Terrenos de juego

Like for example, if the question is:
“Are you into S&M?” The answer could be,
“No, but, a good spanking once in a while
doesn’t hurt.”
Celine, Before Sunset.

I.
Odiaba mi preparatoria. La odiaba en verdad. No entendía sus dinámicas sociales, no sabía cómo sortear sus bromas pesadas ni reírme de mí misma ni burlarme del profesor ni doblarme la falda cuando el prefecto se volteara para que me quedara cortitita. Con los ojos bien abiertos, la respuesta tardada y tartamuda y la cara perpetua de espanto, normal que me volviera el blanco perfecto del bullying.
Recuerdo que de entre tantas cosas que me molestaban, había una muy anodina y muy cotidiana que me parecía un ejemplo clarísimo de cómo en esa escuela todas las relaciones de amistad estaban viciadas: si uno pedía una pluma o una goma, la respuesta automática del otro era no. Y tú sabías que ese “no” era meramente retórico, que en realidad sí te lo iba a prestar, pero igual tenías que pasar por el ritual cansado de forcejeo en el que tenías que elegir si volvérselo a pedir por favor, si tomarlo de todas formas con el riesgo de que rebatiera (“¡te dije que no!”) o si quedarte paradito frente a su escritorio esperando el “sí”, como quien pide la indulgencia de su señor feudal.
Estos juegos semi-inocuos de poder me descolocaban tanto que yo sólo atinaba a incomodarme primero y a desdeñarlos después. Yo aspiraba a tener relaciones limpias en las que no fuera necesario vivir alerta y con las garras de fuera, en las que todos cediéramos las armas de antemano y en las que prestar una goma o una pluma fuera lo natural, sin rituales de paso.
Pero veámoslo en perspectiva por un momento: éramos un montón de adolescentes comunes y corrientes; moríamos de ganas de pertenecer, de destruir y de destacar. El mundo entero era el enemigo (como siempre lo es en la adolescencia) y estábamos aprendiendo nuestros límites vía ensayo y error mientras las hormonas nos volaban los sesos y los profesores nos embutían a la fuerza toneladas de datos, problemas y ecuaciones. ¿Y a mí lo que me preocupaba era mancharme la boca con réplicas mordaces o jugar a las fuercitas del cinismo y el descaro?
La falsa superioridad moral que me prevenía de entrar en estos juegos tontos hizo que mi odio hacia ellos fuera más sólido que cualquiera, porque mis impulsos agresivos, a diferencia de los suyos, nunca encontraban salida.

II.
Hace poco Adolfo me explicaba qué era el negging, una técnica de ligue que consiste en burlarse/insultar al otro para que éste se sienta inseguro y busque tu reafirmación. En su versión más burda es una grosería y un abuso expreso de la debilidad del otro. Pero me explicaba también que hay negs sutiles que sirven para romper barreras y dar pie al juego. Como su favorito, que es llegar con las chicas a decirles “no manches, tienes manos de hombre”. Hacía la analogía: es como cuando dos cachorros juegan a morderse; en realidad el juego consiste en lo contrario, en poner en evidencia que no vas a morder y en saber que no serás mordido.
Lo recordaba el otro día que “peleaba” con mi chico. Él se burlaba, yo me hacía la ofendida, él me buscaba la boca, yo lo alejaba de mí. Confieso que en algún punto pude ver los dos escenarios, como si de un match point se tratara: si la pelota se inclinaba hacia un lado la cosa devendría en una bronca real; si se iba del otro, acabaríamos riéndonos o besuqueándonos sin resquicio de malestar. Cuando ocurrió la segunda me sentí aliviada, contenta y segura.
Me di cuenta entonces que había estado equivocada toda mi vida, que la salud de un vínculo no reside en su pulcritud y que no se trata de buscar éticas militares ni emociones puras, constantes y bien peinadas. Se trata más bien de extender el terreno de juego, de forma que las susceptibilidades se queden afuera y las inconformidades, contradicciones y molestias puedan salir sin temor a hacer daño. Se trata de perderle el miedo a los colmillos propios y ajenos, no mediante bozales restrictivos sino cuerpo a cuerpo (y neta a neta), como los cachorros cuando juegan. Porque lo que verdaderamente envenena es negar nuestra visceralidad e inhibir todo impulso que vaya en contra de nuestra ideología.
Quizá mis compañeritos de prepa no estaban tan equivocados, después de todo. A buena hora me vengo a dar cuenta.

El síndrome de la niña de dieces

Cada vez conozco a más personas a las que les aqueja este mal, y al padecerlo yo misma, se me antojó describirlo a continuación:

Una está en la primaria y muy temprano descubre que es buena para la escuela. Todos a su alrededor se encargan de hacérselo notar; su maestra la pone en el cuadro de honor y la menciona en una ceremonia frente a sus compañeritos, su mamá la usa como punto de comparación cuando regaña a su hermano (quien no saca buenas calificaciones) y su papá la llena de batas de científico y otros objetos del tipo porque «va a ser alguien importante cuando crezca».
Ella disfruta de todo ese reconocimiento, no puede evitarlo. Más grave aún, empieza a creer que ese espejo verdaderamente la refleja a ella. Sí, a ella, la niña inteligente. A ella, la excepcional. En eso se cimienta su valor, el amor de sus seres queridos y el respeto de sus autoridades.
La niña crece con una mezcla agridulce de vanidad y sobrevigilancia. Por una parte cree haber descubierto la fórmula secreta para el éxito, sabe hablar todas las lenguas de la diplomacia y la academia, es disciplinada y menosprecia los retos; por la otra, sabe que no tiene otra opción más que seguir siendo la estrellita, genera un miedo atroz por el fracaso y un simple ocho es capaz de hacerla explotar en llanto.
Años después, la niña se gradúa. Pobre niña que ya es mujer y con quien la vida laboral no va a ser tan amable. La niña-mujer no tarda en estrellarse contra una pared, sea porque no la contratan, porque le tocó un jefe incompetente, porque no reconocen sus méritos o porque algún error menor le costará la chamba. Sin calificaciones que la coronen, se siente a la deriva. Los miedos que la acompañaron durante años de pesadillas ahora se corroboran: la fórmula secreta no existe y ella no es ese ser genial que le hicieron creer sus maestras de primaria. Al menos no sin matices. No sin suerte. No sin errores que manchen los registros para siempre.
La niña-mujer se desmorona. Su identidad ha dependido demasiado tiempo de sus logros y ahora que se ve privada de ellos, no soporta la angustia. Ya no es un tema de vanidad, es más que eso: acostumbrada a medir su valor con criterios externos, ya no tiene otra forma de medirse. Conclusión parcial: no vale nada. ¿Cómo podrá alguien quererla y respetarla? La falacia de causalidad ha penetrado en su estructura y el camino para encontrar nuevos criterios menos dictatoriales será largo. Entonces comprende y desea haber sido más como su hermano o su compañera de banca, quienes no tuvieron que apelar a grandes talentos para pasarla bien y despertar en los suyos cariño, apoyo y simpatía.