A quién le pertenece la tristeza

A veces amanezco triste de la misma forma en la que el cielo amanece nublado un día cualquiera. Cuando eso ocurre procuro dar cuenta de sus detonantes, del porqué de mis ojos acuosos y de mi inconsistencia ontológica. Lo hago porque quiero a los míos y porque entiendo que no es justo hacerlos padecerme, porque sé que la cotidianidad tiene sus ritmos y que yo no soy quien para andarlos violentando con mis mejillas empapadas y mi metafísica pesada y a deshoras.
Pero explicar es una forma de mentir. Y cómo podría no serlo si para explicar hay que pensar y para pensar hay que detener al tiempo; tomarle una fotografía al estado de cosas, examinarla con los ojos entrecerrados y decir “es que estoy preocupada por…” o “es que esto me recuerda que…” o “es que pasa que soñé con…”, como si los eventos no estuvieran superpuestos, como si la vida no fuera una lluvia inclemente de estímulos, cada uno con su propio precipicio y con su propio eco de gritos sordos que se confunden con los demás gritos de las demás cosas que claman tu atención y que te recuerdan que y que te preocupan por y a las que sueñas con.
Y es que cómo explicar que la tristeza, pese a ser la misma de siempre, es siempre una nueva. Cómo justificar la visita rutinaria de tus dudas y de tus miedos si son las mismas dudas y los mismos miedos que has escudriñado en público y en privado durante años; las mismas que has tachado de ridículas y que sin embargo se afanan en volver una y otra vez con la terquedad de un ciego.
Quizá lo que no entendemos es que la tristeza nunca es propia. Carece de remitente y carece de destinatario. O al revés: sus remitentes y sus destinatarios están en todas partes cual pretextos, esperando a ser preñados por un símbolo, por un recuerdo o por una insinuación.
¿La verdad? La verdad es que hoy en psicoanálisis me puse a llorar por ser un lastre para mi madre y por no haber merecido nunca su ternura. Y seguí llorando mientras manejaba de camino a casa y lloré otro tanto mientras me duchaba y todavía después me quedé llorando envuelta en la toalla hasta que me tuve que vestir para ir al trabajo.
¿Lloraba por su desdén? Por supuesto. Pero lo mismo lloraba por la culpa de que mi padre me hubiese elegido a mí, por la angustia de no poder vencer mi sino, por el coraje de ser fanerógama desde escuinclita y sin elección, por darme cuenta de que no era mala, por haberlo sido y por querer serlo; lloraba porque llorar me despierta las ganas de llorar —valga la redundancia—, porque estoy en mis días, porque traía fresca la humillación de mi última pesadilla, porque la psique es un diagrama de Venn con demasiados círculos y porque a veces… a veces simplemente amanezco triste de la misma forma en la que el cielo amanece nublado un día cualquiera.

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Mapas de mi inconsciente

1. No importa cuál sea el escenario o los personajes de mi fantasía onanista, segundos antes del clímax me transporto inevitablemente a Torres Adalid. La metáfora perfecta: ese lugar ya no existe como tal. En temas aparte la voz adalid se deriva de la árabe delid, que significa mostrador, porque enseñaba el camino e iba adelante para acometer al enemigo.

2. Siempre que en un sueño tengo una charla con alguien que está a un lado mío de forma paralela (recargados en un barandal, por ejemplo, o viendo al mar) yo estoy del lado izquierdo. Siempre.

3. En mi inconsciente, Madrid no está en España. Si sueño con España sueño sobre todo con Andalucía, si sueño con Cataluña mi sueño es más francés y aparece invariablemente mi hermano. Si sueño con Madrid sueño sobre todo con mi cuarto sucio en Alto de Extremadura.

4. Si sueño que no me puedo mover casi seguro que es el sueño de una siesta. Lo mismo si me despierto creyendo que tiembla. Si sueño que me interpretan el sueño anterior seguramente son entre las 7 y las 8 de la mañana, cuando ya medio me desperté una vez.

5. Si sueño con peces siempre hay caos, si sueño con tortugas es probable que quiera regalárselas a alguien y no pueda, si sueño que estoy en un juego mecánico lo más posible es que se me haya olvidado abrocharme el cinturón de seguridad.

