Centro

La escena se repite a diario en todas las ciudades del mundo, en los transportes públicos, en las reuniones de conocidos y en los cafés de siempre: un día cualquiera, después de años de no verse, dos individuos que solían amarse se encuentran por accidente. Uno traga saliva. El otro dilata los ojos. Uno opta por emprender la huida y se da la media vuelta con la esperanza de no haber sido visto, el otro elige la vía de la amabilidad y saluda con forzada cortesía. A los dos les late el corazón a toda velocidad.
Han pasado ya varios años y han restaurado su vida. No sólo eso, fueron más los años los que pasaron contándose sus sueños al despertar, compartiendo el cepillo de dientes y los amigos, viendo películas clásicas todas los miércoles por la noche y echándose volados para ver quien lavaba los trastes. Son más cercanos, pese al paso del tiempo, que cualquiera presente en esa reunión o a dos cuadras a la redonda; sus miradas cómplices y nerviosas lo comprueban. ¿Por qué entonces tal frialdad, tal temor, tal necesidad de distancia? La respuesta es casi obvia también: porque ellos, de igual manera, se han hecho más daño que ninguno de los ahí presentes.
Tal 
aparente correspondencia entre el amor y el dolor siempre me ha parecido escalofriante. No en vano cada vez que estoy a punto de iniciar una relación siento más pánico que emoción. “Ya valió madres”, parece ser la sensación. “Ya no va a haber de otra más que defraudar o ser defraudada”.
Mucho se puede decir al respecto. Se defrauda porque hay expectativas y las expectativas, lo sabemos, son malas y te jalan las patitas si no te duermes temprano. Pero también creo que hay algo anterior que acaba afectando, directamente y sobre todo, a nuestras relaciones amorosas: no tenemos cotidianidades saludables.
Todo empieza cuando damos por sentado que la escuela o el trabajo (aquello a lo que le dedicamos más horas al día) son males necesarios que preferiríamos no tener. O cuando aquello que llamamos “nuestra pasión” queda relegado a un hobbie de domingo si bien nos va, o peor aún, a un mero recuerdo nostálgico de juventud. Eso nos deja exclusivamente a merced del ocio pasivo que brinda el futbol de los domingos, la borrachera del viernes o el tuiteo oligofrénico de todos los días.
Entonces un día llega nuestro gran amor con
 su mechón de pelo cayéndole sobre los ojos y en su sonrisa encantadora vemos la promesa de una vida más luminosa: una vida a su lado. De ahí le seguirá el idilio (si corremos con suerte), pero será un idilio desproporcionado y por tanto quebradizo, porque nuestra pasión ha pasado a estar en manos de alguien más. Y cuando ese alguien nos aburra sentiremos resentimiento, y cuando ese alguien esté ocupado nos pondremos inquietos y cuando se vaya para siempre lo tomaremos como una enorme afrenta personal.
Quizá por eso me conmovió tanto la relación que tiene Hannah Arendt con su esposo en la película que lleva su nombre, porque parece que su equilibrio (y su cariño profundo y su apoyo incondicional) reside precisamente en el hecho de que cada uno tiene su centro en su lugar, en su pasión. Hannah mantiene la mente ocupada en lo que para ella es lo trascendental, en lo que la constituye como persona y en lo que va más allá de ella misma. El esposo persigue sus propias necesidades y vive su propia vida. Y entonces sí, cuando se encuentran puede haber una fusión de horizontes, pueden compartirse, pueden disfrutarse, pueden renovarse.
Mientras uno no pueda asumirse como su propio centro, no podrá sino vivir sus relaciones a partir de la ansiedad y la carencia, además de la frustración que le originará ver sus potencias reducidas al mínimo. Y de igual manera, mientras uno no pueda entender que el otro tiene su propio centro, sentirá la libertad de éste como una amenaza constante y el daño será inminente. Pero si no, no sé, quizá de verdad podamos estar aquí para acompañarnos a ratos, para aprender de la mano, para encontrarnos y desencontrarnos sin salir con las alas rotas ni sentirnos siempre atacados o en deuda.

Explicaciones

Me encanta dar explicaciones. Me hace sentir segura. Es como colorear el espacio entre uno y el resto del mundo, ese espacio que sin lenguaje se vuelve inhóspito y queda a la merced de las hermenéuticas crueles del vaivén emocional y los puntos ciegos.
Por eso me explico y me explico sin cesar, como quien busca a toda costa la redención, como quien quiere caber perfectamente en el huequito mínimo que la realidad le ofrece, en la mirada benevolente del otro, en el silencio entre una nota y la que viene.
Pero no quepo. Quizá porque no puedo caber. Quizá porque yo también soy realidad, también soy mirada y no siempre benevolente, y también soy música aunque no tenga ritmo y rara vez sepa callar.
Existen tres tipos de inconsciencia, me explicaba Adolfo el otro día: estar en el pasado, estar en el presente y estar en la mente de los demás. Y yo no puedo dejar de poner mi foco en la mente de los demás. Me preocupa tanto mi reflejo que con tal de serle fiel soy capaz de descuidar a la Mariana verdadera, a la de carne y hueso, a la que existe —a su pesar— la piensen como la piensen.
Por eso más vale retroceder en el lenguaje uno, dos, tres pasos, hasta poder asumir el peso de sólo ser (y por tanto sentir), legitimaciones aparte. Y ya u
na vez ahí, en la pura contemplación desprovista de sistemas y alegatos, entonces sí reconciliarse con aquel flujo doloroso que la retórica, en su afán por encubrirlo, espesaba tan bien.