A quien ha sido

¿Cuántos nombres puedo retener? ¿Cuántas sonrisas de lado, cuántos ceños fruncidos de rostros resentidos a punto de llorar, cuántas carcajadas borboteantes, cuántos lunares en la espalda? No tantos. No he amado tantas veces o quizá es sólo que cada vez amo mejor. «Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero», decía Wislawa Szymborska, y yo la recuerdo cada vez que, mirando a un hombre queriéndome discutir con irreverencia y coquetería, el tiempo se deslava y el mundo me parece nuevo.
Mas haciéndole honor a la verdad, yo no soy nueva. Aquellas figuras del pasado han alterado mi sintaxis y han coloreado mi deseo con un sinfín de tonos; a menudo bailotean en mis historias y aunque algunas han cicatrizado bien, otras más todavía me duelen en los huesos cuando hace frío.
«Me concierne tu felicidad», es la forma más desapegada de decirle a alguien que lo quieres. Curiosa forma de la lealtad: no me interesan ya sus cuerpos metiéndose desnudos en quién sabe qué cama, ni la dedicatoria de sus horas de insomnio ni la promesa de nada (sería obstinado de mi parte: querer promesas ahí donde cuando menos hay una rota), pero en cambio cuando los pienso con los ojos rojos y el puño ensangrentado, con la rabia tallándoles el temple y las primeras arrugas alrededor de los ojos con un dejo de derrota, entonces los vuelvo a sentir míos y se me revuelve el estómago.
Lo que me lleva a pensar: quizá no hay pacto más íntimo que el que hacemos con el dolor del otro. Con aquella vulnerabilidad que nos hizo más fuertes cuando decidimos no abusar de ella, con todo y que se nos fue entregada a ciegas. Ahí, en el temblor de la voz, en el tartamudeo lleno de contradicciones que levinasianamente nos suplica «no me dejes morir solo», se abre una ventana a lo real y deja de ser necesario la parafernalia del discurso y el maquillaje. Entonces uno se quita durante cinco minutos las máscaras y se siente invencible; entonces uno comprende que hay un universo detrás de esos ojos, un universo que merece ser cuidado de todo ultraje.
Si por algo puedo sentirme afortunada es porque he atisbado, a mis veintiséis años, más de un universo. Universos que hoy orbitan en otras piernas y en otras penas, universos cuyo calor —estoy segura— emblandece al mundo. No resiento las reglas del juego, es un pacto que acato sin reproches: aunque ya no tenga la llave, mando un abrazo a quien corresponda.

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2 pensamientos en “A quien ha sido

  1. comprendemos cuando nos llaman, cuando nos convocan, cuando sentimos que hay algo nuestro en los demás. Porque un abrazo pude tener sentido para mí, pero la mirada que lo antecedió fue lo mejor para la otra persona.

    Sí, hay alguien del otro lado que nos demanda, pero hasta ahí. Quién sabe qué es lo que quiere o a quién quiere, pero quiere (creemos). Saludos

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