Mitologías y mudanzas

Uno persigue ideas. Uno hace como que esas ideas tienen cabida en la realidad. Uno espera, malabarea con improbabilidades, abre espacios para lo milagroso. Uno le quita el techo a la casa, como cuenta Petrović, y lo cambia por un techo del color del cielo. Después vienen los vientos. La luna tan llena de sí que obliga al desvelo, las cubetas en la sala, el catarro del chamaco. Un precio alto, dirían algunos, ¿pero cómo explicárselo a quien, con el mazo en la mano, no puede dejar de sonreír? Yo tengo el mazo en la mano y a pocos días de mi mudanza me tiemblan las rodillas.
Por eso en estas últimas semanas he estado contándome cuentos para dormir. Mitologías. Horizontes para pintar en la ventana. Así como el enclenque se compra un espejo curvo que lo hace ver más grande, así yo me he comprado un amuleto, un bonsái y una leyenda.
En mi leyenda, siguiendo aquella que cuenta Michael Ende en El espejo en el espejo, es menester ser desobediente para salir de la ciudad-laberinto. En mi leyenda me parezco a la mujer que admiro, saludo al sol por las mañanas y me gusta cocinar. En mi leyenda me crecen flores silvestres en las ideas, bebo té negro descalza, balanceo libros en la cabeza y, cuando todo se cae, me siento en el piso, pongo los Beatles de fondo y sin reparo alguno me pongo a ordenar.

El camino más corto hacia el orgasmo

stoyaNo soy gran lectora de Proust pero en compensación lo soy de Stoya. Nunca imaginé tener una actriz porno favorita pero ella me embelesa, veo con detenimiento cada foto que sube y leo meticulosamente todo lo que publica. Me parece una mujer inteligente, carismática y con una búsqueda auténtica por la emancipación sexual.
Perdónenme mi romanticismo, ¿pero a ustedes no les seduce la idea de una mujer que, metiéndose una verga en la boca, entiende intuitivamente de qué va la vida? Esa sensación me dio cuando leí Stoya and the metaphysics of cocksucking. Al diablo la técnica, mejor aprende a ser empático, a equivocarte, a estar en el presente, a disfrutar y a leer a tu pareja. Aprende a estar a la altura del encuentro con un otro que, en tanto otro, es distinto a ti, distinto a tus otras parejas y distinto a sí mismo en relación con el pasado.
Por eso Stoya reniega la existencia de un «magical three-button move», porque además de que varía según la persona, ¿por qué alguien querría el camino más corto hacia el orgasmo? El foreplay es un proceso de interacción con el no saber, de forzar el qué y el cómo (afirmación que, vale decir, Barthelme hacía sobre la escritura).

Hastrolabia decía hace algunas semanas en Twitter que cuando se incomprende tanto a alguien sólo queda admirarlo. Incomprensión y admiración son de hecho sinónimos —decía—, significan perplejidad o perversión del reflejo. La experiencia de un otro que es tan otro que no se puede asir. Una pausa. Un infinito. Un desfase que seduce al tiempo que frustra. Albricias. ¿Para qué querríamos un terreno llano, sin recodos por desentrañar? De nuevo el magical three-button move, tan inútil, tan lapidario.
A mí lo que me encandila, me excita y me desvela es el laborioso desgranar de los significantes. Kundera lo plantea con cierta tragedia cuando en La insoportable hace su diccionario de palabras incomprendidas. Miren cómo nadie se entiende, parece decir, miren cómo el desfase es irresoluble. ¿Mas no es precisamente el amor el deseo de cotejar nuestros diccionarios? La presencia por la que vale ponerlo todo en cuestión, reaprender los caminos con la lengua y con la lengua y entonces sí, entregarse al orgasmo.