Aquí ha pasado algo

Tramas sin emociones, emociones sin
trama. Así sucede a veces.
Scott Fitzgerald.

I.
Erika Loana me contaba hace un par de meses sobre su proyecto FONCA, el cual consistía básicamente (y que me perdone si lo tergiverso) en ubicar los terrenos baldíos de cierta zona de la ciudad para después hacer un plan de reutilización o cosa semejante. En el proceso, una de las cosas que hacía era intentar identificar, a partir de sus vestigios arquitectónicos, cómo había sido la casa o edificio que precedió al terreno ruinoso; dónde había estado la cocina, dónde el comedor, etcétera.
Estoy casi segura que cuando me lo contó empleó la expresión «ejercicio poético». Si les soy honesta, a mí al principio me pareció un poco ocioso, quizá porque yo nunca he podido involucrarme emocionalmente con los lugares ni con la historia en general. Pero hace un par de días, mientras caminaba por la calle, lo entendí de pronto.
Entendí eso que tantas veces escuché cuando viajaba por el viejo continente con cara de turista queriendo aprender: el espacio que habitamos contiene de alguna forma todo lo que ha contenido a lo largo del tiempo y su historia no le es secundaria, sino que lo conforma de una manera etérea y difícil de explicar.
Ignorar lo que ha pasado en un lugar es ignorar su esencia, es no habitarlo. Por eso es tétrica la casona antigua donde se asesinó a una familia y por eso saber qué había en un terreno baldío contribuye a sanar un poco el espíritu roto de esta gran urbe.

II.
Una niña de seis años viaja con sus padres en el asiento trasero del coche. De repente se les atraviesa un camión, el padre frena en seco y la niña sale volando hacia adelante hasta quedar a pocos centímetros de estrellarse contra el parabrisas. La madre instintivamente la detiene con su brazo, evitando el impacto. Al final no chocan. Cuando la madre voltea a ver a la niña y la mira pálida, con una cara de susto desgarradora, le dice “ni llores, no pasó nada”.
Esta es la historia que contaba Claudia, psicóloga de profesión, sobre una paciente suya, la niña. Decía, quizá con una pizca de exageración, que esos eventos eran esquizofrenizantes para los niños, pues evidentemente algo había pasado y era además algo grande, algo que había sido traumático para ella. Decirle a la niña “no pasó nada” y no volver a sacar el tema es dejarla sin un lugar para poner esas emociones, como si éstas fueran ilegítimas, como si no correspondieran con la realidad o como si todo el evento hubiese sido mera invención suya.
Los padres hacen eso todo el tiempo con los niños: cuando les niegan el derecho a asistir al funeral de su abuelito, cuando su hogar se está desmoronando y no les dicen nada (como si ellos no se dieran cuenta) o cuando los cachan cogiendo y sólo sepultan lo ocurrido en el silencio.
Por eso, cuando veo a alguien llorar y al acercarme me dice que no pasa nada, yo le respondo “claro que pasa algo, pero no pasa nada porque pase”. Y es que vivir en un mundo en el que nunca pasa nada es vivir en un mundo sofocante, cerrado y sin aire.

III.
El otro día hablaba con un amigo sobre los secretos. Hay secretos alrededor de los cuales se forja toda una vida. ¿El tema de mi novela? Un secreto añejo. ¿Él? Él también es un secreto. Y si Mad Men califica como una novela gótica “donde una sombra inasible constantemente parece precipitarse sobre los brillantes personajes” es porque, entre otras cosas, la historia se entreteje de secretos y lo no-dicho amenaza a cada instante con derruirlo todo.
El problema de los secretos es que no permiten que las cosas tomen el lugar que les correspondería de forma natural. Una amanece triste por el final de una historia y no puede comunicárselo a nadie porque la historia nunca existió, como la mujer que ha de ir sola a la clínica a practicarse un aborto o como quien ha de asistir sonriente a la boda del amor de su vida.
No se puede poseer lo que no se nombra y en consecuencia, todo lo callado flota en el aire fragmentaria y persecutoriamente. Por eso, que sean los pusilánimes los que deban, los que teman, los que se queden sin nombrar. A mí no me preocupa decirlo: aquí, al igual que en el terreno baldío, ha pasado algo. Y es que sólo el reconocimiento puede hacer que las heridas del tiempo mantengan su dignidad.

