No corro, no grito, no entiendo

Que me perdone mi personaje por denunciar su estafa y abandonarla ahí, a la mitad del patio, en la despiadada intemperie del no-saber. Dios sabe cuánto se ha esforzado la pobre en hacer habitable este desorden de datos, relaciones, palabras y paradojas. Su deseo era genuino en principio: quería que las cosas cuadraran, quería separar el trigo de la cizaña, aplanar la tierra, construir una choza a prueba de sismos. Cuánto orgullo me despertaba: la sacaba a pasear a las reuniones, a las aulas, a los cafés y a los coloquios, le ponía estrellitas en la frente, la apapachaba cuando rompía en llanto.
Poco a poco nuestras respiraciones se sincronizaron. Empecé a notar entonces cómo mi respiración era cada vez más rápida, me costaba conciliar el sueño, sudaba al pensar en el futuro y me mordía las uñas al pensar en el pasado. Lejos de sosegar a la marabunta de contradicciones, reveses y contrareveses, empecé a escucharla cada vez más fuerte, palpitándome en las sienes y recorriéndome el esternón como un asalto de hormigas.
Comenzaron los ataques de pánico, el llanto con arcadas, el temblor de dientes. Y claro, la palabrería apresurada, la risa nerviosa, la explicación no pedida para la acusación manifiesta; las montañas de diarios, los títulos universitarios, las aclaraciones y las sobreaclaraciones; las notas al pie de página y las notas sobre las notas al pie de página.
Una tarde me asomé a la ventana y no vi nada: no vi la tierra aplanada ni la choza a prueba de sismos ni la vegetación abundante y libre de plagas. Vi en cambio mi reflejo en el cristal, cansado y ojeroso. Sentí rabia por haberme dejado convencer y haber invertido tanta energía en luchar contra molinos cual Quijote.
Tregua. Imploro por una tregua. Ahora soy yo la que está a la mitad del patio, en la despiadada intemperie del no-saber. Primera noticia: ningún apocalipsis se avecina. Nada está prohibido. Puedo dejarme llevar por el río de palabras dulces, puedo llover hasta arrastrar las hojas, puedo ser mundana e inconexa, criar gorriones, desatar cabos y ofrecerle al mar castillos de arena.
Que me perdone mi personaje por denunciar su estafa, no me interesa más su sed de orden, oro de tontos.

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