Regreso a casa

Sábado, 2am.
Estoy en la despedida de un amigo. Se va a vivir a otra ciudad y ya lo extraño. Compartimos un porro por última vez. La noche ha sido agitada, sobre todo del cuerpo para adentro. Después de temer por años un encuentro accidental con el Ex, lo inevitable ha sucedido. Iba con su novia y se veía feliz, entero, adulto. Platicamos como platican dos desconocidos amigables que ya no se extrañan ni se resienten. Mientras habla, comprendo con nostalgia que el pasado es un falso espejo y al reflejarme en él no siento más que extrañeza. Decido entonces que es momento de irme. No calculo lo pacheca que estoy ni lo lejos que está mi casa. Recorro la ciudad en coche y la imagino como una mujer desnuda con amplias curvas. En algún momento del trayecto, me pierdo. Quiero usar mi GPS pero mi celular no tiene pila. Mientras doy vueltas, pienso en el presente. El presente, a diferencia del pasado, está lleno de mí. El presente tiene forma y color, como la tiene para el Ex el aroma de su chica y la familiaridad de su voz. Pienso también en Él. Imagino que le contaré todo esto y él entenderá y dará opiniones, me abrazará todita y jugaremos con los pies metidos en mi cama, mi cama que es más mía que nunca en ésta mi nueva casa, aunque todavía no sepa muy bien cómo llegar. Una hora después por fin estoy atravesando el umbral de mi puerta. Me descalzo, caliento agua para té y con la emotividad a carne viva le escribo un mensaje al chico. Entonces recuerdo: mi presente tampoco está, se encuentra de viaje en su pasado intentando comprar un futuro. Nunca contesta el mensaje.

Domingo, 1pm.

Despierto con resaca. Me baño con la firme intención de ir a comer con mis padres. No recuerdo que tenían una comida afuera sino hasta que ya estoy allá. Silencio. El perro no baja a saludarme. Esculco el refrigerador pero no encuentro nada. Subo al que solía ser mi cuarto y que ahora es el estudio de mi mamá. Mis móviles todavía cuelgan del techo, pero fuera de eso, no encuentro ni siquiera un lugar en donde sentarme comodamente. No tengo nada qué hacer allá, así que decido irme. Ya de regreso en casa prendo mi computadora para descubrir que mi mejor amiga de la prepa está embarazada. No me invitó a su baby shower al que asistieron todas mis amigas de aquel entonces. La imagino diciendo «No entendería», y es verdad, no entiendo; las fotografías del evento en color pastel me dan escalofríos. Me siento una vez más exiliada del pasado y arrojada de golpe al presente. En eso entra mi rumi e intento contarle mi noche anterior, pero está ocupado y no se presta. Sin más, me hago una quesadilla, me encierro en mi cuarto y envuelta en mis cobijas sueño que vivo en una casa hermosa completamente vacía en la que duermo en el piso frío, echa un ovillo.

Lunes, 6pm
Salgo de la oficina. Miro al cielo gris sobre la calle húmeda y acelero el paso: con suerte puedo llegar al metro antes de que vuelva a llover. Quiero tomar una bicicleta pero la cicloestación más cercana está vacía. Voy a la siguiente: vacía también. Me resigno a caminar. Camino de prisa, sintiendo la humedad en mis piernas. Comienza a chispear. Maldigo mi hábito de seguir usando falda sabiendo cómo están los días. Cruzo los brazos, aferrada a mi suéter. Al detenerme en un semáforo pasa un camión al lado de mí y sin el menor reparo me moja. Aprieto los dientes y decido cortar camino por el bosque. Mala idea, está lodoso y se me resbalan los zapatos. Doy un paso en falso y se me tuerce el tobillo. Llueve más fuerte. Cuando por fin llego al metro estoy mojada de pies a cabeza. Vagones llenos, calor humano y ese suave bamboleo lleno de sopor y hartazgo. Apenas salgo de la estación cruzo la avenida y de pronto escucho un derrapón, volteo y veo cómo una motocicleta se estrella contra la pared de concreto. Es una mujer. Me quedo paralizada. Un hombre a mi lado corre a ayudarla. Sigo paralizada en medio de la calle hasta que alguien me pita. Me orillo sin apartar la vista del accidente. La mujer no reacciona. Los mirones comienzan a rodearla. Con un nudo en la garganta, opto por irme. Al llegar a casa me entero de que se acaba de morir la mamá de un amigo, amigo al que acompañé hace unos años en su duelo por la muerte de su padre. Sin saber qué sentir, me meto a mi cama y me suelto a llorar.