La manía de matizar

Mi pasión por el mundo se sostiene de matices. Me interesa todo lo que existe entre el sí y el no; la sombra del héroe y la luz del villano, el secreto detrás de la palabra, la intención sin germinar, la paradoja. Desprecio las dicotomías y las preguntas que aceptan sólo una respuesta, privilegio los procesos sobre los resultados y mis inclinaciones exhiben mi fascinación por los repliegues.
No obstante, reconozco que en la reiterada caza de matices hay también una suerte de cobardía; a saber, la cobardía de quien no está dispuesto a tomar partido, de quien es incapaz de aceptar una verdad aunque ésta le esté penetrando los ojos.
Matizar es también condescender, es refutar la regla a partir de su excepción, es elegir ser ciego a los paisajes por considerarlos «muy generales». Y no importa si está apestando el muerto, el matizador encontrará una razón para convencerse de que sigue vivo; dirá que sus gusanos se mueven, que la energía no se crea ni se destruye, que la memoria eterna.
¿Y qué decir de los que padecen síndrome de Estocolmo? Matizadores seguro. Adictos a las tonalidades, los pobres miran cómo su secuestrador les sirve agua con cuidado y olvidan al instante que es el mismo que les cortó la oreja.
Los matizadores son conservadores de clóset, incapaces de llamar a las cosas por su nombre y siempre dispuestos a camuflar con conjunciones adversativas cualquier verdad que les resulte incómoda. «Bueno, pero es que…», «tal vez, aunque también…». Las precisiones son la alfombra perfecta para esconder el cadáver, la prórroga cantinflera de quien no sabe qué decir, la negligencia disfrazada de lucidez.
Consciente de estos males, ha llegado el momento de que lo confiese en público y sin medias tintas: soy una matizadora irremediable. Cuando atisbo una luz a la distancia, en seguida quiero perdonarle la oscuridad a la noche y lo mismo quiero pensar que él me quiere sólo porque me mira de lejos; no puedo llamarle a algo felicidad porque comienzo ipso facto a escudriñarle las manchas y tampoco sé llamarle a algo tristeza sin ponerme a reír de vergüenza.
Esta manía me tiene atrapada y no me deja resolver nada; por eso, a partir de ahora sacaré la guillotina de los juicios categóricos y perdónenme, títeres míos, si los dejo sin cabeza.

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Resistencias

Reconciliación hegeliana (provisional)

La primera y más común manifestación de la autoconciencia es la oposición, la resistencia. Yo soy autoconsciente, ergo, me resisto. Es ahí donde nace la libertad, en el grito protestón del individuo frente al determinismo de sus condiciones. Decir «no» es erigirse como «otra» cosa, es distanciarse del discurso operante, siempre impuesto en tanto que externo.
Mas la concepción de «lo otro» se multiplica indefinidamente hasta su autodestrucción. Con firmeza, me pronuncio: yo soy yo y no tú y no otro (primera resistencia). Pero al mirarme al espejo descubro que yo soy también otra, que mi identificación con mi yo no es total (segunda resistencia). Y así aparecen la tercera y la cuarta y la quinta hasta que yo no soy nada de lo que soy, la fragmentación ad infinitum.
La autoconciencia conmina al yo a distanciarse de sí mismo y de lo otro, lo que deriva en una mirada que se mira a sí misma con extrañamiento y que mira cómo se mira y cómo mira que se mira, etcétera. El discurso se vuelve un metadiscurso del metadiscurso hasta que olvidamos (y con justa razón) qué era lo que queríamos decir en un principio.
La identidad se funde en la otredad; si todo es «no», si todo es oposición, entonces ya no queda nada con lo que podamos identificarnos ni nada de lo que podamos separarnos propiamente. El análisis (la separación de los elementos) se autoaniquila y da lugar al sinsentido.
Es, quizá, el mayor mal de nuestra época y la razón por la que hoy en día nos seducen tanto las filosofías orientales con sus tintes holísticos y su búsqueda de descentralización del yo. “Regrésenos la unidad”, imploramos mientras musitamos el tan famoso «om» (ॐ), “regrésenos el sentido”.
Yo también musito «om», aunque lo hago a mi manera: comiendo rico y despacio, procurando inhibir mi autocrítica, domesticando mi miedo al silencio, sintiéndome. Inicia el proceso inverso: hacer coincidir la otredad con la unidad, pegar los pedazos y entender que no hay verdaderos enemigos ni adentro ni afuera, que todo es parte de lo mismo. Yo soy también este amor que siento y no hace falta combatirlo; yo soy de igual manera lo que no estoy siendo (lucidez, determinación, armonía, tregua); yo soy aliento, soy cuerpo y afección.
Entonces (y sólo entonces) me miro los pies, me abrazo, respiro y, dejando a un lado por un momento los desgloses y las exigencias, comienzo lentamente a habitarme.

