Cosas vivas

Se me ha olvidado cómo escribir. Puedo poner palabra tras palabra, pero lo que quiero es nombrar el rayo que las atraviesa todas. Quiero nombrar la vida. La cadencia de un discurso del que nada se recuerda cuando acaba salvo por su regusto, por aquella estela que deja de encuentro, de intercambio, de mirada. Quiero hablar sin que nada ni nadie peine mis palabras; no tener que distinguir entre verdad y mito, divorciarme de mi nombre y desanclar el sueño. El miedo es el que se afana en convencer, el que esgrima, el que gusta de fingir —como diría Virginia Woolf— que la vida es una sustancia sólida, en forma de globo, a la que le damos vueltas con nuestros dedos.
Cuantas cosas te contaría si, como canta mi ánimo, fuéramos sólo niños viendo las luces del techo antes de irnos a dormir. El mundo coincidiría más con el mundo y entonces yo te susurraría, con el secreto haciéndoseme agua en la boca, «he vivido otras vidas». «Las he vivido todas y me las he comido vorazmente como se come una sandía, y en una tú eras un niño moreno y en otra nadabas como un pez y en todas te contaba un secreto». Entonces tú saborearías mis ojos con tus ojos, me aventarías una almohada, me dirías despeinada y te irías a dormir listo para olvidarlo todo, yo incluida, y perderte en la estela que dejan las cosas vivas.

El amor en tiempos de meritocracia

I.
«¿Cómo sería el amor de tu vida?». Y llueven los adjetivos. Inteligente y gracioso. Guapo, flaco, más alto que yo. Con responsabilidad social. Ovolacteovegetariano. Carnívoro feroz. Filósofo, artista o escritor. Sensible, que llore conmigo en las películas. Fuerte, que me respalde en momentos difíciles. Que me coja por detrás. Y de pie. Que le gusten los perros más que los gatos. Que crea en el psicoanálisis. Que practique algún deporte extremo. Que la tenga descomunal, como de gondolero turco. Que comparta mis gustos musicales. Que sepa cocinar. Que tenga buena memoria. Lo quiero sin mamitis y que no le guste el futbol. Que no se haya casado. Que no sea acuario ni ningún otro signo de aire. Que haya nacido en día par.
Sencillo. Lo pides por internet y en treinta días hábiles llega a tu puerta desnudo y envuelto en plástico de burbujas. Su frágil perfección tiene algo de abrumadora. Te paras frente al espejo sumiendo la pancita y haces un recuento de tus propias cualidades. Lo mereces. Eres una gran conversadora, tienes un doctorado y tu propia página web. Tienes los ojos grandes, las nalgas elogiables y las manos de pianista. Conoces bien las sinfonías de Beethoven, has leído a Tolstoi, sabes meditar y eres amiga del amigo de aquel autor renombrado.
Se miran a los ojos y conscientes del milagro inician la gran empresa de El Amor que incluye fotos en Instagram y planes a futuro. Funciona por un rato hasta que —no lo adivinarán— la perfección comienza a deslavarse. Descubres, ¡oh ignominia!, que aunque es Virgo nació en el Año de la Rata de acuerdo con los chinos, y si bien no le gusta el futbol sí le fascinan los videojuegos y pasa días enajenado frente a la pantalla. Encima se ha hecho un corte de pelo que le sienta fatal, sus amigos te cagan, ronca y no consigue empleo. 
Y lo mismo al revés: te das cuenta que la vecina lo pretende y es más guapa que tú, que ya se te notan las patas de gallo, que jamás publicarás un libro, tienes los pies chuecos, tu departamento es un caos y estás tan dañada que lloras hasta viendo comerciales.
Llega entonces la decepción. «No te merece», te dicen tus amigas. «Las cosas pasan por algo, ya encontrarás a alguien mejor», te dice tu madre. Y la historia vuelve a empezar.

II.
Este fin de semana vi The book thief (2013), una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial que cuenta la historia de Liesel, una niña con gusto por las letras que crece en un hogar aparentemente disfuncional. Liesel ha sido separada de su madre por ser comunista y adoptada por una pareja alemana que a su vez esconderá a un judío, Max. La madre adoptiva, Rose Hubermann, es una mujer arisca, amargada y «cubierta de rayos» que menosprecia a su esposo e insulta a todos por igual. Sin embargo, resulta conmovedor descubrir, conforme avanza la película, la profunda lealtad que se guardan entre ellos.
Recordemos que es la década de los cuarenta y el paradigma de familia es otro: la gente no se separa aunque se lleve mal, el tejido social es más estrecho al tratarse de pequeñas comunidades y todo mundo acepta «lo que le toca». Pero curiosamente es en ese contexto, cuando se han quemado todas las naves de la posibilidad, que pueden establecerse vínculos significativos como los que tienen lugar en esa casa y personas como la señora Hubermann pueden florecer, mostrar sus debilidades y derretir una o dos de las capas de hielo que le cubrían el corazón.
A ojo de buen contemporáneo, pasar por ese suplicio sería innecesario. Sobre todo porque Hans Hubermann, el esposo, es un hombre encantador, mucho más dotado para la felicidad y que sin duda merecería conseguir una mujer que lo valore y lo respete, que sea hermosa, sensible y ovolacteovegetariana, etcétera.

III.
Entiendo por qué el cambio de paradigma. Es un gran logro de nuestra civilización haber conquistado el derecho a buscar la felicidad y a tener más opciones para apropiarnos de nuestro destino que la de la pura resignación regulada por la moralidad y las buenas costumbres. Qué fortuna la nuestra de vivir en una época en la que se puede abandonar más fácilmente al marido golpeador o a la mujer crónicamente infiel y tener una nueva oportunidad con alguien con quien tengamos mayor compatibilidad. Está muy bien que no se dé todo por sentado.
Pero no estoy segura que la alternativa por la que nos hemos inclinado dé más frutos o sea menos perversa: crecidos en una falsa meritocracia, creemos que el valor del otro, de nuestra relación y de nosotros mismos depende directamente de nuestros logros y es algo que tenemos que estar continuamente demostrando, como si se tratara de una competencia o como si fuéramos un producto que es válido desechar en cuanto llega uno mejor o en cuanto se vence la garantía.
Mientras nos concibamos como un conjunto de calificativos, estamos condenados a vivir temiendo y pasaremos más tiempo intentando evitar la destrucción que de hecho construyendo. Spoiler alert: somos sólo personas. Los fenómenos rebasan a las categorías y las unidades son más grandes que el conjunto de sus partes.
En ese sentido, quizá amar sea poder decir «tú» sin atributos concretos; trascender las denominaciones, superar la lógica de intercambio y dejar de pensar todo a partir de lo presumible, lo cómodo o lo conveniente. Sólo «tú», similiar a lo que nos ocurre con nuestros hermanos, a quienes iríamos a visitar a prisión aunque fueran asesinos en serie porque son ellos y punto, no un montón de características a sopesar para ver si merecen o no nuestro cariño o nuestro apoyo.
Al final, por más ciclistas rescatacachorros que seamos, académicos poliglotas, atletas ricos, autosuficientes o emprendedores, nunca dejaremos de ser también lo otro, una Rose Hubermann cualquiera envuelta de vicios y temores que necesita que le digan de vez en cuando, sin condiciones ni escrutinio, «no te preocupes, lo resolveremos».