El vacío y lo real

I. Máscaras
«Lo que es insoportable y terrible en las máscaras es el espacio entre ellas y la piel: eso real», escribió Adriana en Twitter el otro día. Me recordó a una historia que me contaron cuando estaba en la preparatoria:
Un hombre quiere entrar a una fiesta lujosísima pero no se lo permiten porque es de una élite inferior, así que se labra una máscara para aparentar ser un conde poderoso y lo consigue. Esta situación se repite varias veces en la vida del hombre: cada vez que no puede hacer algo que quiere, cada vez que es rechazado o juzgado, se construye una nueva máscara que se adapte a sus circunstancias y que le permita salirse con la suya. El problema es que un día se cansa y decide quitarse todas sus máscaras, una tras otra, pero cuando por fin llega a su rostro no se reconoce y, queriéndose quitar esa última máscara, se arranca la piel y muere desollado por propia mano.
Esta historia con tintes moralistas es, en una primera lectura, una invitación a la autenticidad: no hay que ponerse máscaras porque en el camino puedes olvidar quién eres. Pero hay también otra lectura posible, una más trágica aún: no tenemos una cara real, somos sólo el conjunto de las máscaras que hemos decidido adoptar y es por eso que, cuando queremos quitárnoslas todas, nos encontramos con la terrible realidad: debajo no hay nada.
Pienso en aquel aforismo de Sabines que dice: «Se puso a desprender, una tras otra, las capas de la cebolla, y decía: ¡He de encontrar la verdadera cebolla! ¡he de encontrarla!». Y es que eso somos: cebollas. Por eso los artistas coquetean tan a menudo con la psicosis, porque se dedican a quitar(se) capas y capas, lo que los deja a la deriva frente al vacío. Pero entonces, ¿qué somos realmente? Somos ese espacio mínimo entre una cara y otra, como bien dice Adriana, es ahí dónde se asoma lo real, eso tan real que resulta inasible.

II. Fronteras
El otro día fui a ver «Tránsitos de Naualli», una exposición de Marta Palau que se encuentra actualmente en Bellas Artes. Esta artista española tiene una fascinación por el arte prehispánico y emula las pinturas rupestres de Baja California, lugar en el que reside. Su obra tiene un aspecto terroso y un claro mensaje de denuncia: protesta contra los problemas de migración, los abusos inauditos, la injusticia, las muertas de Juárez.
Dentro de todas sus obras hubo una que me llamó particularmente la atención: una figura humana hecha de petate (un «petateado») en el piso entre dos bardas. Yo no sabía que en Tijuana hay un doble muro fronterizo y que decenas de inmigrantes mueren cada año justo ahí: en el espacio entre esos dos muros.
Esos muertos se encuentran en un sin-lugar: no mueren ni en un país ni en otro, mueren en esa coyuntura estrecha en donde reina la impunidad, en esa tierra que a nadie le pertenece y por la que nadie aboga; mueren en un punto ciego para la vista. Por eso la denuncia de Palau es tan fuerte: no puede ser que la violencia exista sin existir, que permanezca indemne. Entre estos dos muros ocurre lo real; fuera de ellos, la terrible puesta en escena de las legislaciones y las estadísticas.

DMURO

III. Palabras
A veces quisiera ser más directa en mi forma de decir las cosas. Sé que doy muchas vueltas y no es a propósito. En mi defensa digo que es deformación profesional: en filosofía uno aprende a cuidarse las espaldas discursivas, a matizar para no caer en falsas generalizaciones, a aclarar conceptos. El problema es que si te tomas demasiado en serio esta tarea, lejos de adquirir claridad empiezas a hundirte paulatinamente en el lodo del absurdo.
Ésa es la crisis de la filosofía actual, liderada por el deconstructivismo y secundada por toda la filosofía del lenguaje en general: en su afán por encontrar una vía confiable para acercarse a la cosa, terminan por dinamitar todas las vías preexistentes. Los conceptos requieren de otros conceptos para definirse a sí mismos, los cuales a su vez requieren de otros más, de forma que, cuando queremos definir algo «certeramente», nos topamos con una red multirreferencial de significantes que no conducen a ninguna parte: detrás del concepto no hay nada.
La salida a este dilema es muy sencilla aunque nada fácil: bastaría con dejar de buscar una verdad unívoca y aprender a navegar entre verdades múltiples y espacio-temporalmente situadas. El sentido se juega en el campo de lo inmediato, de lo cambiante, de lo irracional, y es por eso que es imposible despojarnos de polisemias y contrasentidos.
Frente a lo real podemos gritar, llorar, gemir o besar, pero es bastante ingenuo de nuestra parte quererlo categorizar. No obstante, nace otra pregunta: ¿en verdad somos capaces de ver lo real a los ojos sin desmoronarnos? Tal vez no, tal vez por eso estamos obligados a seguir en nuestra retórica infinita de aclaraciones y distanciamientos.