Inercia

Your appearance now is what we call
«residual self image». It is the mental
projection of your digital self.

—Morpheus, Matrix.

I.
A veces creo que me quiero morir y luego me doy cuenta de que no, de que en realidad sólo tengo hambre. Mis malestares son un poco histriónicos, como se puede ver. Pero es que cuando todo está quieto, uno vuelve siempre al lugar donde se quedó, al último pensamiento o emoción, a la última ocasión en el que dijo «yo soy». Como cuando te sueñas con el pelo largo aunque ya lo tengas corto porque en tu autoimagen sigue siendo largo y es lo que importa.
Bajo el mismo principio se rigen las muletillas del pensamiento, como aquella muy mía de quererme morir: siento algo y antes de poder categorizarlo mi inconsciente se cuelga de las lianas que tiene disponibles, en este caso del deseo de muerte. Y lo mismo con el resto de las cosas. Hay ocasiones, por ejemplo, en las que involuntariamente susurro el nombre de mi ex, con todo y que ya no es él en el que pienso, o a veces, si estoy distraida, doy mi  antiguo número telefónico en vez del actual. Y así un gran etcétera.
Con frecuencia repetimos lo que creemos que somos sin reparar en que llevamos tiempo siendo otra cosa. Por eso es importante hacer un corte de caja de tanto en tanto, actualizar el «yo soy» para no vivir regresando eternamente a una versión arcaica de nosotros mismos. No es sencillo. Las creencias sobre el yo, buenas o malas, fungen como una zona de confort a la que nadie quiere renunciar.
Pero es que, pensándolo francamente, creo que en serio no me quiero morir. Mis fantasias suicidas ya no son sino un residuo rumiante y asqueroso de mi goce que no propone y sólo me hastía.

II.
Hay veces que pienso sin estar pensando. Es decir, que estoy diciendo algo que parece una reflexión sesuda pero que en realidad es sólo mi piloto automático entreteniendo a mi interlocutor mientras yo pienso en otras cosas o juego tetris en mi cabeza.
El pensamiento auténtico tiene la característica de ser siempre novedoso: está naciendo a cada instante. Ya lo decían los mayéuticos, pensar es dar a luz. Es fácil distinguirlo: cuando mi discurrir es genuino, no puedo evitar emocionarme, agitar las manos, subir el tono de voz; estoy atestiguando algo milagroso y se me ve en los ojos, el mundo abierto de piernas frente a mí con todas sus texturas, sus colores y sus paradojas.
Frente a tal entusiasmo, mi tendencia natural es rodearme de personas que propicien ese alumbramiento. Llámenlo ñoñería, pero en serio me apasiona pensar. No obstante, hay ocasiones en las que es ineludible el pensamiento inauténtico; ocasiones en las que, por más que uno se esfuerce, es incapaz de romper su propio cascarón, de desobedecer a su inercia zombie, de encontrar la luz.
Cuando eso me pasa me pongo irritable. La semana pasada traía un humor del carajo y caí en cuenta de que era, entre otras cosas, por esa razón. Me sentía como una cucaracha bocarriba, agitando las patas, luchando en vano, desesperada. Yo jugando a ser yo misma, esforzándome en ello, como si fuera una suerte de demostración. Yo justificándome por ser lo que soy, disculpándome por todo, como si el simple hecho de existir fuera ya una afrenta y me sintiera humillada.
Y de repente lo vi no sólo en mí sino también en todos las personas que me rodeaban. Bastaba abrir Twitter para verlos ahí, comiendo ansias ridículamente, replicándose a sí mismos con sus fórmulas gastadas: el todasmías, la azotada, el graciosito, la guerrillera emputada. No había un solo lugar donde tomar una bocanada de aire fresco, el discurso estaba agotado.

