Tempos y mundos mágicos

I.
Veo a mi madre envejecer. Veo a mi madre sintiendo vergüenza y aflicción por envejecer. Si ella pudiera se quitaría diez, veinte años de tajo. Entiendo su ansiedad: el tiempo la ha rebasado impunemente inundando todas las esquinas de su vida, de su cuerpo, de sus afecciones. El tiempo que es agua y ella, parada en medio de la habitación.
Hace algunos diciembres le regalé de cumpleaños un diario. Un regalo egoísta, podría pensarse. Un regalo que no contempla los intereses del regalado sino del regalador. Pero lo que yo quería regalarle era otra cosa: la posibilidad de una narrativa, el poder de hilvanar los años hasta volverlos mantas, de fabricar sentido. No lo logré.

II.
Para mí la vida siempre ha sido como una suerte de enigma por resolver, lo que combina al mismo tiempo el entusiasmo ingenuo del excursionista o el conquistador con cierta predisposición a perseverar en el fracaso y a encerrarme yo solita en callejones sin salida.
Sin embargo, para mí el tiempo nunca pasa en vano. ¿Y cómo podría pasarlo si todo suma y nada resta? En cada episodio, doloroso o alegre, hay algún guijarro brillante qué recolectar, un pedacito de experiencia. «Soy humano y nada de lo humano me es ajeno», decía Terencio. Soy humana y en consecuencia mi corazón tiene sed, mis ojos tienen sed, mis manos tienen sed.

III.
Tengo un amigo que afirma que se requiere más esfuerzo para vivir en un mundo civilizado (sic) que en un mundo mágico. Y es que la voluntad, con todo su poderío simbólico, baña la cotidianidad inerte y la llena de sincronías, de voces, de pequeños milagros.
Así se me antoja leer mi vida de vez cuando, como aquel patrón inexplicable en el que, cuando peor me encuentro, más accidentes tengo. ¿Fue la nube sobre mi cabeza la que atrajo al despistado de atrás a producirme un esguince cervical? Es improbable. Y sin embargo se integra melodiosamente al resto de los ritmos de mi presente, aunque la melodía no me favorezca en este caso.
Entonces digo «lo tomo», porque no tomarlo es lamentar y de momento no me alcanza la energía para lamentos. ¿Pero qué es lo que hay que tomar exactamente, vida mía?
Miro a mi cuerpo, o más bien lo siento, que es como mirarlo por dentro. Siento cómo su tempo se impone con soberbia naturalidad, como si no hubiera otro tempo lleno de citas, deberes, pendientes. Respiro. Entiendo entonces que es inútil forzar, como forzar a alguien a quererte cuando no te quiere (porque no te quiere).
Sólo queda confiar en que si algo me acontece es porque la vida no me ha olvidado —como diría Rilke—, que me tiene entre sus manos y no me dejará caer. Porque también soy temporal y nada de lo temporal me es ajeno.

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