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Determinismo visceral

Hey open wide here comes original sin.
Hero, Regina Spektor.

Mario S. dice que dejó de atormentarse (tanto) en el momento en el que empezó a creer en el destino; es decir, a asumir que mucho de lo que pasaba o dejaba de pasar no estaba en sus manos y que el orden natural de las cosas iba más allá de sí mismo. Tiene sentido. Ocurre que la hiperconciencia se convierte a menudo en sobrerresponsabilidad y creer en la libertad (esta libertad densa y, paradójicamente, determinista) es también una forma de darle vuelo a la culpa, a la obsesión, al narcisismo que dice «todo yo».
Lo cierto es que la conciencia llega tarde la mayor de las veces. Aun cuando intuimos ciertas hecatombes venideras, lo inmediato tiende a imponerse con tal contundencia que a menudo no nos queda otro remedio que persignarnos y respirar mientras esperamos, impotentes, la catástrofe.
Las decisiones verdaderamente importantes las tomamos con las vísceras y sin saber. Es ese nuestro pecado original: somos seres sintientes ergo ciegos, idiotas. Obedecemos a un amo que nos es ajeno y que muchas veces ni siquiera somos capaces de identificar: a veces es el miedo, a veces el deseo, a veces el puro instinto de supervivencia o por el contrario, la pulsión de muerte.
Valiera pues darnos el derecho de vivir nuestra vida, de vez en cuando, como si estuviéramos viendo una película desde la tranquilidad de nuestras butacas. Una película en la que los aciertos o los errores de los personajes no nos conciernen directamente, en la que no necesitamos juzgar cada acción como buena o como mala y de la que podemos tomar distancia porque, al final, sabemos que acabará y podremos irnos tranquilos a nuestras casas o a nuestras tumbas.

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Sobre el azar (de @cronopio1979)
Corresponsabilidad

Un mundo destruido

Incomodidad

Imaginemos por un momento un mundo destruido. Un mundo inhóspito, corrompido por nuestros propios vicios. Uno que nos refleje a cada instante lo peor de nosotros mismos. Imaginémoslo sin cambiarle un solo ápice. Mirémoslo a los ojos sin titubear. Soportémoslo, amémoslo incluso, acostumbrémonos a su incomodidad.
Los antiguos, los básicos, los rurales, daban la incomodidad por sentada. Y funcionaban bien. Pero luego llegaron los reflexivos a arruinarlo todo con sus mundos imaginarios y su sed de bien; sembraron la duda, nos hicieron creer que podíamos vivir de otra manera. Y ahora nosotros, los contemporáneos (rurales con delirio de reflexivos), nos indigestamos frente a la incomodidad, la regurgitamos a cada rato, la vomitamos y de paso nos vomitamos a nosotros mismos.
Nuestros antepasados digerían bien la incomodidad porque era trogloditas. Eso los hacía mucho más capacitados para vivir. La vida —cualquier cosa que ésta fuera— era para asimilarse y no para resolverse (¿y es que quién resuelve qué y desde dónde?). Lo de la resolución vino después, mucho después, cuando «la luz de la razón» exhibió lastimeramente nuestras tinieblas y despertó nuestro pudor. Entonces nos sentimos con la obligación de domesticar a nuestros demonios, de llegar a la verdad, de reconfigurarlo todo, de ser mejores. De salirnos de la caja. Tan útil que era, la caja.
Por eso ahora, cuando vemos un mundo destruido, sentimos náuseas y queremos ordenarlo a toda costa, recoger los pedazos del florero roto, pedir perdón como si no supiéramos que ya es demasiado tarde. Menuda estupidez. Tal compulsión no nos acerca a la luz y sólo nos vuelve más intolerantes a las tinieblas. Y entonces sufrimos. Y decimos «qué devastado, qué insoportable, qué sin sentido».
No más. Cambiemos de estrategia. Miremos al mundo destruido sin desviar la mirada, inhalemos su olor fétido a voluntad, revolquémonos en su fango que es el nuestro. La caída perpetua es inevitable, pero si acaso pudiésemos asumirla por un segundo, por medio segundo, quizá pudiéramos regresarle a la luz su condición de don y descansar pues al final, tampoco está todo destruido.