Un mundo sin magia

Un día desperté en un mundo sin magia. No tengo una forma más simple de decirlo. La cotidianidad seguía funcionando con su ritmo añejo; se escuchaba el chirrido de sus engranajes, las mismas voces de fondo, las preocupaciones de siempre, pero una parte de mí sabía que algo, en algún lugar, había muerto.
No era la tristeza su manifestación más evidente. A decir verdad, las mismas cosas me causaban la misma risa y aún conservaba las ganas de pintar las paredes de mi cuarto y de viajar a La Habana. Lo que cambiaba era el instante posterior a la risa, como si un pequeño fragmento de silencio se quedara flotando en el aire, un vacío apenas perceptible, un chispazo de expectativa. Después venía un suspiro corto y resignado y cambio de tema.
Quizá lo que me fue arrebatado fue el derecho a las fantasías. Bastaba evocar alguna de ellas durante un segundo, medio segundo, para que ésta se volviera infértil y feneciera a mis pies, absurda y humillada. La esperanza había encontrado su callejón sin salida y aunque regresaba una y otra vez a tentar los ladrillos para encontrar posibles huecos, la respuesta era siempre la misma: nada.
El mundo sin magia era idéntico al otro mundo; al de las mariposas apareándose a media calle, los besos resbalosos y las confesiones impulsivas, pero si me quedaba quieta podía sentir la fragilidad en la atmósfera, la hecatombe contenida y el tabú dispuesto a cortarme la cabeza ante la menor debilidad.
De ahí, la sobrevigilancia. Dormir apretando los dientes, evadir discretamente ciertos temas y aprender a callar a las horas en que danzaban los fantasmas. Morderme los cachetes, jugar con la servilleta y mirar fijamente a la mesa después de la cena, implorando el final de la reunión, el final del día, el final del capítulo y del mundo entero, ese mundo sin magia.
Por último, el tiempo. El hueco en la garganta se fue volviendo tolerable y los espacios en blanco comenzaron a reducirse. Pero incluso ahora hay días en los que, después de reírme, logro sentir por un segundo las vibraciones de ese eco sordo, del silencio que corta. Entonces suspiro. Un suspiro corto y resignado y cambio de tema.

Notas sueltas sobre mi proceso de escritura

I.
Me obsesiona todo aquello que no culmina, lo que se queda justo al borde del precipicio; ahí donde la inefabilidad gobierna, ahí donde resuenan ecos emocionales sin referentes claros. Quiero ser capaz de transmitir la experiencia detrás de lo que nunca alcanza a ser una experiencia: el leve cambio de humor que provoca una imagen al azar, la epifanía gratuita y anodina, el amor que no es amor pero que palpita. La semiología de lo nimio.
Javier Marías es un maestro en la materia, aunque a veces se excede en aridez. Cortázar también lo logra en sus cuentos más ligeros como los de Un tal Lucas. Y quizá habría que mencionar asimismo a Vila-Matas, aunque en él sólo estoy pensando por su joyita “Rosa Schwarzer vuelve a la vida” de Suicidios ejemplares.

II.
Para que un estado de cosas (suceso o emocion) adquiera la dimensión que le corresponde debe sobresalir, hacer relieve. Sólo puede pasar algo en donde antes no estaba pasando. Como la música de John Cage, diría el Rufián: la genialidad brota de la irrupción esporádica de un elemento nuevo. Si mi narración es densa desde la primera línea, lejos de provocar empatía parecerá sobrecargada y producirá cansancio.
La emoción no tiene que decirse nunca. La literatura es como un silogismo: uno pone las premisas y el lector infiere la conclusión. Y ni siquiera tiene que ser un silogismo completo, basta con que sea un entimema. Hay que (de)mostrar pero no imponer; crear las condiciones para producir un efecto, bordear el hambre, la seducción, la desesperación o el frenesí pero no exhibirlos de frente; no en principio, al menos. Toda exhibición prematura es inverosímil (véase Esfuerzo).

