Reflexiones de playa

para J.

Anoche, mientras platicaba con Isma frente al mar, los insectos me devoraron los pies. Anoche dormí acostada sobre la arena y amanecí con el cuello torcido y el sueño enredado, lagañoso, renuente. Las familias de los pueblos más cercanos llegaron esta mañana y en cuestión de horas todo se llenó de ruido. Lo que antier era todavía una playa triste y suave y sola, es ahora un combo de colores chillantes, de grabadoras, casas de campaña y gente queriendo ser feliz.
Podría quejarme, pero en vez de eso me deshago ceremoniosamente los nudos del cabelllo, recuesto mi cabeza sobre la mesa y espero el desayuno. Dormir poco me pone dócil y estoy contenta. Tarareo. Cada año me hago la misma pregunta: ¿por qué sigo regresando a estas playas tristes, carnavalescas, decadentes? Luego escucho tronar las olas, hundo mis dedos en la arena húmeda y se me olvida la pregunta.
Aquí el tiempo transcurre lentamente y es fácil dejarse arropar por su morosidad sedosa. Aquí los días son más días, aquí todo es para siempre y para sí y lo mismo importa ser que dejar de ser. Una hormiga sube por mi pierna, ¿cómo no dejarla participar del orden de las cosas? Ya después me preocuparé por las ronchas.
Leo a Reinaldo Arenas. A Dios le han caído piojos y se rasca la oreja. Jacinta lo pica con un palo mientras la muerte juega, en el patio, con un aro viejo de bicicleta. Y el aro gira y gira. «Sólo estás postergando la muerte», me dice Isma cuando dejo a un lado el libro. Habla de ti, naturalmente, pero se equivoca: no la postergo, me pongo a su disposición.
La muerte se sienta con nosotros a tomar helado —de mango—. La muerte se acurruca entre tu cuerpo y el mío y nos aplaude entre risitas cuando nos ponemos a bailar con retóricas intrincadas. Le gusta cómo agitamos los brazos («ay, estos vivos»), le gusta escucharnos citar a todo nuestro arsenal de muertos.
Cuando se harte de jugar cortará la cuerda y habremos de desalojar la ciudad compartida, reconquistar el silencio, asumir la sed. Entonces le acariciaré el lomo de animal traicionero, rozaré mi rostro con el suyo y sin ningún reproche le susurraré hasta pronto. Dadora de vida: haz lo que quieras. Entendida la finitud todo es eterno.
Dibujo un círculo en la arena alrededor mío. Es un laberinto con una sola salida: el centro. Me siento a esperar; ya vendrán las olas a lamernos los tobillos.

«Linda boquita y verdes mis ojos»

Hoy amanecí con cierta sensación de extrañamiento por el pasado. Hay versiones de uno mismo con las que es difícil identificarse al paso de los años, anécdotas que parecieran pertenecerle a otra persona. ¿De verdad esa situación me tuvo mal tanto tiempo? ¿En serio yo permití y fomenté que ocurrieran tales eventos? Entre esos recuerdos, aparecieron en particular dos rostros de personas con quienes, en nombre del amor, viví un infierno; un infiernito soso pero postergado, exasperante y de apariencia irresoluble.
Entonces recordé aquel cuentito de Salinger llamado «Linda boquita y verdes mis ojos» (mismo que pueden encontrar aquí). En él, un hombre le llama a su amigo para preguntarle por su mujer, que no llega. Y no va a llegar porque la mujer reposa, precisamente, al lado del amigo. El hombre, desesperado, la insulta, habla de sus infidelidades, de su poca inteligencia, luego se arrepiente, habla de su amor por ella, habla de los momentos en los que eran felices, revira, habla de dejarla, habla de comprar una casa… Unos minutos después de colgar, el hombre vuelve a llamar a su amigo para decirle que no se preocupe más, que su mujer ha llegado, sin saber por supuesto que el amigo sabe que está mintiendo.
Ese último gesto, el de la mentira, el de restaurar el estado de cosas aunque sea imaginariamente, resulta devastador. En toda la conversación se puede percibir el desamparo a carne viva, la desolación angustiosa de aquel que en el fondo sabe que ya ha perdido pero que no puede reconocerlo, no lo soporta. Por eso prefiere rebajar a su objeto de amor, tergiversarlo, torturarse y luego contarse historias para seguir en el ruedo un poco más, un poquitito más, al menos hasta que la siguiente pelea desate el nuevo brote de angustia y todo vuelva a empezar.
Difícil no identificarse con eso. ¿O soy la única que se ha quedado más de la cuenta en una relación aun cuando ya sabía que tenía que irse? Las separaciones duelen, y a veces por eludir ese dolor preferimos quedarnos ahí, apelando a dudosos autoengaños mientras el edificio se derrumba sobre nosotros.
Más todavía: ¿cuántas veces no le hemos llamado amor a esa ansiedad rampante y primitiva? Yo me acuso, por ejemplo, de haberme sentido amada ante la llamada transatlántica de un borracho resentido. Y qué hay de las que necesitan de un hombre celoso para sentirse vistas o de los que regresan una y otra vez a su viejo nido no por querer volver sino por no poder soportar el silencio de la soledad, el cambio de hábitos.
No. Que de algo haya servido atravesar esos infiernitos: la ansiedad no merece recibir ningún estatuto sublime. Querer es siempre un evento alegre o no es.