Vicios de Twitter

Como todo mundo sabe, llevo varios años dedicándome fervorosamente a tuitear, pasando por todas las facetas clásicas: la ansiedad por no tener internet a todas horas y en todo lugar, la persecución activa de favs y erretés, el conteo tacaño de followers, las fórmulas gastadas, los mensajes crípticos para destinatarios lejanos, etcétera.
Mi vida —y no exagero al decirlo— ha llegado a tratar casi exclusivamente sobre Twitter. Y bendito sea Dios. Sin él (sin Twitter, no sin Dios) no hubiera conocido a muchos de mis amigos actuales y no sé cómo hubiera superado mi crisis de 2011, por citar un ejemplo. Twitter ha sido un compañero leal y un pretexto divertido para pensar, imaginar mundos y entablar conversaciones acaloradas y vínculos improbables.
Supongo que en algún momento volveré. He depositado mucho cariño en más de una arroba y no es tan fácil desechar la complicidad y la compañía, la cotidianidad compartida. Pero ahora que he estado afuera (y he estado tranquila estando afuera, porque ya me había salido antes pero motivada por la misma ansia de estar sólo que invertida, grandísima trampa), he pensado en ciertos vicios de Twitter que me gustaría mencionar:

El primero tiene que ver con la responsabilidad. Creo que con frecuencia esperamos, en el tuiteo compulsivo, que el otro se haga cargo de nuestras sentimientos. Tuiteamos que estamos solteros, calientes o tristes porque estamos mandando un mensaje, porque queremos que el otro se entere, que alguien reaccione, que el provocador de la tristeza sienta culpa, que el desconocido mande propuestas indecorosas, que la narrativa nunca deje de sonar épica.
Y lo mismo al revés. Morimos de ganas de hacernos responsables de los sentimientos de los demás, pequeños narcisistas que somos. Todo mundo se pone sacos, interpreta, sobreinterpreta; queremos sentir que el tuiteo oscuro del viejo amante tiene que ver con nosotros, queremos caber en el #túsabesquiéneres de nuestros queveres, participar en conversaciones ajenas y escudriñar cuentas; los hombres muerden todos los anzuelos de las sextuiteras aburridas y las mujeres de los hombres aguerridos, etcétera.
El problema, además del evidente (que nadie está para rescatar a nadie y que las sobreinterpretaciones son armas filosas), es que cuando se le acostumbra a la voluntad sólo a reaccionar o a provocar reacciones, ésta deja de poder discernir lo que quiere para sí y empieza a participar en un montón de dinámicas que no le interesan realmente (pienso en todo ese sexo ocioso que se da en el mundo de los deémes, o todas esas reincidencias con personas con las que ya sabemos que no funcionamos pero cuyo dolor o soledad o calentura nos interpela). Actuamos por inercia y cuando queremos actuar por nosotros mismos ya no sabemos cómo; nuestra voluntad se ha debilitado, se ha desacostumbrado a proponer escenarios y a tomar riesgos y en vez de invitar a cenar a aquel con quien quiere cenar sólo sugiere en público que está sola en casa y se aburre, para ver si chicle y pega.

El segundo gran vicio de Twitter va de la mano del primero y se trata de no encarar nunca lo que sentimos. Como si en toda esta sobreexpresividad hubiera una suerte de huida apremiante, como si de verdad creyéramos que nuestra ansiedad nos va a matar si nos quedamos un segundo quietos. Nos entregamos a la vorágine vertiginosa del tuiteo compulsivo para no escucharnos. ¿Qué pasaría si pudiéramos reconocer nuestro malestar sin hacer una epopeya de ello? ¿Si pudiéramos quedarnos envueltos en la cama en los días difíciles sin pedir a gritos distracción o consuelo? ¿Si pudiéramos asumir nuestra soledad o nuestro hastío sin parcharlo con parloteo o cuerpos extraños? Posiblemente pasaría más rápido y sanaríamos mejor. Posiblemente descubriríamos que el dolor duele (valga la redundancia) pero no puede quebrarnos.
Y claro, Twitter no se trata exclusivamente de eso, pero al ser una distracción demasiado a la mano y una promesa constante de estímulo, socialización y divertimiento, creo que no es difícil que se vuelva eso, sobre todo para los tuiteros asiduos. Todos están buscando algo, lo que vuelve a Twitter, en palabras de Rufián, un caldo de cultivo de ansiedades.

El tercer vicio tiene que ver con la validación y el testimonio. Yo nunca había entendido bien la importancia de los secretos. Claro, porque a mí me gusta hablar (y hablar y hablar) de todo lo que me inquieta o me sorprende, pero cuando la narrativa adquiere tal protagonismo, se nos olvida lo básico: que las cosas tienen valor por sí mismas, las cuentes o no las cuentes. No requieres la mirada de nadie para que tu viaje, tu chiste, tu día o tu relación valgan la pena. Eso es equivalente a los niños que necesitan que su mamá los vea mientras están coloreando. Como si tuviéramos miedo a desaparecer, a ser insignificantes. Pero somos insignificantes; es decir, nuestro significado no es universal ni imperecedero, y eso no quita que uno pueda guardarse uno que otro significado luminoso en el bolsillo e ir por ahí con él, canturreando, sin tener que demostrarle nada a nadie.

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4 pensamientos en “Vicios de Twitter

  1. Checaba unos blogs y apareció el tuyo. Recordé que soy tu seguidora en Twitter y luego vi tu post.
    Qué cagado.
    Ah, suscribo a lo dicho. Saludos!

  2. Lo leí en tu voz acelerada y quise darte un abrazo.

    Fíjate que eso mismo estuve pensando estos últimos meses y todo decanta en los distintos aspectos de la ansiedad que se hacen notar. Desde la generada fuera y se vacía ahí hasta la que nace por querer obtener respuesta a nuestra ansiedad. La potencia y no está padre…

Comentarios

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