El amor por los viudos

Esta historia tiene tres personajes: el viudo, la muerta y la consoladora. La historia se repite una y otra vez con sus variantes y va más o menos así: un hombre pierde a una mujer y entra en un duelo que lo destruye todo; se vuelve iracundo, borracho, melancólico; la anhela y la sueña y la escribe, se masturba pensando en ella, se aísla, la odia en secreto. Así, este personaje se convierte en viudo y la vuelve a ella, su muerta. Ocupado como está en rumiar recuerdos, casi no nota cuando llega la otra, la consoladora.
La consoladora llega con cola de caballo y con una belleza más bien modesta, con una inteligencia nada comparable a la primera y, sobre todo, llega sin un pasado compartido con él, lo que la descalifica, de entrada, en su competencia con la muerta. Pese a ello la consoladora no desiste. Por el contrario, le conmueve profundamente el dolor del viudo y se sienta a su lado a escucharlo hablar horas enteras de su muerta. Envidia el amor tan puro que él siente por ella, la tilda de mujer malvada y ruin y piensa que si él la amara, aunque fuera la mitad de lo que la ama a ella, se daría por bien servida.
El viudo es lúgubre pero no tonto y se deja querer, sobre todo cuando la consoladora desliza suavemente la mano por debajo de su pantalón. Entonces empieza el devaneo. Un devaneo decadente pero finalmente proveedor de calor humano. A menudo el abrazo culmina con historias de la muerta, quien para entonces se ha vuelto una figura mítica que la consoladora soporta con rencor pero por la que prácticamente ya no se siente amenazada.
Luego, un día, regresa la muerta. Se sobreentiende que nunca estuvo muerta. En realidad se fue sólo un periodo con un gondolero turco poseedor de un arma de calibre descomunal (como el cuento de León Valle), o tal vez sólo estuvo de intercambio en otro continente aprendiendo italiano, o quizá su partida nunca fue física y lo único que cambio fue que un día, mientras preparaba el café de la mañana y se hablaba de asuntos de divorcio, la muerta le dijo al viudo con indiferencia: «bueno, está bien, reintentémoslo».
Aquí es donde la historia sufre más variantes. Cuando yo fui la muerta resucitada mi viudo optó, después de un vaivén tortuoso y muchos reclamos, por quedarse con la consoladora. Para él la permanencia y la constancia eran cualidades forzosas en una relación y yo ya había manchado de por vida mi currículum con sueños internacionales. Cuando yo fui la consoladora mi viudo regresó con su muerta en el instante en el que ella volvió a poner sobre él la mirada, rehizo las maletas y en menos de quince días de decirme adiós ya vivía de nuevo con ella. Para él la permanencia y la constancia eran cualidades forzosas en una relación y él no podía rendirse así como así, habiendo invertido tanto.
Pero más allá de las indiscreciones personales, me aqueja una pregunta: ¿Por qué a las mujeres les seduce tanto ser las consoladoras de algún viudo? ¿Por qué le sostienen la mano al taciturno en su tedioso soliloquio en vez de arrogar la antipatía que estos seres autocompasivos despiertan? Maternales, al fin y al cabo, poner su fortaleza al servicio de su debilidad.
Y hay algo más: nadie habla de la estafa monumental que los viudos emprenden con su regurgitar constante, quizá porque ellos mismos son incapaces de decirse la verdad: el amor que le profesan a sus fantasmas depende en gran medida de la ausencia de estos, y jamás podrían amar así a alguien de carne y hueso.
De hecho, la muerta a la que tanto envidian las consoladoras dista de estar en una situación más justa: el viudo le impone una posición de victimaria que ella no ha elegido, la hace cargar con una culpa que no es suya y le reprocha sin pudor su propia falta sin reparar en que la falta le viene de adentro y nada tiene que ver con ella.
Los viudos encuentran en la pérdida la (idea de) totalidad, pues aceptar recibir es aceptar carecer, conformarse con la belleza modesta de la cola de caballo, con el conflicto mundano de los trastes sucios, con la falta de poesía que otorga el trabajo y la funcionalidad. Lo que no dicen los viudos es que no es de la muerta de quien están enamorados, sino de la muerte a secas. El tesoro que persiguen las consoladoras simplemente no existe; es un cofre vacío.

Paradojas de la inteligencia

De alucinaciones y predicciones.

La inteligencia humana está basada en la capacidad que tenemos de hacer predicciones. Continuamente estamos acumulando datos que nos permiten encontrar patrones, protegernos de posibles peligros futuros o detectar cualquier anomalía en nuestro medio. Para ejemplificar este fenómeno, Jeff Hawkins (min. 11) usa el «altered door thought experiment». Si en tu ausencia alguien cambia tu puerta, si mueve la manija dos centímetros a la derecha, altera el color del marco o la forma de la chapa, en cuanto tú la abras notarás que algo cambió ahí, aun si en el momento no sepas identificar qué es.
Gracias, neocórtex, gracias a ti hemos podido avanzar como especie, desarrollar la medicina, la ciencia, etcétera. El progreso es notorio. No sé si ustedes y yo vivimos en el mismo mundo, pero en mi mundo ser inteligente todavía se considera una gran cualidad.
No obstante, hace poco alguien me dio un consejo contrainteligente que me obligó a replanteármelo todo. «No alucines», me dijo, lo que podría traducirse como «no hagas predicciones prematuras» (nota: toda predicción es prematura por definición, pero conservo la redundancia para evidenciar su contrariedad). En el contexto parecía razonable. La anticipación no resuelve pero sí desgasta. Los problemas son muchos. En primer lugar, predecimos mucho más de lo que podemos prevenir (¿y entonces para qué?); en segundo lugar, a menudo nos enfrentamos con grandes márgenes de error porque no conocemos todas las variables de nuestra situación; y en tercer lugar, nuestro juicio está contaminado por nuestros miedos, proyecciones y deseos.
El discurso zen del aquí y el ahora pretende mantener en cintura estas «alucinaciones», aumentar la tolerancia al devenir y dejar de desgastarse con hipótesis que pueden ser o no ser. ¿Pero eso no es ir en contra de nuestra propia inteligencia y fomentar la indefensión?
El asunto me parecía irresoluble hasta que intervino un amigo: tal vez se trata, más que de no predecir, de no comprometerte anímicamente con tus predicciones. «Alucinar» es darles materialidad antes de tiempo, pretender ser más rápido que la realidad y querer jugar tú solo el juego. La sutil diferencia entre ser listo y ser listillo se medirá en este caso por el grado de sufrimiento.