El síndrome del decapitado

La sentencia es inapelable: en pocas horas el prisionero será decapitado. Con cadenas en las manos y en los pies, aquel hombre enjuto ya no habla, ya no protesta. Una luz tímida se filtra en su celda. El prisionero se asoma por su precaria ventana y al ver los primeros rayos de sol se estremece: es su último amanecer y también la señal de la inminencia de su muerte.
Durante todo el juicio el prisionero se había mantenido indiferente, casi cínico. Era como si todo estuviera envuelto por una capa de irrealidad, como si hubiera una distancia infranqueable entre él y aquel hombre harapiento sentenciado a muerte. Así que mientras el juez hablaba, él sólo lo miraba con cansancio y cierto extrañamiento; prefería perderse en toda clase de recuerdos en vez de escuchar a ese desconocido con peluca en cuyas manos yacía su porvenir. De alguna forma improbable y mágica, nuestro hombre esperaba que el veredicto cambiara, que una noche cualquiera alguien lo levantara para liberarlo, pero no había pasado y era momento de aceptarlo.
Un sudor frío le empapa la camisa. El tiempo avanza lento y él, oscilando entre el desconsuelo y la ensoñación, espera. Se escuchan unos pasos a lo lejos: es el verdugo que se aproxima para llevarlo a la plaza pública en donde tendrá lugar la ejecución. Cuando éste llega, le ordena sin verlo que se levante. El prisionero obedece con timidez y sale de la celda. El verdugo tiene que empujarlo varias veces durante todo el trayecto para que responda, pues éste parece haber olvidado cómo caminar; está completamente ido, se detiene, se tropieza.
El verdugo lo pone de rodillas, lo sujeta de acuerdo a los protocolos establecidos y le coloca el cuello en la guillotina. El prisionero piensa entonces en su hija, quien cumplió seis el mes pasado. Recuerda la enorme sonrisa que puso cuando él le regaló esa muñeca de trapo que tanto le gustó y que de la noche a la mañana se convertiría en cómplice de todas sus aventuras. Esa sonrisa que es igual a la de Irene. La hermosa Irene. No puede creer que esté muerta. No puede creer que él haya sido el culpable de aquella atrocidad. Todo ocurrió demasiado rápido, nunca pretendió que las cosas salieran así.
El prisionero quiere pedir perdón. Quiere gritar pero de su garganta oprimida sólo salen estertores asfixiados. Ya es demasiado tarde, y sin embargo todavía le falta abrazar a su hija, explicarle todo a Irene, retroceder el tiempo. Esto no puede estarle ocurriendo. Tiene que salir de ahí a como dé lugar.
Dos segundos después la guillotina cae, inexorable, sobre su cuello.

Afirma la leyenda que el cuerpo del decapitado es capaz de dar unos pasos, ya sin cabeza, antes de desfallecer. Es la última orden que el cerebro manda al cuerpo y en cuanto éste se ve liberado, la acata automáticamente. Eso, en realidad, sólo le ocurre a las gallinas, capaces de correr varios metros después de ser degolladas. En los humanos sólo hay espasmos reflejo, algunos segundos de conciencia y un par de minutos en los que el corazón sigue palpitando hasta que se desangra por completo.
Sin embargo, aquella hipótesis del cuerpo sin cabeza corriendo por su vida —¡vaya ironía!— siempre me ha parecido perturbadora y fascinante. El cuerpo corre sin saber que ya no tiene cabeza, que ya no tiene caso correr. ¿Acaso no funcionan un poco así todos los deseos, como un impulso incesante que persiste aun cuando ya ha perdido propósito? Más todavía si hemos sido ejecutados con violencia y en contra de nuestra voluntad.
Imagino el deseo como un flujo ciego que empuja sin tregua. Si su fin se ve coartado, esa energía no desaparece sino que se queda ahí, almacenada, esperando el momento para salir. Así vamos acumulando deseos sin actualizar: acostarnos con aquella chica que nos volvía locos en la secundaria, conseguir el juguete que nunca nos regaló Santaclós, vengarnos algún día del bully de la secundaria y humillarlo desde nuestro Ferrari y nuestra autosuficiencia moral.
No es el pasado con su pátina de nostalgia y su completud aparente el que nos persigue, es más bien el futuro que nos llegó demasiado pronto, cuando aún tenía aquel nombre vaporoso y lejano, «futuro». Lo que nos quita el sueño es la mano del verdugo que no decidimos, que nos dijo «hasta aquí»; la evidencia de que nos ganó el tiempo, de que no estuvimos listos para reaccionar como se debía y de que quizá nunca más lo volvamos a estar.
Pero aún deshaciéndonos del verdugo, el cuerpo y la cabeza ya están separados. Por más que la madre siga tratando a su hijo como el niño al que no supo ver crecer, o que logremos perpetuar nuestros caprichos zombies y emprender batallas en nombre de quien ya no somos, nada le devolverá la vida a esos cadáveres a los que se les ha pasado la hora para ser.