III.
Escribir es como soñar: las metáforas y las metonimias (las condesaciones y los desplazamientos) se ponen al servicio del escritor/soñador para decirle algo sobre sí mismo que él ignora. En esa medida, toda historia en un vehículo de algo más, de una sensación, de una verdad inasible. Lo que hay que elegir es el grado de extrapolación de eso significantes.
Pienso en Frankenstein de Mary Shelley: su éxito se debe a que todos somos ese monstruo, todos nos hemos sentido rechazados o fuera de lugar. La ciencia ficción es la cumbre de la extrapolación. Yo en general desdeño ese tipo de literatura, me gustan mucho más las historias cotidianas, pero cierta abstracción (metaforización) es necesaria siempre. ¿En qué medida?, lo ignoro. En términos lacanianos, el reto está en encontrar el contenido simbólico de lo que se quiere decir para poder así desprenderse, tanto como se pueda, del andamiaje de lo imaginario.

Peces

Hace poco volví a soñar con peces. Tenía una pecera llena de ellos y los tenía que matar para combatir una plaga de insectos. Otras veces los sueño muertos desde el principio y me angustio. ¿Por qué esa recurrencia? ¿Por qué he poblado con peces mis redes en el último año? Ni siquiera sé si me gustan tanto.

Cuando era niña teníamos una pecera enorme con peces de todos los colores. A mí me gustaba mirarlos. Un día hubo una cena importante. Mi madre se pasó todo el día de arriba a abajo, cocinando, encargándose de todos los preparativos. Lavó la pecera para que los invitados la vieran reluciente y le puso sus gotas de azul de metileno para que adquiriera su aspecto oceánico. Pero al ponerla de vuelta en su lugar, no se dio cuenta que debajo de ella se había quedado una piedrita. Con todo ese peso encima, el cristal empezó a resquebrajarse alrededor de la piedra.
Minutos antes de que llegaran los invitados estalló la pecera. Caos. Pececitos de colores brincando por toda la alfombra. Mi madre intentando recogerlos en vasos. Yo queriendo ayudar. En el intento me corté la mano. Ella lloraba de la desesperación. No le importaban los pececitos, le importaba su cena magistral: ahora cómo demonios iba a explicar la mancha azul sobre la alfombra.
Desde ese día no volvimos a tener pecera.

Fero insistía en darme cosas vivas. “¡Que no, que se me mueren!”, le decía yo. Primero comenzó regalándome flores, destinadas desde el principio a marchitarse. Luego, evolucionó: un cactus. Me explicó que era porque esos eran fáciles de cuidar, no tenía ni siquiera que regarlo. Con ganas de verlo crecer, todas las mañanas lo sacaba entusiasta al sol, hasta que un día noté una especie de pelusa blanca impregnada en sus espinas. Quise limpiarlo, pero al levantarlo fue grande mi desilusión: la plaga ya se lo había comido todo por dentro.
Ese mismo día le prohibí a Fero volverme a regalar algo vivo, pero desobediente como era, poco le importó: a las pocas semanas se apareció en mi casa con un pececito dorado. Después de teatralizar mi enfado, instalamos la pecera y bauticé al pececito. “Se llamará Notemueras”, anuncié con solemnidad. Tres semanas después estaba muerto. De nada sirvió que todos los días le dijera “¡no te mueras, Notemueras!”, un día simplemente amaneció flotando con la boquita abierta en O. Lo envolví en papel higiénico y con un hueco en el estómago lo tiré a la basura.

Turulato llegó después. Ese no se murió. Lo tuve en mi escritorio hasta que me fui a vivir a Madrid, entonces se lo di a Fero para que lo siguiera cuidando. Cuando le pregunté por él meses después, me respondió que ya se lo había dado de comer a sus tortugas. Yo sabía que era broma, pero era tanto su resentimiento hacía mí que de alguna forma me pareció factible. Era una metáfora demasiado perfecta.
No volví a saber del pez. Ni de Fero.

Mi casa está llena de adornos de peces. En alguna ocasión hasta emulamos un acuario en una repisa. Le pusimos corales disecados, peces de porcelana, peces de madera; todo lo acuático que encontramos. Ahí siguen. Esos no se mueren, sólo se decoloran por el sol.

Quiero comprarme un pececito nuevo. Pero es que carajo, todo se me muere.