. Es un mal hábito de mi roomie, que no soporta las puertas abiertas pero en cambio es negligente para apagar las luces. Sabía que era improbable que fuera él, sabía que había una explicación nada sobrenatural del por qué de la luz prendida, pero aún así no pude evitar abrir la puerta conteniendo el aliento y cuando por fin giré la manija de un jalón, el corazón me palpitaba a toda velocidad.
Al día siguiente esa sensación me acompañó a todos lados, como si la cotidianidad se hubiera vuelto frágil de repente, como si no lo fuera siempre. No podía dejar de pensar en la mano huesuda de la señora prendiendo su cigarro. «Eso es la humanidad», pensaba. Y pensaba también en lo irónico de que ese mundo inquietante me pareciera de pronto urgente y obvio sólo porque había visto una película de terror la noche anterior, cuando en realidad me movía por el mismo mundo todos los días, ese mundo de puertas cerradas con luces prendidas, de mujeres golpeadas, de extraños nocturnos y calles sombrías.

II.
Las mudanzas siempre han sido para mí una causa de estrés. Esa primera noche en la que te metes a tu cama y con las cobijas hasta el cuello te quedas mirando el techo extraño. No conoces a los vecinos, te estremece el ruido de las tuberías y del viento chocando contra la ventana, no tienes ninguna excusa para llamar a nadie y entonces piensas «estoy solo en el mundo».
Pero la soledad no es más que la sensación de la distancia infranqueable entre uno y el mundo, distancia que en cualquier caso existe. Si la soledad aterroriza es porque es una forma involuntaria de disponibilidad hacia lo otro, hacia lo no familiar; un arrojo radical al presente, semejante a un exilio.
Hace falta tener temple para esa clase de extrañamiento, origen del impulso creativo, proveedor de revelaciones y otras gemas, pero también dador de un gran sentimiento de orfandad. Y sin embargo, ¿no ha sido siempre ese el mundo? Las tuberías de la ciudad llevan décadas chirriando, lo único que cambia es que por un instante tienes absoluta conciencia de que ése que está ahí eres tú, perplejo y receptivo, y no hay preocupación mundana, caricia o parloteo que pueda distraerte de ese hecho. Entonces sientes miedo, pues has vuelto a nacer y el mundo es infinito.

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3 pensamientos en “Terrores solitarios

  1. ¿Y no hay también la posibilidad de experimentar terror cuando se percibe ese mundo infinito? Aunque tal vez terror sea una palabrota que tendríamos que cambiar por vertigo. Quien sabe, yo lo he visto en mis entrañas cuando subo a mi habitación y percibo en las sombras figuras que de otra manera no podría concebir. Me recuerda a esas prototipicas muchachas solitarias que describes, caminando hacia su coche en un estacionamiento vacío como si el homicida o monstruo ya fuera una cuestión de destino. Aunque puede ser ese ojo tuyo tan particular que se cuenta protagonista sabiéndose personaje secundario. La verdad yo me siento decepcionado cuando no aparece el asesino en serie, como si fuera el meñique de dios recordándonos que nuestras ficciones son solo eso. Habrá que buscar otro tipo de asombro que se parezca más a lo cotidiano para evitar el aburrimiento, supongo jajaja.

    Me hiciste imaginarme cosas, gracias :D

  2. La mente es una máquina incesante, pulsa siempre por manejar las cosas a su modo, hasta ver lo que no existe e incluso ignorar lo existente, digamos como el olvido y la memoria, por alguna razón por momentos parece que conviene, según el momento preciso, pues no somos más que el resultado de años de evolución…El miedo, la tristeza, la alegría, la soledad. el amor, es bueno saber que no son estados ni posesiones a perpetuidad, que todo malo o bueno es pasajero, es bueno recordarlo para dejar ir e ir “creciendo”, sin trauma…

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