Papelería

Me encanta ir a la papelería. Office Max es mi paraíso. Me gustan las plumas y las libretas y las estampitas y la plastilina. Uy, me gusta mucho la plastilina, sobre todo si es azul. Y me gusta ir tanto, además, porque me recuerda cuando era niña. El recuerdo es más específico aún: me recuerda cuando era niña y estaba por entrar a clases. Me parecía súper emocionante. Y no porque fuera una ñoña (que lo era), sino porque todo el ritual tenía un saborcito a novedad de lo más seductor: esta vez sí llevaría mis cuadernos en orden —pensaba—, esta vez escribiría con la letra más bonita que pudiera salir de mi manita zurda (¡hasta me compraba plumas de colores para esos menesteres!), y esta vez, además, no me atrasaría en las tareas y pondría atención desde el principio en los temas difíciles.
Tal comienzo, como todos, tenía lo suyo de ilusorio: mis compañeros eran los mismos y eso de partir de cero no aplicaba para materias como las matemáticas, siempre acumulativas. Con todo y eso, empezabas el año sin tareas rezagadas, sin libros carcomidos, con nuevos profesores y con una hoja en blanco enfrente. Era la mar de estimulante.
Ahora eso ya nunca sucede. Ser adulto es lo contrario, ser adulto es acostumbrarte a vivir entre pendientes inagotables. Tan sólo esta semana tengo que ir a cambiar las micas de mis lentes, tengo que ir al dentista, tengo que declarar impuestos de los últimos seis meses (eso si mi contador ya salió del hospital), tengo que sacar una edición, ir al banco y mejor ni sigo con la lista. Cuando acabe eso ya será un nuevo mes y tendré nuevos pendientes. Y luego nuevos y nuevos y nuevos. Y luego ya seré viejita.
A cambio, ya puedo comprar plastilina con mi propio dinero. Fair enough. Me compraré kilos y kilos de plastilina y lloraré mis deudas entre muñequitos que se derriten con el sol.

Verdadera

Canción de cuna

Publicar muchos posts en pocos días es siempre mala señal: quiere decir que estoy ansiosa y que estoy buscando a tientas algo que ignoro. Y sí. Todo lo busco a tientas y todo lo ignoro. En el camino me entretengo y saco teorías, juego, doy vueltas, me complico, pero no se me olvida ni un momento que la verdad está en otro lado. De la verdad no hablo porque no hay mucho que decir: soy humana, quiero ser querida, tengo miedo, me duelo, desconozco.
La verdad es esa cosa de la que no hace falta dar cuenta: soy verdadera cuando duermo o cuando como, soy verdadera cuando hago esas cosas de las que nadie nunca se acordará como bostezar o quejarme del frío. Por eso quien se enamora pone tanta atención en esos gestos: mira dormir a su pareja, se enternece por lo frío de su nariz, quiere extraerle a toda costa lo verdadero. Pero al final uno simplemente es lo que es y eso casi nunca es significativo.
Sin embargo, tal vez también soy verdadera cuando escribo. Tal vez por eso mismo escribo. Y lo soy no por lo que digo sino por lo que callo. Hace poco recordaba los tiempos en los que tenía un sistema sólido de personas que me amortiguaban en cada caída. Eran importantes porque cuando uno es adolescente se cae a cada rato. Y recordaba también cuando tenía un otro significativo al que le contaba, al final del día, mis pequeñas angustias, mis fricciones diarias, mis planes insostenibles. En esos casos, cuando esas personas estaban para abrazarme, para decirme que no mamara, para invitarme al cine, no era tan urgente escribir.
Así, hay posts que no son más que un intento de autocontención, como quien se canta a sí mismo una canción de cuna. Y es ahí cuando me sale lo verdadero: escribo porque no tengo con quien hablar, porque soy humana, porque quiero ser querida, porque me angustia un chingo mi futuro y esas cosas que a nadie le interesan.

