Un pequeño sol

Últimamente me da entre vergüenza y pereza hablar de mí en este espacio. Como que empiezo a entender que el tiro no va por ahí. Y no porque esté mal hablar de uno sino porque eso de quitar capas y capas para descubrir una verdad no sólo es medio ocioso sino también poco fiable: uno es esas capas.
Y cuando descubro que yo soy ésta descubro también que tengo poco qué decir: si ayer pasé la mañana llorando o si tengo nostalgias inconfesables es lo de menos. Confesarlas no las va a hacer más mías ni me va a hacer superarlas antes. Lo importante, a saber, está en otra parte. O al revés: lo importante no está en ninguna parte.
Quizá ese es el hilo conductor de las últimas cosas que he escrito: y si todo es evanescente, ¿qué? Y si nadie me ama pero me agarran a besos en un callejón, ¿tengo de qué quejarme? (Nota mental: conseguirme alguien que me agarre a besos en un callejón). ¿Y si carezco de talento? ¿Y si muero sin dejar una huella en la humanidad, sin tener un hijo, sin escribir un libro, sin plantar un árbol?
Ya no le encuentro mucho sentido a querer empalmar el mundo de afuera con el mundo de adentro. Eso es la racionalidad. ¿Pero por qué la irracionalidad tendría que quitarle legitimidad a lo de adentro? «Tengo un pequeño sol ardiéndome dentro del pecho», dice un cuento infantil, y yo lo repito cada que puedo. Por algo será. Tengo un pequeño sol ardiéndome dentro del pecho y a veces alcanza a empapar de luz a lo que me rodea, a llenarlo de calor. Y a veces no.
Esta simplicidad me llena de calma. Y eso que últimamente he estado triste, muy triste. Se me antoja pensar que de esto se trata vivir, después de todo. «Pensar es estar enfermo de los ojos», dice Pessoa, y a mí como que ya me está quedando chica mi enfermedad.

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Simulacros

O sobre la crisis de los veintitantos

Cada vez es más común que mis amigos y yo acabemos disertando, después de un café bien cargado o un par de chelas, sobre nuestra resistencia a ser adultos. Disertamos, claro, porque es nuestra forma de postergar un poquitito más esa adultez que espera, pesada y hermética, en nuestra puerta. Disertamos porque estamos en la crisis de los veintitantos y es nuestra forma de decirnos que todo va a estar bien, que no ser como nuestros padres no es tan malo.
No es del todo nuestra culpa. Es cierto que las cosas están cambiando, que nos toca habitar una incertidumbre que generaciones pasadas no imaginaron ni en la peor de sus pesadillas. Somos una generación sin derecho a jubilarnos, denunciamos invariablemente (y con razón) las perversiones del sistema pero a cambio nos quedamos siempre en la periferia, freelanceando sin seguro social y sin oportunidad para hacernos de una casa.
No obstante, eso no contrarresta el hecho de que tenemos miedo y de que hay cierta comodidad agridulce en esa denuncia sin contrapropuestas. No contraproponemos por una sencilla razón: no queremos meter las manos al fuego. Pienso en el matrimonio, aquella institución sagrada a la que nos resistimos con pánico adolescente. ¿En serio nuestros padres o nuestros abuelos tenían más certezas que nosotros? Por supuesto que no, simplemente para ellos era lo natural y lo esperado meter las manos al fuego, aunque luego anduvieran por ahí con las manos quemadas, mentándose la madre y durmiendo dándose la espalda.
Me alegro de ya no tener que proceder así. Como buena hija de mi época, privilegio la autenticidad antes que cualquier otro bien aparente. Pero a cambio, ¿qué? Recuerdo cuando estaba en la universidad y me echaba novios por montones. No buscaba el amor, ni la permanencia, buscaba únicamente alguien que me secundara en mi inmediatez. Me llenaba de alivio saber, en el fondo, que todo se terminaría tarde o temprano porque eso me eximía de tener que responsabilizarme de mi deseo y hacía que no fuera tan grave estar enamorada de un feo o seguir saliendo con quien me hacía daño.
Ahora estoy más cerca de los treinta que de los veinte y las cosas ya no tendrían por qué ser pasajeras a priori. Y es justo aquí cuando freno en seco y cuando, casualmente, acabo fijándome en hombres que sé que sólo me corresponderán a medias. Porque quiero seguir siendo adolescente, pajareando sin consecuencias. Porque me aterra abandonar el simulacro.
Es chistoso porque yo siempre me he tomado muy en serio y nunca antes hubiese pensado siquiera que mi vida, junto con sus problemas, era un mero simulacro. Pero lo real es lo que no tiene retorno y yo construyo una vuelta en U cada dos pasos. Juego a ser temeraria porque no me da miedo aventarme al abismo, pero cada vez que lo hago estoy amarrada a un paracaídas. Aplazo y aplazo cada decisión mientras diserto sobre la adultez o sobre cualquier otra vaina interesante desde afuera pero negada desde adentro. No sé qué quiero ser de grande porque no quiero ser grande, ¿pero entonces qué putas quiero ser? Nada. Así qué fácil.
Cuesta volvernos adultos porque implica asumir que perderemos. Ése es el verdadero no-retorno: el error constitutivo, la imposición probablemente injusta, la opacidad de las cosas. Y no está mal. La gravedad se la ponemos nosotros. La historia de una vida, cualquiera que sea, es la historia de un fracaso, dice Sartre. Lo demás es simulacro.

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¿Quién (no) es Roberto Arlt?

Para Mario S.