III.
La inercia obedece a un instinto básico de supervivencia: poder realizar tareas complejas sin pensar en ello nos vuelve eficientes. Si tuviéramos que emitir a diario un juicio acerca de todo como si fuera la primera vez, no acabaríamos nunca y no tendríamos la oportunidad de hacer nuevas cosas.
La amenaza latente, empero, es la intransigencia. Creer que sabemos cómo funciona el mundo, que ya entendimos. No, no hemos entendido. Entender, como amar, es un verbo que tendría que pronunciarse siempre en gerundio. Reservarnos el derecho de cambiar de opinión o de modificar nuestras categorías es crucial para nuestra salud vital.
La segunda amenaza es el hastío. Una vida en la que ya hemos entendido es una vida que no merece ser vivida. Lo terrorífico de estar en construcción es que no seremos siempre funcionales, habrá momentos en los que tengamos que cerrar la avenida principal y habrá quienes invariablemente se caigan en nuestros baches. Pero una vida construida es una vida acabada. Los puntos suspensivos y las tachaduras son parte del texto y no su pormenor.
A veces hace falta decir “no sé” como ejercicio de salubridad mental. Frenar el tren en seco. Renunciar a todo intento de reiteración. Abandonar las viejas prácticas. Callar. Sólo así podemos regresar al centro de nosotros mismos y con suerte, recobrar el entusiasmo párvulo de querer desentrañar al mundo entero como por primera vez.
En esas ando yo ahorita, todavía sin resultados contundentes.

Negociaciones

O sobre trascender el egoísmo

La humanidad: un niño de tres años llorando porque lo han obligado a compartir sus juguetes. Puede ser que Locke tenga razón y que nazcamos siendo una tabula rasa, pero la supervivencia es otra cosa: elegiremos siempre al placer frente al displacer, defenderemos nuestro territorio y aprenderemos las tácticas necesarias para obtener lo que deseamos, sin preocuparnos por lo ruines que éstas puedan llegar a ser.
Después, la moral. Después y no antes, Rousseau, perdóname mi hobbesianismo. Quizá en esto hay que ser más freudianos: el miedo a la castración, la ley, el padre, el superyó y todo el teatrito en los primeros años de vida para poder instaurar con éxito la represión y devenir en unos neuróticos funcionales.
O disfuncionales. Como un animal que se queda a la mitad de su metamorfosis. Mitad oruga y mitad mariposa, mitad renacuajo y mitad rana. Y saltar de lado. Y volar a medias. Y quejarnos porque en nuestro capullo ya no nos caben las alas. Y temer a nuestro reflejo monstruoso en el estanque. Y ahogarnos.
Madurar es: dejar de sentir nostalgia por aquelllos días en que estaba bien que tuviéramos tres años, abandonar el egoísmo hasta que ese abandono ya no duela, hasta que nazca. Amar es: imitar al amor, soñar soldados, permitir que la realidad se ajuste a la ficción del pathos, ser deseo sin reparo, sobreponerse al miedo de no estar a la altura de uno mismo.
Quién, por el mero gusto, se levanta temprano. Y sin embargo hacerlo vuelve más largo al día y más lúcido al pensamiento. Felicidad es: resignificar el displacer para poder verle los realces, ponerle un bozal a la autoconciencia y dejarla que mire pero no que muerda, no necesitar defender ansiosamente los rituales del yo, ser sin adjetivos.
Mi padre me interrumpe mientras escribo. Normalmente se me contraería el estómago (¡qué falta de respeto!) pero no, no en esta ocasión. Lo he entendido. La vida es una lluvia inclemente de estímulos, de hechos, de emociones. Vivir es: aprender a no encoger los hombros en la tormenta, poder levantar la cara al cielo, abandonar nuestra zona de confort (mínima, recelosa e infantil como el juguete del niño) para poder hacer de la existencia entera, poco a poco, una zona confortable.
Quiero: un hombre que se quite los audífonos cuando le esté hablando y que me perdone la interrupción con una indulgencia espontánea y ligera, un desayuno casero, tiempo, una charla casual. Y quiero también que nada de eso se me conceda y que no pase nada, porque no pasa nada, humanidad mía, no pasa nada aunque tus instintos de infante te hagan estar en desacuerdo.