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Darling, I know you are there

Pienso en todas las falsas empatías. Las madres son las primeras en caer cuando te imponen su frío y creen poder sentirlo en tu piel aunque tú no lo sientas, o cuando, conmovidas, son capaces de soltarse a llorar contigo porque tu dolor les parte el alma pero no saben verte, no te conocen, no pueden ni quieren entender. Los consejos están llenos de esas falsas empatías, lo mismo que las historias autorreferenciales que cuentan tus amigos para consolarte. La diferencia entre ponerte el saco del otro y querer que el otro se ponga el tuyo es sutil.
Hace poco lo pensaba respecto a mí. A mí siempre me han concernido de forma importante los sentimientos de los demás, y ya no digamos si se trata del chico en cuestión: me interesa detectar cualquier anomalía en su humor, aliviar su dolor, estar al tanto de sus altibajos y sus preocupaciones. Pero lo que en origen es un interés genuino, no pocas veces se deforma hasta convertirse en un miedo persecutorio e infantil, porque entonces creo que si está de mal humor tiene que ver conmigo, si está pasando por un momento de crisis es mi misión rescatarlo y si tenemos un problema es que yo estoy fallando o que me va a dejar de querer.
Yo, yo, yo. No en vano seleccioné el adjetivo «infantil» en el párrafo anterior, pues ese sentimiento de omnipotencia es muy claro en niños, quienes en su más temprana etapa son capaces de desaparecer el mundo con sólo cerrar los ojos, porque creen ser los únicos que miran, el centro por antonomasia de su mundo circundante.
Comprensible. También es cierto que esta es nuestra vida. Es decir, ¿cómo no identificarnos con lo que nos sucede? ¿Cómo no tomarnos como personal lo que nos afecta directamente? Sin embargo, quien ha persistido en el egocentrismo sabe que hay pocas cosas más asfixiantes que eso.
Dos peligros se desprenden de aquel protagonismo engañoso. En primer lugar, nos volvemos candidatos ideales para el sufrimiento, y peor aún, para el resentimiento. Todo adquiere invariablemente un tinte personal. Perdemos de vista que ni siquiera cuando se trata de nosotros se trata realmente de nosotros. El otro puede decidir enojarse, alejarse, odiarnos o rechazarnos sólo porque sí, porque es un individuo independiente con su propia historia y sus propios demonios y no puede sino emprender sus batallas con las armas que tiene.
Medidas preventivas hay pocas. Podemos aprender a elegir mejor a las personas de quienes nos rodeamos para reducir al mínimo las violencias expresas, pero más allá de eso, lo demás es la vida, periodos de prueba que se vencen antes de plazo o se renuevan, riesgos, saltos de fe. Si no podemos ver esa arbitrariedad; ese despliegue de encuentros y desencuentros sin moralidad y sin culpa, entonces no tendremos más opción que resentirlo todo, que odiar a todos, que decepcionarnos siempre de la amistad y del amor.
El segundo peligro no es menos grave y es la que me llevó a escribir este texto. El solipsismo radical hace que el otro desaparezca. Y eso no sólo es la verdadera soledad, ese lugar en donde no hay negociación ni perdón ni comprensión ni diálogo posible, sino que además hace de nuestro amor un esfuerzo inútil y un veneno lento.
Thich Nhat Hanh, monje budista, dice que ser amado es ser reconocido como existente. Ser visto por encima del velo del yo, ser acogido por el otro con la mirada. Por eso uno de sus mantras es: «Darling, I know you are there». Te reconozco, al margen de mis expectativas y mis heridas posibles o venideras. No necesitas complacerme para que eso ocurra, tus sentimientos son tuyos y los respeto.
Cuando lo pensé, recordé a personas significativas en mi vida y se me llenaron los ojos de agua. Darling, I know you are there. Lo demás es lo de menos.

