Life of Pi

O sobre la rendición y el desbordamiento.

No alcanzo a discernir por qué me impresionó tanto esa película. Más allá de su imponente fotografía y de la efectividad de sus símbolos, al final es la clásica historia del náufrago que ya todos conocemos: la desesperación, la incompetencia para valerse por sí mismo, el desarrollo de habilidades, el desgaste paulatino y la esperanza tan desesperanzadora y tan exhaustiva y tan traicionera.
Aunque quizá mi impresión se debe, precisamente, a lo universal de la historia: no importa cuantos náufragos hayamos visto, la historia impresiona porque ser un náufrago es estar arrojado al mundo, a la heideggeriana, como lo estamos todos. Es una metáfora dialéctica sumamente efectiva: tras encarar la muerte y ser golpeado por la violencia de lo Otro, tras ser rebasado por lo inconmensurable, por lo incontrolable, el individuo sufre una transformación formativa. Dicha metamorfosis sólo es posible mediante la destrucción: hace falta asomarse al abismo sin la promesa de la seguridad, enfrentarse a uno mismo (que en este caso es también el tigre), tomar conciencia de lo irreversible y exponer el pellejo al sol y a la sed y a la sal.
En Life of Pi hay, además, una tensión constante entre la naturaleza y lo divino. Una propuesta semejante a la de The Tree of Life, pero mejor lograda. Lo interesante es que estos elementos son antónimos y sinónimos a la vez. La naturaleza es violenta pero nunca inmoral. La naturaleza te mira a los ojos, te interpela, pero no hay nada personal en ese contacto tan íntimo. La naturaleza es lo contrario a la promesa (por algo Nietzsche dice que el hombre es el animal que promete, porque es el que trasciende su naturaleza, el que desafia su determinismo biológico para pronunciar su libertad, siempre trémula y en construcción). No obstante, dentro de la tormenta, de la amenaza, hay una experiencia estética. En eso Ang Lee, el director, refuta a Kant. Aquí la naturaleza, cuando es bella (compleja, caprichosa, privativa), se convierte en divina. Lo divino es precisamente ese desbordamiento.
Comprensible pues que el hombre contemporáneo esté tan lejos de cualquier experiencia religiosa. Porque no se desarticula nunca. Porque ha formado ciudades que crecen para dentro, porque lo controla todo y entre más controla más pequeño se vuelve su mundo. El hombre de ciudad no conoce el hambre pero fuma todo el día, toma refrescos, masca chicle. El hombre de ciudad compra seguros de vida y se queja de todo en Twitter, coge tanto como puede aunque coja mal, nunca mira al cielo, camina poco y teme amar. Y luego nos preguntamos por qué nuestra cotidianidad sofoca tanto o por qué no podemos vernos al espejo sin sentir hastío.
Después de ver Life of Pi, sentí el peso de mis neurosis y la necesidad de transgredirlas. De salir a empaparme en un día de lluvia. De llorar como niña y sin razón para liberar así mi desamparo de todo simulacro. De dejar de mentirme respecto a tantas cosas. Porque hay victorias que no vienen sin una rendición previa. Porque a veces lo que toca es reconocer la impotencia, la fragilidad del cuerpo y del temple, la superioridad de lo Otro.
Sólo quebrándonos permitimos que nuestro universo se expanda.

LIFE-OF-PI-FILM-REVIEW

Anuncios

Desencanto

«Simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento
al engusanamiento
y al silencio».
Girondo

Pienso en los ilustrados, esos personajes de ceños fruncidos que inundaban al mundo con su esperanza. Porque sabían. Porque creían que saber bastaba. Disiparían las tinieblas de la humanidad con las luces de la razón y no había nada en el mundo que pudiera deternlos. Lo único que necesitaban era tiempo.
Luego, sus excesos. El positivismo coronando a la Ciencia como su dios, la razón instrumental enceguecida de poder creando bombas atómicas, la inteligencia al servicio de su autodestrucción.
De manera que para cuando nosotros, los contemporáneos, tuvimos la osadía de nacer, ya era demasiado tarde. Las creencias estaban gastadas; la religión, la ciencia, el poder, la individualidad, todo esos juguetes que el hombre descubrió emocionado, ya habían mostrado su esencia letal, su pintura de plomo.
No nos quedó más remedio entonces que volvernos los lastimeros. Los que le gritan iracundos a un dios que ya han denunciado como falso, los que hablan del sinsentido, de la deconstrucción que no lleva a nada; los que se sienten arrojados al mundo, los cansados del cansancio, los hartos, los que necesitan cagar para hacer arte.
Así que heme aquí, representante fidedigna de mi especie, persiguiendo una experiencia cumbre para descubrir después (mucho después, como 26 años después) que en realidad sólo persigo fantasmas. Hay un anuncio en la tele que va así: esperas ansioso el fin de semana y cuando por fin llega no es lo que esperabas. Entonces ellos te llenan de series para que se te olvide.
A mí me pasa con las vacaciones. Y a veces con el amor. Y con la adultez. Tanto esfuerzo, tantos planes, tantos sueños inútiles para acabar frenando en seco, despeinada en casa. Entonces me desespero y pienso en ese anuncio. Pero carajo, yo ya no quiero ver más televisión.

