Dudo

Apenas atisbo en mi conciencia el albor de una certeza, dudo. Apenas mis párpados comienzan a cerrarse aletargados por el sol de la tarde, me asusto, me incorporo de un brinco y reviso que nadie haya abierto la puerta. Dudo de mi duda y por eso escribo. Dudo de los momentos en los que no dudo (¡qué clase de obscenidad! Canturrear por la calle, mirarlo a los ojos, bañarme despacito como si el agua no se estuviera acabando), y dudaría de mí misma si no fuera porque antes me ha dado por dudar de mi cartesianismo. ¿Es la duda una advertencia o una trampa? «La distracción es la atracción por el reverso de este mundo», decía Paz, y yo me distraigo dudando.
Pausa. Sueño. Mientras dudo no tengo que ser todavía. Mientras dudo las cosas aún pueden convertirse en otras. Perdida en mi ciudad laberinto floto, y con subversión acoto las determinaciones fatídicas de allá afuera. El resto es cuerpo. El cuerpo que me recuerda con tos y flema que debo cuidarme, que me taladra la cabeza, que me sobra piel y tacto. Y el cuerpo de mi abuelo que se pudre en vida. Y el cuerpo de agua que refleja y no refleja la luna. Y el cuerpo de aquel que no debo tocar pero que toco mientras sueño y mientras dudo.
Discordancia. Una vez más titila el reverso de este mundo y yo, ahogada en mi tos, abrazo mis piernas, contengo mi abismo y dudo.

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Proyecciones

Los sueños tienden a hacerse realidad (sobre todo si son pesadillas)

Una vez tuve un novio que estaba convencidísimo de que las mujeres eran seres del diablo. Sobre todo su exnovia, por supuesto, una mujer maldita que le había puesto los cuernos sistemáticamente, se había embarazado de otro y en una noche loca casi le quita los riñones. Yo escuché su triste triste historia y, en mi ingenuidad de chica de 19, no pude sino sentir empatía, dejar que llorara en mis brazos y —clásico— intentar demostrarle que no todas éramos iguales, vanidad mediante.
Sobra decir que fue un fiasco. Lejos de sacarlo de su error él fue metiéndome poco a poco en su dinámica de conmiseraciones y masoquismos hasta que un día, cuando menos vi, ya me había convertido en una mujer maldita yo también. Huí.
Esa fue la primera vez que intuí que había algo que la gente valoraba más que la felicidad: tener la razón. Lo que quieren las víctimas es encontrarse con verdugos y los fracasados, fracasar, pues en eso son buenos y lo saben gestionar. Dile a una fea que es bonita y quizá se sienta halagada los primeros diez minutos pero luego dudará de ti y se irá con aquel que, reconociéndola fea, le haga el favor. Las creencias son unos monstruitos horrorosos que, como todo lo vivo, hacen lo que sea por subsistir.
Copérnico bien lo decía el otro día: cuando cotidianamiente le das un lugar a tus demonios, aunque sean imaginarios, acaban por volverse reales. Si a tu invitado lo tratas como un ladrón el tiempo suficiente, no te sorprendas si un día acaba robándote los cubiertos de plata; o como el señor que le tenía fobia a los autos y, cuando tuvo que subirse a uno, choque, sangre y muerte. (Spoiler alert: los coches hacen eso, pero no exclusivamente).
Entonces miro a mi alrededor: el miedoso volviendo terrorífico al mundo, el enojado volviéndolo indignante. Y claro, yo tengo mis propios contenidos: no confío en mi estabilidad económica ni en la permanencia de nadie. Pero pienso: nel, no tengo por qué proyectarme esta vez. Las proyecciones buscan referentes en la realidad que les den la razón, se rodean de ellos, y en esa medida, privilegiar una lectura de mundo sobre otra ya es alterarlo.
No es mentira que los sueños tienden a hacerse realidad, la mentira es creer que el soñante elige sus sueños y que éstos contienen sólo deseos. Los sueños se alimentan también de miedos y las más de nuestras fantasías son pesadillas que, si no domesticamos a tiempo, acaban por volverse nuestro único escenario.

