Nada

Nadie dice todo. Nadie dice nada.
Lo deseable es decir poquísimo.
Callar no es más radical.
Callar es como raparse la cabeza:
el pelo vuelve a crecer.
Mario Montalbetti, Lejos de mí decirles.

I.
Cuando estaba en la universidad fantaseaba frecuentemente con la idea de raparme. Me hacía el cabello a un lado y me miraba al espejo por largos ratos intentando dilucidar cómo coños me vería con la cabeza rapada. No era que quisiera raparme porque creyera que me iba a ver bien, no, era más bien un gesto de autodestructividad cobarde y por tanto ideal para mis fines, pues por un lado representaba una radicalidad dramática y por el otro, no dejaba de cifrarse casi exclusivamente en el terreno de lo simbólico, sin daño permanente; sin un hígado madreado por cirrosis, sin materias reprobadas, sin dejar el spinning y sin cortarme los brazos.
No es accidental que aun ahora piense en la palabra rapar y de inmediato aparezca en mi mente su falso cognado en inglés rape. Quería violarme. Quería ser violada. Quería estrellarme contra la pared pero arrastraba la estructura (ese salvavidas condenatorio) de una niña bien educada que siempre ha comido a sus horas y se ha acostado temprano. Ni siquiera a raparme me atreví.

II.
Si me pasara algo gravísimo, si se muriera mi familia, por ejemplo, mi primera reacción sería cortar toda comunicación con las personas a las que les importo, mandar al diablo al chico y cerrar todas mis cuentas. «Soberbia piadosa», me dijo Copérnico cuando se lo conté. ¿Pero qué no es peor el egoísmo de esperar que el otro esté y te aguante cuando no quieres salir ni hablar ni coger ni preguntarte por los sentimientos de alguien que no seas tú mismo? «Quizá, pero en cualquier caso el otro tiene derecho a decidir», dijo él. Y sí. No obstante, me di cuenta de que el motor que me llevaba hipotéticamente a deshacerme de todo no era tanto mi soberbia piadosa como mi deseo de nada, equivalente a abrir la presa para limpiar la ciudad en ruinas, aunque eso implicara acabar de matarlo todo.

III.
La Nada es otra cara del Todo, igual de inaccesible, igual de inmaterial, igual de omniabarcante. Y a falta de todo, nada. Frente a nosotros tenemos la carencia, lo que funciona más o menos bien (más o menos mal), lo que nos recuerda rotos, solos, defectuosos. Continuamente somos exiliados del Todo y es nuestra culpa, por seguir queriendo participar de él, de la Felicidad o de cualquier otro concepto que escribamos con mayúsculas.
Por eso es tan embriagador perderlo todo, porque significa también recuperar esa totalidad en el pensamiento, aspirar por un instante a estar fuera de la mácula, jugar a renunciar a lo poco que nos sostiene para recuperar al mundo en ese vértigo y poder mirarlo a los ojos con la soberbia de quien ya no tiene nada qué perder.
Pero eso es una puesta en escena como cualquier otra, nada distinta a la fotografía de la familia feliz. La verdadera desolación es menos radical y en su sutileza no deja lugar para el consuelo: hagamos lo que hagamos somos sólo, apenas, un pedazo de algo.