Soñar despiertos

A veces sueño despierta. Y por soñar despierta no me refiero a la clásica fantasía autocomplaciente sino al sueño en sentido estricto: a la mezcla inconsciente de símbolos, al comercio cotidiano de cadenas asociativas. Me aterra y al mismo tiempo me fascina no saber el principio y el final de dichas asociaciones. ¿Amamos a quienes amamos por sus características concretas o por lo que representan?, ¿y por qué el nudo en la garganta frente a una imagen de un comercial?, ¿y por qué hay días espesos y días etéreos?, ¿y es verdad que decidimos? La vieja lucha entre libertad y determinismo: yo a veces en vez de decidir me siento decidida y en vez de escribir me siento escrita.
Es embriagante, sin embargo, olvidar a ratos de qué lado te encuentras. ¿Eso lo viví o lo soñé? Cuando camino por aquellos lugares que antaño hice míos, revivo instantáneamente todo lo que ahí viví: conversaciones que creía olvidadas, gestos, olores, risas, de forma que cuando llego a casa tengo la sensación de haber viajado en el tiempo.
Y la empatía, ¡qué fenómeno más surreal! Siento la ansiedad de los míos en el estómago, la tristeza, el entusiasmo, y luego de unas horas soy incapaz de discernir a quién le pertenece qué emoción. Soy un sabueso del dolor ajeno y hay días en los que el mundo me duele profundamente, no por conciencia social sino porque yo soy el mundo y eso es más que una metáfora.
Esta semana le he dedicado mis días a la edición de una novela cuyo autor estimo y respeto y mis noches a charlar con un cómplice recién adquirido, un interlocutor que se gana mi confianza a pasos agigantados. Y de pronto, se los juro, son el mismo. Será que son de la misma edad o del mismo grado de nomadismo, pero el caso es que apenas me distraigo se me mezclan y entonces pienso: estoy soñando.
Sé que es una tontería, al menos en este mundo en el que se privilegian los signos sobre los símbolos. Pero cuando doy dos pasos para atrás y miro la variedad de texturas que ofrece este otro mundo, el onírico, me deja de importar si es o no una tontería. Al final, es nuestro derecho en tanto seres simbólicos: volar, y volar alto, como si fuéramos más de lo que somos. Porque lo somos.

Forzar los dones

Por si la Navidad no bastara para asegurar un diciembre lleno de excesos, resulta que mi padre, mi madre, mi único hermano y yo cumplimos años en diciembre. También mi abuela, mi abuelo y varios de mis primos. Lo mismo el chico que ya no es, un par de amigos de toda la vida y el niñito Dios, por supuesto. Es por eso que diciembre siempre ha sido para mí la indigestión de los regalos.
En mi casa los cumpleaños son cuestión de vida o muerte. Nos levantamos tempranito a despertar al festejado con Las Mañanitas, hay pastel por default y no se habla de otra cosa en todo el día. En estos eventos, la protagonista por antonomasia es mi madre, ¡qué no haría ella para llenarnos la falta! Planea escrupulosamente lo que puede regalarnos, para oído durante semanas para ver si de casualidad decimos algo como: «¡cuánto me hace falta unos tenis morados…!» o «¿ya viste qué bonito está ese reloj?»
El problema es que ella espera que nuestro entusiasmo sea análogo al suyo y, cuando eso no sucede, se decepciona. Le duele no poder hacernos felices, no poder llenarnos la falta. Pero nosotros, nosotros lo último que queremos es decepcionarla. Por eso procuramos reaccionar con vehemencia, agradecer cientos de veces, estrenar ese mismo día lo que se nos dio y no quejarnos de nada.
Y qué tormento cuando llega su cumpleaños, porque ella quiere, de la misma forma, que le llenemos la falta. ¿Pero qué regalarle a una mujer que desea sólo para afuera? Y más aún, ¿cómo estar a la altura de su gran dedicación, de su fervor por complacernos? Año tras año le fallamos.
Mi padre es menos protocolar y casi nunca se entera de lo que «nos regala». A menos claro que sea una gran inversión, una laptop o cosa semejante, en ese caso se dedica a recordarnos «el valor de las cosas», la importancia de apreciar y cuidar lo que se nos da, de saber que el dinero no crece en los árboles.
Todo junto hace que diciembre sea para mí un mes agotador, porque más que recibir regalos siento que recibo deudas por todas partes. Quisiera hacerle entender eso a mis padres, decirles: «donde hay deber no hay gratuidad, dar es otra cosa». Pero sobre todo quisiera hacérmelo entender a mí misma para que, llegada la ocasión, pueda algún día recibir sin culpas.

Inmediatez

Envidio la inmediatez de la gente simple. Gente tan dedicada a vivir que no necesita retroceder dos pasos para mirar su vida, gente para quien la verdad es verdadera y clara y asible, para quien la conciencia de sí no es un fenómeno extraño y para quien ser es simplemente estar: tomar el desayuno, quejarse de su jefe, correrse entre unos muslos cálidos (si se puede), ver la televisión, ir viendo.
Nuestra petulancia de atormentados nos lleva a desdeñar su inmediatez, porque ellos qué saben, porque ellos no podrán hacer otra cosa que repetirse y repetirse, que autoengañarse, que enajenarse. Quizá. ¿Pero acaso es verdad que nuestra conciencia, presuntamente aventajada, nos ha llevado a trascender nuestras miserias, a aspirar a más, a elegir mejor?
Envidio la inmediatez de la gente simple. Supongo que tiene un sabor a eternidad que nosotros, los sospechosistas, desconocemos. Qué embriagador ha de ser llamar a alguien «el amor de tu vida» con altiva firmeza sin reparar en los otros amores de tu vida, sin tener que criticar el sistema monogámico, sin prever catástrofes venideras. Qué mitigante ha de ser ser ciego al futuro —ese caldo de cultivo de angustias precoces— arrinconar las culpas en donde no estorben, gastar grandes fortunas en borracheras, poner el cuerno como quien no lo pone y mañana, mañana ya veremos.