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Presente y futuro

La idea del futuro es un artificio que inventamos para protegernos como civilización. Sin ella no podríamos prevenir catástrofes y no sabríamos darle continuidad a nuestros proyectos. Gracias a la conciencia del tiempo hemos podido construir y transmitir lo aprendido entre generaciones, desarrollarnos como especie. La idea del futuro nos permite jugar a los videntes: esto no va a funcionar, esto no es buena idea.
En contraste, la vida obedece sólo al presente. La razón es obvia: el futuro no existe. «Cada cosa se esfuerza cuanto puede en perseverar en su ser», dice Spinoza. Las enredaderas devoran los muros, las raíces de los árboles rompen el pavimento y en los bosques la flora compite para llegar más y más alto y alcanzar antes que el resto la luz.
Así, nosotros no podemos sino insistir en lo que somos aunque el futuro diga «esto no va a funcionar, esto no es buena idea». Porque nosotros no somos los únicos vivos. Nuestras pasiones también están vivas y se defienden solas. Y de nuestras relaciones ni hablemos, que a veces ninguno de sus integrantes quiere insistir en la terquedad y aún así, lo mismo que un girasol moviendo la cabeza, el vínculo busca perseverar en su ser.
Somos seres del presente y lo demostramos cada vez que, impulsivos, manejamos borrachos hasta la casa de nuestra malaidea para pedirle una oportunidad más y llenarla de besos, cada vez que cogemos sin protección, cada vez que violamos un acuerdo.
Yo, como ser civilizada que soy y creyente fiel del futuro, he condenado toda mi vida estas conductas. «El hombre es el animal que promete», dice Nietzsche, lo que leído de otra forma significa que el compromiso con la idea del futuro es lo único que nos separa de nuestra animalidad y nos permite trascenderla. Eso es la ética. No obstante, creo también que es esa idea la que nos vuelve tan proclives al sufrimiento, porque queremos todo en nuestros términos, todo al servicio de lo funcional, lo previsible y lo controlable. Y si no, ¿qué? Quien se espera a que todo se acomode a su proyecto ideal de vida, acaba sin vivir, envejeciendo en su casa.

La afectividad del adolescente

Mis alumnos adolescentes son todo un lugar común. A menudo exploran en sus textos temas como el suicidio, los amores imposibles o el triunfo vindicatorio e inesperado del derrotado, del incomprendido. No adivinan todavía que la verdadera tragedia con la que tendrán que enfrentarse es con la que nos enfrentamos todos: la insignificancia. Aquello que ahora nos parece tan único y tan importante es ordinario, trivial, y al mundo le vale madres.
O quizá ya lo intuyen. Quizá por eso necesitan escribir sobre el suicidio y otros superlativos, para hacer visible lo invisible. Como si en sus condiciones actuales en las que aparentemente no pasa nada (aunque se divorcien sus padres, los cambien de escuela o los deje la novia), no tuvieran derecho a sentirse como se sienten. Entonces crean escenarios dignos de dolor, historias en las que es válido exigirle al mundo que se detenga por un momento, que no sea ciego.
Empatizo con ellos. Mientras mis alumnos más chicos trabajan sus temas sin reparo y no tienen dificultad alguna para apropiarse de lo que consideran importante, los adolescentes van desarrollando con torpeza el lenguaje cruel del adulto: ocultación y cinismo.
Los miro estrellándose una y otra vez contra sí mismos, aprendices de la duplicación, y siento un vuelco en el corazón: llegará un momento en el que puedan ya separar el adentro del afuera, lo comunicable de lo vergonzoso, lo insólito de lo insulso, lo original de lo cliché, y cuando eso pase algo se habrá perdido para siempre.
Coincidentemente reflexiono sobre esto hoy después de escribir en mi diario una carta imaginaria sobre el vacío en el pecho y las ganas de llorar. Mientras la iba escribiendo me iba sintiendo más y más ridícula. «Ganas de llorar», «vacío en el pecho», ¿qué demonios es eso y en qué mundo cabe? No en éste en el que soy la profesora y hablo como si supiera. No en éste en el que nos contamos día a día la mentira de la estabilidad.
Entonces leo lo que escriben y se me encoge el estómago. Quisiera poder abrazarlos y decirles: «Yo sí les creo, sé que lo que les pasa es real ¿y saben? a mí también me duele».

