#100HappyDays

Don’t waste your time
trying to find a meaning
to everything
you might get disappointed.
Tahiti 80, Yellow Butterfly.

Unos pies descalzos después de un día de trabajo. Una torta de tamal, aunque engorde después. Los hijos, esos mismos que te desquician. Las jacarandas de afuera de tu casa. Los amigos borrachos. La canción de la radio en medio del tráfico. El atardecer naranja, aunque con una pátina de polución.
Durante los últimos dos meses hemos visto por todas las redes esta clase de fotografías acompañadas del hashtag #100HappyDays. El objetivo de este ¿movimiento? es recordarnos todas las cosas que nos hacen felices día con día, despertarnos de la inercia cotidiana y enseñarnos a ver nuestra vida bajo la luz de la gratitud y del asombro.
Así pues, el espectador incauto, cuyo único pecado ha sido tener en sus redes sociales a estos seres de optimismo emprendedor, se ve expuesto de la noche a la mañana a un sinfín de fotografías sosas de copas de vino, ositos de peluche y abrazos entre señores con sobrepeso. Ante semejante bombardeo, el espectador no puede sino rascarse la cabeza confundido, fruncir el ceño como queriendo entender, poner los ojos en blanco o simplemente minimizar las ventanas mientras piensa «a lo que hemos llegado».

Lo que ocurre con la felicidad es que no tiene sentido. En términos de felicidad, o todo merece ser fotografiado o nada lo merece. La sola selección ya es una suerte de mentira. La felicidad no destaca, no se escribe con mayúsculas ni tiene una narrativa épica, nunca aparece en estado puro y cuando es honesta es tan sutil que no suscita siquiera envidia.
La infelicidad, en cambio, ¡qué gran lluvia de historias!, ¡qué gran pretexto para tratados filosóficos y novelas de vanguardia! Ya lo decía Tolstoi: «Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». Por lo mismo, cuando alguien atraviesa un mal momento entonces sí que vale la pena meterse a su perfil de Facebook, revisar sus interacciones y hasta indagar entre sus favoritos. #100DepressingDays, llevado con seriedad, sería un movimiento mucho más jugoso y literario.
Pero al margen de los voyeurismos morbosos, la cosa es más grave si pensamos que esa misma lógica de discriminación la aplicamos a nuestra propia vida, lo que nos lleva a sentir mayor inclinación por «las historias de interés» (es decir, las que están plagadas de conflictos) que por la calidez predecible de lo que ya hemos conquistado.
Y aquí viene la vena personal: yo pertenezco a ese gremio enfermo que prefiere el sentido que la felicidad. A lo largo de mi vida he alimentado muchas situaciones dolorosas y pasiones tercas sólo porque estaban cargadas de un sentido vibrante y prometedor, y desprenderme de él era quedarme sin nada.
Pero ahora que no tengo nada, que me gusta mi trabajo y ningún diablo en concreto reclama por mi alma, hay días en que amanezco derrotada y débil. Entonces me reprocho: ¿De verdad, Mariana? ¿Ya estás otra vez buscando en el periódico guerras para protagonizar, países lejanos a los que navegar sin remos? ¿Tanto te seduce contar historias de monstruos bicéfalos, roer problemas, atrapar miradas?
No. Es una trampa. La narrativa del superviviente no basta para quitarnos el hambre ni la teleología a la que apela el terco vale tanto como para sustituir la vida. Puro ego. Como cuando Horacio se queja de su soledad y Traveler le responde: «No estás solo, Horacio. Quisieras estar solo por pura vanidad». Eso. Mejor aprender a abrazar el sinsentido, como las fotitos de #100HappyDays que nadie entiende porque no hay que entender. Nunca hay nada que entender.

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