Rechazos

Encontrarse con el Otro es como estrellarse contra una pared, podríamos decir que dijo Hegel. Encontrarse con el Otro es encontrarse con los límites de la propia jurisdicción. Berrinche y pataleo. Apetecería en ese punto hacer un prontuario de todos los rechazados, los fracasados y los abandonados, esa estirpe que carga con el peso de la humanidad. Porque la humanidad es eso: el golpe seco con la realidad, la torpe negociación con todo aquello que no es uno mismo. El catálogo de estos especímenes sería robusto: tendríamos al abandonado borracho y al rechazado orgulloso que vitupera contra aquello que lo rechazó, tendríamos al derrotado dispuesto a ponerse el saco, al luchador ingenuo que decide no darse cuenta y a la histérica que de inmediato corre a otros brazos para demostrarse algo; a saber, que todavía merece una mirada libidinosa y una descarga de Nada.
Tengo una buena: hace dos semanas sufrí una caída simbólica en una entrevista y al salir de ahí decidí representarlo con una caída real de caricatura en bicicleta que me costó un esguince de tobillo y unas rodillas que quedaron hechas palomitas. Fueron dos semanas en las que cargué con mis muletas el insoportable peso del Yo. Porque nada de lo que había construido había sido suficiente, porque de pronto era una párvula iletrada e imbécil a quien le habían quedado demasiado grandes sus propias aspiraciones.
Mas como si se tratara de un descuido, cuando menos lo atisbé ya estaba escribiendo otra vez, delineándome los ojos y tendiendo mi cama (de a cojito). Cuentan que cuando Husserl recibió la carta de expulsión de la Universidad de Friburgo (las razones eran políticas, él era judío y la universidad había sido tomada por los nazis), él únicamente le dio la media vuelta al papel y siguió escribiendo. Y es que uno no puede ser expulsado de sí mismo. La herida narcisista no es más que una herida narrativa: la caída de una idea de futuro o la decepción de una idea de pasado, tiempos verbales que —parece— nos sostienen; pero cuando uno se comprende a sí mismo como mero presente, comprende también que nadie puede quitarle nada.
Encontrarse con el Otro es como estrellarse contra una pared. Pared institución, pared hambre, pared economía, pared imposición, pared capricho, pared noteamomás, pared vetealdiablo. ¿Pero qué no la falta de paredes es también una definición de indigencia? No se me malinterprete, no es Síndrome de Estocolmo, es simple conciencia del juego: sencillamente no se puede estar afuera, hay que jugar. Y jugar es aprender a ser políglotas y saltar entre distintos marcos de referencia, poder colocarse por delante de uno mismo, ser el propio narrador, saberse desarmado, leer azar y política en donde dice valor y esencia y, en resumen, perderle el miedo a los madrazos.
De momento sólo puedo decir «políglota» en mi propio idioma. Mea culpa, señor jurado. Soy ingenua, soy honesta, soy mala estratega. Es verdad. Pero para la siguiente semana ya no necesitaré muletas y eso es una noticia alegre; ya habrá tiempo para volverse a caer.

caída

A quien ha sido

¿Cuántos nombres puedo retener? ¿Cuántas sonrisas de lado, cuántos ceños fruncidos de rostros resentidos a punto de llorar, cuántas carcajadas borboteantes, cuántos lunares en la espalda? No tantos. No he amado tantas veces o quizá es sólo que cada vez amo mejor. «Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero», decía Wislawa Szymborska, y yo la recuerdo cada vez que, mirando a un hombre queriéndome discutir con irreverencia y coquetería, el tiempo se deslava y el mundo me parece nuevo.
Mas haciéndole honor a la verdad, yo no soy nueva. Aquellas figuras del pasado han alterado mi sintaxis y han coloreado mi deseo con un sinfín de tonos; a menudo bailotean en mis historias y aunque algunas han cicatrizado bien, otras más todavía me duelen en los huesos cuando hace frío.
«Me concierne tu felicidad», es la forma más desapegada de decirle a alguien que lo quieres. Curiosa forma de la lealtad: no me interesan ya sus cuerpos metiéndose desnudos en quién sabe qué cama, ni la dedicatoria de sus horas de insomnio ni la promesa de nada (sería obstinado de mi parte: querer promesas ahí donde cuando menos hay una rota), pero en cambio cuando los pienso con los ojos rojos y el puño ensangrentado, con la rabia tallándoles el temple y las primeras arrugas alrededor de los ojos con un dejo de derrota, entonces los vuelvo a sentir míos y se me revuelve el estómago.
Lo que me lleva a pensar: quizá no hay pacto más íntimo que el que hacemos con el dolor del otro. Con aquella vulnerabilidad que nos hizo más fuertes cuando decidimos no abusar de ella, con todo y que se nos fue entregada a ciegas. Ahí, en el temblor de la voz, en el tartamudeo lleno de contradicciones que levinasianamente nos suplica «no me dejes morir solo», se abre una ventana a lo real y deja de ser necesario la parafernalia del discurso y el maquillaje. Entonces uno se quita durante cinco minutos las máscaras y se siente invencible; entonces uno comprende que hay un universo detrás de esos ojos, un universo que merece ser cuidado de todo ultraje.
Si por algo puedo sentirme afortunada es porque he atisbado, a mis veintiséis años, más de un universo. Universos que hoy orbitan en otras piernas y en otras penas, universos cuyo calor —estoy segura— emblandece al mundo. No resiento las reglas del juego, es un pacto que acato sin reproches: aunque ya no tenga la llave, mando un abrazo a quien corresponda.