Cosas vivas

Se me ha olvidado cómo escribir. Puedo poner palabra tras palabra, pero lo que quiero es nombrar el rayo que las atraviesa todas. Quiero nombrar la vida. La cadencia de un discurso del que nada se recuerda cuando acaba salvo por su regusto, por aquella estela que deja de encuentro, de intercambio, de mirada. Quiero hablar sin que nada ni nadie peine mis palabras; no tener que distinguir entre verdad y mito, divorciarme de mi nombre y desanclar el sueño. El miedo es el que se afana en convencer, el que esgrima, el que gusta de fingir —como diría Virginia Woolf— que la vida es una sustancia sólida, en forma de globo, a la que le damos vueltas con nuestros dedos.
Cuantas cosas te contaría si, como canta mi ánimo, fuéramos sólo niños viendo las luces del techo antes de irnos a dormir. El mundo coincidiría más con el mundo y entonces yo te susurraría, con el secreto haciéndoseme agua en la boca, «he vivido otras vidas». «Las he vivido todas y me las he comido vorazmente como se come una sandía, y en una tú eras un niño moreno y en otra nadabas como un pez y en todas te contaba un secreto». Entonces tú saborearías mis ojos con tus ojos, me aventarías una almohada, me dirías despeinada y te irías a dormir listo para olvidarlo todo, yo incluida, y perderte en la estela que dejan las cosas vivas.

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