Lo pregunto sobre Roberto Arlt porque es quien, hoy por hoy, me trastoca las categorías, pero lo mismo podría preguntarlo sobre Dostoievski, sobre Rulfo o sobre Hemingway. ¿Quiénes son esos sujetos que sostienen la pluma y se puede afirmar acaso que existe una correspondencia entre ellos y sus personajes?
Hay una rama del psicoanálisis al servicio de la hermenéutica que se preocupa por contestar tales preguntas: basándose en la obra de estos pobres incautos, infieren detalles sobre su vida personal con el fin (un poco iluso) de esclarecer sus cómos y sus porqués. Lo hacen con el ceño fruncido, lo hacen con la academia a su favor y, apelando a esta ignorancia institucionalizada, borran sin culpas toda línea entre la realidad y la ficción mientras disertan, con gran aplomo, sobre las pulsiones homoeróticas de Da Vinci, los mommy issues de Schiele o la impotencia de Baudelaire.
Y es interesante, que si no lo es. Pero por más interesante que sea, estas cavilaciones no dejan de asemejarse a las artes de la mística y de la adivinación. Es una pena que no tengamos un mechón de pelo de Cervantes, ¡figúrense ustedes toda la información que de él habríamos extraído! Gurús de las inferencias, los llamados psicoanalistas de la cultura parten de un hecho irrefutable: todo dice algo. ¿Pero cómo saber la naturaleza de ese «algo»?
Quien se dedique a escribir sabe que ese «algo» muchas veces se reduce a un mero diálogo con una lectura accidental, a un enfado torpe y pasajero con el vecino, a un berrinche más que a una pulsión, a un antojo más que a un deseo, a una apuesta. A veces un puro es sólo un puro, dice Freud, a veces el efecto en el lienzo es un mero artificio para esconder el defecto. ¿O se nos olvida acaso que todo autor es también un inventor?
Mas volvamos a la pregunta inicial: ¿quién es Roberto Arlt? Si nos dejáramos llevar por sus cuentos, Arlt es un tipo despreciable, sádico y cínico, un derrotado que se alimenta del dolor ajeno, un rufián melancólico, un comfortably numb. La literatura de Roberto Arlt es, en palabras de José Israel Carranza, «el embeleso por la canallada, la bajeza como un propósito, la traición como una hazaña, la tos y el escupitajo y el cutis grasiento, el gozo de lo obsceno, la puta baldada que se tira a los pies del dueño», y continúa, «el hijo de mamá que quiere volar el mundo en pedazos, la delicia de la corrupción, la culpa como una forma de respirar, la mano que quiere crisparse sobre el arma que tanta falta le hace, el anhelo de miseria, la sorda constatación del rencor que la ciudad nos ha preparado minuciosamente».
Y es posible que él mismo intuya que es todo eso, que él mismo se vea reflejado en sus letras de vez en cuando y dé dos pasos para atrás presa del miedo. Quizá por eso se siente con la obligación moral de exculparse frente a su esposa en la dedicatoria de El jorobadito, como quien quisiera amortiguar un mal por venir y más aún, como si creyera que en efecto hay algo ahí que necesita ser amortiguado.
La dedicatoria dice: «Me hubiera agradado ofrecerte una novela amable como una nube sonrosada, pero quizá nunca escribiré obra semejante (…) Te ruego lo recibas como una prueba del grande amor que te tengo. No repares en sus palabras duras. Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas. Por eso no encontrarás aquí doradas palabras mentirosas, ni verás asomar el pie de plata de la felicidad, pero tú, que eres comprensiva y tan amiga mía, recíbelo como recibiste mis otros libros, escritos bajo tu mirada pensativa. Tu agrado será mi mejor premio».
Culpable como todo escritor, hace bien en apelar a una mirada comprensiva. Roberto Arlt es culpable, sí, por haberse atrevido a afirmar un mundo. Toda afirmación es transgresora. El acto destruye, por el simple hecho de existir, un sinfín de potencias que antes de él yacían dormidas. Afirmar es dejar de temer a los prejuicios, es llevarlos hasta sus últimas consecuencias, hasta que exploten por dentro.
«El texto habla por sí mismo», se repite con frecuencia, que es otra manera de decir que toda afirmación tiene sus propias reglas, reglas que pueden atentar contra la moral, contra el propio autor o contra las consignas sociales. Para afirmar hay que saber soportar la existencia, mirarla a los ojos, validarla como tal.
Quizá en ello reside el gran poder de la literatura: mientras la realidad está poblada de pusilánimes que casi son, que casi sienten y que casi hacen, a los pusilánimes de la ficción —que también abundan— los redime la fuerza de la palabra que los dibuja y que convierte su casi-existencia en una existencia redonda, en donde cabe el sentido.
Por el contrario, en la realidad es en donde menos existimos porque la existencia es una caída y no nos atrevemos a caer, porque vivimos encandilados por las posibilidades y creemos que si nos quedamos de pie, en medio de la bifurcación, podremos ganar milagrosamente sin renunciar a ningún camino.
Mientras la vida diaria se llena de discursos matizados, de peros y porqués, la literatura exige que las cosas pasen. Y cuando en la literatura hay silencio, el silencio lleva un cauce, un nombre, un hálito contenido.
La vida tiene mucho más de fantasía que la ficción; es con fantasía que llenamos los huecos de nuestra cobardía y con la que conseguimos día a día hacernos los psíquicos, los dubitativos, los mediastintas. La pregunta no es entonces quién es Roberto Arlt. La pregunta es quienes somos nosotros los que, por no afirmar, vamos siendo sin ser, casi creyendo, casi amando, casi santos y casi diablos.

Roberto Arlt con firma