Vicios de Twitter

Como todo mundo sabe, llevo varios años dedicándome fervorosamente a tuitear, pasando por todas las facetas clásicas: la ansiedad por no tener internet a todas horas y en todo lugar, la persecución activa de favs y erretés, el conteo tacaño de followers, las fórmulas gastadas, los mensajes crípticos para destinatarios lejanos, etcétera.
Mi vida —y no exagero al decirlo— ha llegado a tratar casi exclusivamente sobre Twitter. Y bendito sea Dios. Sin él (sin Twitter, no sin Dios) no hubiera conocido a muchos de mis amigos actuales y no sé cómo hubiera superado mi crisis de 2011, por citar un ejemplo. Twitter ha sido un compañero leal y un pretexto divertido para pensar, imaginar mundos y entablar conversaciones acaloradas y vínculos improbables.
Supongo que en algún momento volveré. He depositado mucho cariño en más de una arroba y no es tan fácil desechar la complicidad y la compañía, la cotidianidad compartida. Pero ahora que he estado afuera (y he estado tranquila estando afuera, porque ya me había salido antes pero motivada por la misma ansia de estar sólo que invertida, grandísima trampa), he pensado en ciertos vicios de Twitter que me gustaría mencionar:

El primero tiene que ver con la responsabilidad. Creo que con frecuencia esperamos, en el tuiteo compulsivo, que el otro se haga cargo de nuestras sentimientos. Tuiteamos que estamos solteros, calientes o tristes porque estamos mandando un mensaje, porque queremos que el otro se entere, que alguien reaccione, que el provocador de la tristeza sienta culpa, que el desconocido mande propuestas indecorosas, que la narrativa nunca deje de sonar épica.
Y lo mismo al revés. Morimos de ganas de hacernos responsables de los sentimientos de los demás, pequeños narcisistas que somos. Todo mundo se pone sacos, interpreta, sobreinterpreta; queremos sentir que el tuiteo oscuro del viejo amante tiene que ver con nosotros, queremos caber en el #túsabesquiéneres de nuestros queveres, participar en conversaciones ajenas y escudriñar cuentas; los hombres muerden todos los anzuelos de las sextuiteras aburridas y las mujeres de los hombres aguerridos, etcétera.
El problema, además del evidente (que nadie está para rescatar a nadie y que las sobreinterpretaciones son armas filosas), es que cuando se le acostumbra a la voluntad sólo a reaccionar o a provocar reacciones, ésta deja de poder discernir lo que quiere para sí y empieza a participar en un montón de dinámicas que no le interesan realmente (pienso en todo ese sexo ocioso que se da en el mundo de los deémes, o todas esas reincidencias con personas con las que ya sabemos que no funcionamos pero cuyo dolor o soledad o calentura nos interpela). Actuamos por inercia y cuando queremos actuar por nosotros mismos ya no sabemos cómo; nuestra voluntad se ha debilitado, se ha desacostumbrado a proponer escenarios y a tomar riesgos y en vez de invitar a cenar a aquel con quien quiere cenar sólo sugiere en público que está sola en casa y se aburre, para ver si chicle y pega.

El segundo gran vicio de Twitter va de la mano del primero y se trata de no encarar nunca lo que sentimos. Como si en toda esta sobreexpresividad hubiera una suerte de huida apremiante, como si de verdad creyéramos que nuestra ansiedad nos va a matar si nos quedamos un segundo quietos. Nos entregamos a la vorágine vertiginosa del tuiteo compulsivo para no escucharnos. ¿Qué pasaría si pudiéramos reconocer nuestro malestar sin hacer una epopeya de ello? ¿Si pudiéramos quedarnos envueltos en la cama en los días difíciles sin pedir a gritos distracción o consuelo? ¿Si pudiéramos asumir nuestra soledad o nuestro hastío sin parcharlo con parloteo o cuerpos extraños? Posiblemente pasaría más rápido y sanaríamos mejor. Posiblemente descubriríamos que el dolor duele (valga la redundancia) pero no puede quebrarnos.
Y claro, Twitter no se trata exclusivamente de eso, pero al ser una distracción demasiado a la mano y una promesa constante de estímulo, socialización y divertimiento, creo que no es difícil que se vuelva eso, sobre todo para los tuiteros asiduos. Todos están buscando algo, lo que vuelve a Twitter, en palabras de Rufián, un caldo de cultivo de ansiedades.

El tercer vicio tiene que ver con la validación y el testimonio. Yo nunca había entendido bien la importancia de los secretos. Claro, porque a mí me gusta hablar (y hablar y hablar) de todo lo que me inquieta o me sorprende, pero cuando la narrativa adquiere tal protagonismo, se nos olvida lo básico: que las cosas tienen valor por sí mismas, las cuentes o no las cuentes. No requieres la mirada de nadie para que tu viaje, tu chiste, tu día o tu relación valgan la pena. Eso es equivalente a los niños que necesitan que su mamá los vea mientras están coloreando. Como si tuviéramos miedo a desaparecer, a ser insignificantes. Pero somos insignificantes; es decir, nuestro significado no es universal ni imperecedero, y eso no quita que uno pueda guardarse uno que otro significado luminoso en el bolsillo e ir por ahí con él, canturreando, sin tener que demostrarle nada a nadie.