Darling, I know you are there

Pienso en todas las falsas empatías. Las madres son las primeras en caer cuando te imponen su frío y creen poder sentirlo en tu piel aunque tú no lo sientas, o cuando, conmovidas, son capaces de soltarse a llorar contigo porque tu dolor les parte el alma pero no saben verte, no te conocen, no pueden ni quieren entender. Los consejos están llenos de esas falsas empatías, lo mismo que las historias autorreferenciales que cuentan tus amigos para consolarte. La diferencia entre ponerte el saco del otro y querer que el otro se ponga el tuyo es sutil.
Hace poco lo pensaba respecto a mí. A mí siempre me han concernido de forma importante los sentimientos de los demás, y ya no digamos si se trata del chico en cuestión: me interesa detectar cualquier anomalía en su humor, aliviar su dolor, estar al tanto de sus altibajos y sus preocupaciones. Pero lo que en origen es un interés genuino, no pocas veces se deforma hasta convertirse en un miedo persecutorio e infantil, porque entonces creo que si está de mal humor tiene que ver conmigo, si está pasando por un momento de crisis es mi misión rescatarlo y si tenemos un problema es que yo estoy fallando o que me va a dejar de querer.
Yo, yo, yo. No en vano seleccioné el adjetivo «infantil» en el párrafo anterior, pues ese sentimiento de omnipotencia es muy claro en niños, quienes en su más temprana etapa son capaces de desaparecer el mundo con sólo cerrar los ojos, porque creen ser los únicos que miran, el centro por antonomasia de su mundo circundante.
Comprensible. También es cierto que esta es nuestra vida. Es decir, ¿cómo no identificarnos con lo que nos sucede? ¿Cómo no tomarnos como personal lo que nos afecta directamente? Sin embargo, quien ha persistido en el egocentrismo sabe que hay pocas cosas más asfixiantes que eso.
Dos peligros se desprenden de aquel protagonismo engañoso. En primer lugar, nos volvemos candidatos ideales para el sufrimiento, y peor aún, para el resentimiento. Todo adquiere invariablemente un tinte personal. Perdemos de vista que ni siquiera cuando se trata de nosotros se trata realmente de nosotros. El otro puede decidir enojarse, alejarse, odiarnos o rechazarnos sólo porque sí, porque es un individuo independiente con su propia historia y sus propios demonios y no puede sino emprender sus batallas con las armas que tiene.
Medidas preventivas hay pocas. Podemos aprender a elegir mejor a las personas de quienes nos rodeamos para reducir al mínimo las violencias expresas, pero más allá de eso, lo demás es la vida, periodos de prueba que se vencen antes de plazo o se renuevan, riesgos, saltos de fe. Si no podemos ver esa arbitrariedad; ese despliegue de encuentros y desencuentros sin moralidad y sin culpa, entonces no tendremos más opción que resentirlo todo, que odiar a todos, que decepcionarnos siempre de la amistad y del amor.
El segundo peligro no es menos grave y es la que me llevó a escribir este texto. El solipsismo radical hace que el otro desaparezca. Y eso no sólo es la verdadera soledad, ese lugar en donde no hay negociación ni perdón ni comprensión ni diálogo posible, sino que además hace de nuestro amor un esfuerzo inútil y un veneno lento.
Thich Nhat Hanh, monje budista, dice que ser amado es ser reconocido como existente. Ser visto por encima del velo del yo, ser acogido por el otro con la mirada. Por eso uno de sus mantras es: «Darling, I know you are there». Te reconozco, al margen de mis expectativas y mis heridas posibles o venideras. No necesitas complacerme para que eso ocurra, tus sentimientos son tuyos y los respeto.
Cuando lo pensé, recordé a personas significativas en mi vida y se me llenaron los ojos de agua. Darling, I know you are there. Lo demás es lo de menos.

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3 pensamientos en “Darling, I know you are there

  1. Puede ser. Yo incluso he llegado pensar que así como hay “terrorismo de estado”, existe también un terrorismo divino, es decir, pensé a dios como un ser cruel, en última instancia responsable de la crueldad en general. Puede ser que esté equivocada; sin embargo, no es tan sencillo dejar de creer en dios, al menos no basta con decir “bueno, a partir de hoy ya no voy creer en dios”.

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