Autodomesticación

Alguna vez leí que el amor era ese extraño fenómeno que llevaba al humano a autodomesticarse. Y sí. ¿Por qué otra razón uno querría trascender su egoísmo? Respuesta posible: por civilidad o por temor a la ley. No lo descarto. No obstante, hacerlo por estas razones implicaría ser ya, de entrada, un hombre civilizado; es decir, tener introyectadas ideas tales como las del bien común o las del deber por el deber mismo. Si no, lo que ocurre con frecuencia es que, si la policía está mirando hacia otro lado y no vienen coches, uno se pase el semáforo.
Con el amor es caso distinto. En el amor, parece, uno de verdad quiere «darlo todo». Por eso para el joven Hegel es ahí donde el ser y el deber ser coinciden, porque cuando uno ama no tiene reparos en dejarle al otro su última aceituna. O al menos esa es la tendencia, pues en la práctica sabemos que el egoísmo se abre brecha y que ofrecerte con una sonrisa a prepararle un té a las tres de la mañana sólo porque le duele la panza no es cosa sencilla.
Dos confesiones. La primera: soy una niña mimada. Nunca he tenido que ayudar en casa y ayudar, durante muchos años, representó para mí un fastidio indecible, una pesadez a evitar a toda costa. Vaya proclividad más idiota al sufrimiento, pues la vida se trata, entre otras cosas, de lavar los trastes y cambiar los focos. Me gusta pensar que eso ha cambiado con los años. Hay personas por las que no me molesta ceder y he logrado encontrarle el revés luminoso a las tareas prácticas, pero a veces, cuando estoy escribiendo y mi madre me pide que vaya a comprar no sé qué a la tienda, todavía tengo que respirar profundo, minimizar la tarea en mi cabeza y dedicarle ese favor a la persona que quisiera ser pero que todavía no soy.
La segunda confesión es una cursilada. Así como hay mujeres que duermen con las manos entrelazadas como entrenamiento para cuando duerman acompañadas (pienso en Teresa de La insoportable levedad del ser), yo me entreno para que cuando decida compartir mi vida con alguien más yo sea una persona habitable, sin heridas supurando, sin susceptibilidades insoportables, sin desplantes irracionales, sin trampas. Creo que es el mayor gesto de consideración que puedes tener con el mundo: sanar bien, desactivar las minas escondidas en tu terreno, nombrar tus contradicciones e identificar tus demonios imaginarios para no estarlos invocando a cada rato.
Al final, se trata de salud mental. Domesticando el terreno, uno también recoge sus frutos, no sólo el otro. Hoy por la mañana pensaba en mi mudanza (planeo irme a vivir con un amigo en unos tres o cuatro meses) y cavilaba sobre el proceso molestísimo de autodomesticación que me espera: viviendo sola no puedo ser el caos que soy ahora. Respeto lo suficiente a mi amigo como para no querer que él padezca mi dejadez ni que se desgaste nuestro vínculo con fricciones tontas sobre platos sucios. El problema es que uno se da ciertos lujos en privado que no se da en público; la última pared en pintarse siempre es la de adentro. Y justo esa es la tarea: asegurarse de que el interior sea compatible con el exterior, trabajar en ello hasta que recoger la basura del envase después de comerse el danonino sea un acto orgánico, sin sufrimiento.

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