26

Mi padre tenía 26 años cuando se casó con mi madre. Por eso, cuando yo era niña, decía que me iba a casar al cumplir los 26. Me parecía un paso obvio a la adultez, como obvio me parecía que a los 26 ya iba a ser una mujer consumada, con metas claras, lista para empezar «mi vida de adulto».
La semana pasada alcancé esa edad y según mi vaticinio infantil ya tendría que estar buscándome un novio como el de los pasteles, derechito y bien entrajetado, para contraer matrimonio este mismo año. Evidentemente eso no va a pasar y da igual, hace ya años renuncié a ese paradigma. Sin embargo, no creo que nuestras expectativas como sociedad hayan cambiado tanto.
Quizá ya no hablamos de bodas porque somos modernos, we, pero igual buscamos alcanzar una meta antes de cumplir cierta edad porque tenemos la fantasía de que, si lo conseguimos, podremos descansar más adelante. «Echar raíces», «sentar cabeza», «hacerse de un nombre» o «colocarse» son cosas que creemos que hay que hacer sólo una vez para luego gozar eternamente de sus frutos.
La mayoría de los matrimonios son un fracaso precisamente por esa razón: se conciben como un punto de llegada. Las mujeres se esmeran en estar buenísimas pero en el momento en el que se casan se descuidan, los hombres se olvidan que su mujer desea y la tratan como si fuera un florero, etcétera. Y así con el resto de las cosas: buscamos garantías en la vida profesional como si no se tratara de un albur, soñamos con adquirir una propiedad sin darnos cuenta de que lo que en realidad adquiriremos será una hipoteca, un sedentarismo, un deber.
Lo que tenemos enfrente es un abismo y una cultura que lleva siglos intentando mitigarlo con promesas. Pero es una estafa colosal. No tenemos otra cosa que la inmediatez, que la incertidumbre y siempre —siempre— estamos empezando de alguna forma. La guerra nunca se gana ni la tierra se compra.
Entender eso, lejos de angustiarme, me ha dado un montón de tranquilidad. Porque entonces no hay prisa para nada, porque las cosas no tienen la obligación de cuajar. Ya no me da miedo que el futuro carezca de solidez, ni me da miedo no saber, ni carecer de hogar, ni cobrar poco, ni morir sola. Cuando se le deja de exigir perpetuidad, la vida tiende a ser muy dadivosa.

Hogar

Ya he contado en alguna otra ocasión que hace como año y medio, cuando todavía vivía en Madrid, hice un viaje a México en busca del amor en el que todo salió mal, no sólo con el muchacho en cuestión, sino en general; el viaje entero fue un manojo de catástrofes. Lo paradójico es que aunque estaba en mi país, todo el tiempo tuve el estrés clásico del turista: no sabía cómo moverme en el transporte público, ciertas prácticas sociales me desconcertaban (ya me había desacostumbrado a que todo mundo me mirara) y traía un acento gachupín que evidenciaba mi tiempo en el extranjero.
Los vendedores del centro de Oaxaca me catalogaban de inmediato como un cliente potencial y se abalanzaban sobre mí hablándome en inglés e intentándome vender toda clase de artesanías. Y vamos, sabemos que México es así y que yo cumplo con el perfil de turista tan sólo por ser más alta y más blanca que el promedio. Pero aun así me sentía muy extraña ahí y cuando se lo conté al muchacho aquel, recuerdo que él me contestó: «pero es que Mariana, claro que van a tratarte como extranjera porque eres una extranjera, tan sólo ve los pantalones que traes puestos». Y sí, traía unos pantalones hippies con el tiro casi hasta el suelo que estaban muy de moda en España pero que nadie, absolutamente nadie, usaba acá.
Un par de semanas después regresé a Madrid, no sin antes pasar por una odisea insufrible que incluyó vuelos perdidos, taxis de emergencia y hoteles en el fin del mundo (aquí el chisme de eso). Atolondrada me bajé del avión, recogí mis maletas con sabor a derrota y sed de cama y me dirigí al metro; saqué mi abono mensual con la naturalidad de quien saca las llaves de su casa y me senté a esperar el vagón de ese metro que me sabía de memoria. En eso, a mi lado, se sentó una chica que traía unos pantalones iguales a los míos y, entre el cansancio y el absurdo, me dio un ataque de risa: había llegado a casa.

Hoy me puse esos pantalones y me dio un dejo de nostalgia. Llevo más de un año de haber regresado y aunque a ratos aún extraño Madrid, no creo que ahí esté mi paraíso perdido. He aprendido ya que el hogar no está en ninguna parte y no me angustia. El hogar son estos pantalones, hasta que se rompan. El hogar es este blog, hasta que lo cierre un día. El hogar es una conversación, una cama calientita y la sensación perpetua de que en algún momento habrá que mudarse y que, cuando eso ocurra, estará bien.

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