Buscar respuestas

Tengo un gran impedimento para escribir literatura, sobre todo si de ficción se trata: busco respuestas. No me basta desmenuzar la imagen, mostrarla al lector con sus esquinas desteñidas y decir, como parecen decir los buenos escritores, «ahí está, ahora hazte cargo tú solo del desamparo».
Para mí el desamparo es el punto de partida, y si mi imaginación acaba inmiscuida en escenas violentas o figuras desoladoras, me abrazo las rodillas en medio de toda esa fantasmagoría y me digo con voz ahogada: «sobrevive, sobrevive, sobrevive». Entonces me pongo a correr, a construir inteligibilidad, a hacer chambritas de esperanza mientras mi secuestrador duerme en el cuarto de al lado, cual Penélope decadente.
Correr. Eso es lo que hacía cuando era niña y tenía pesadillas. Me levantaba a la mitad de la noche después de que mi mamá no le contestara el teléfono al diablo y yo no pudiera regresar del infierno a mi casa. Entonces corría. Bajaba las escaleras a toda velocidad para que el diablo no alcanzara a jalarme los pies. Para cuando acababa de despertar ya estaba en la cochera y tenía que regresar corriendo otra vez, porque eran demasiados los cuadros que me miraban y tenía frío.
Quizá es falta de valentía para poner el punto final justo en el momento en el que la niña abandonada mira con espanto, en el que el adolescente se pega un balazo y luego nada, entra la pantalla negra con sus letras blancas, como diciendo «esto es lo que hay». O quizá es mi deformación profesional que impone lo abstracto sobre lo concreto o algo más antiguo aún, mi educación de escuela de monjas que no sabe sólo observar y necesita condenar o perdonar.
«Sobrevive, sobrevive, sobrevive», parece ser el automandato que subyace en mi necesidad de hablar de inconsciencia, de humildad o de empatía, de resiliencia o de comunidad. Sin embargo, las respuestas tampoco son un punto de llegada. Nunca he sido devota en ese aspecto, no me veo encontrando La Verdad en una corriente filosófica o espiritual y yéndome a dormir acurrucada en esa certeza inamovible. El gran problema de La Verdad es que es celosa y te obliga a entregarle los ojos. Y yo quiero ver.
Regresan los recuerdos de pesadillas. Vuelvo a tener siete, ocho años, y sueño con un monstruo que es pura oscuridad y lleva por ojos un par de luces rojas. Corro al cuarto de mis padres, algo infrecuente, y lo que encuentro es una oscuridad absoluta y aquellos ojos rojos que me miran. Soy suficientemente racional para descartar la posibilidad de que se trate realmente del monstruo de mis sueños y con el corazón acelerado me acerco más para descubrir que no, que son sólo las luces de la contestadora. Aún así, trago saliva y prefiero regresar sola a mi cuarto. «Interesante que el monstruo se materialice justo en el cuarto de tus padres», diría un psicoanalista cualquiera.
¿Y si hay luces que sí resultan ser ojos acechantes y no contestadoras? ¿Y si el resto es el consuelo del cobarde racional? ¿Y si la humanidad no merece perdón y lo real es esa niña abandonada que mira con espanto o ese adolescente que se pega un balazo y luego nada, pantalla negra y letras blancas?
Supongo que eso sólo se puede saber caso por caso, discerniendo, acercándote de puntillas al monstruo en pausa. Desde ese ángulo deja de parecerme tan ocioso el ejercicio. Quizá el ensayo sea la sobremesa de la literatura. Una sobremesa de listillos que no conformes con ver al monstruo, quieren examinarle los dientes.

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