Tareas ajenas

I.
Se llamaba María la Fea. Me acuerdo muy poco de ella, pero mi mamá me cuenta que yo le decía María la Fea porque mordía. Íbamos en primero de kínder. Lo que sí recuerdo (y es quizá uno de mis primeros tres recuerdos) es lo mucho que me desesperaba que en vez de colorear, se dedicara a rayonear toda la hoja. Me frustraba muchísimo. Después, quién sabe cómo, se convirtió en mi mejor amiga y así lo fue hasta que cumplimos seis años y el cambio a la primaria nos separó.
Mi madre cuenta que un día la mandaron a llamar de la escuela. Al llegar se encontró ahí también a Cecilia, la mamá de María. Les explicaron a ambas el problema: aparentemente, María no trabajaba en clase y en vez de eso, yo me apuraba en mi trabajo para acabar rápido y correr a hacer el suyo.

II.
Pertenezco a una de esas familias que consideran que la única y más grande obligación que tienen los hijos es estudiar. En mi casa nunca estuvo a discusión que mi hermano y yo teníamos que estudiar una licenciatura y siempre se le dio mucho peso a las calificaciones. Para mí eso nunca fue un problema, pero para Pablo mi hermano sí: desde la primaria hasta la universidad, estudiar siempre fue una pesadilla para él. Reprobaba continuamente, lo que se traducía en mi madre gritándole y persiguiéndolo por toda la casa para que estudiara, en él llorando mientras decía “¡soy un estúpido!”, en tics nerviosos, psicólogos y clases extras.
A mí todo eso me angustiaba mucho y por la misma razón, intentaba que mis logros pasaran desapercibidos. Mi madre incluso dice estar convencida de que yo me equivocaba a propósito en los exámenes para no sacar 10 sino 9.6 o 9.4, pero yo la verdad no me acuerdo de eso. Sólo me acuerdo que detestaba que me usaran como punto de comparación, porque sentía que le daban armas a mi hermano para odiarme, y el amor de mi hermano me era más importante que el reconocimiento de mis padres, por lo demás versátil.
Así, estando en cuarto de primaria (y él en sexto) tomé la resolución de que lo ayudaría a estudiar: empecé a hacerle tarjetas con resúmenes antes de sus exámenes, pasaba las tardes haciéndole preguntas, le enseñaba todo tipo de trucos mnemotécnicos. No obtuve resultados: Pablo no tenía el interés y punto. Me tuve que conformar entonces con hacerle la tarea a escondidas, así al menos no sacaría un cero redondo.

III.
El otro día discutía con Adriana sobre mi obsesión por ser explícita, por tener que asegurarme de que el otro entendiera. Ya lo decía en otro post: Mi necesidad por cuidar de mis historias llega a grados desorbitados. Defiendo a capa y espada los momentos valiosos, repito los diálogos dignos de ser recordados, termino mis conversaciones con corolarios sobre lo hablado y no me importa si en el camino sacrifico mi dignidad o subestimo a mi interlocutor o a su capacidad hermenéutica.
Pero es como en el psicoanálisis: las verdades carecen de valor si no las descubre el analizante por sí mismo y a su tiempo. Adriana defendía esa postura pensando en su chica: personas que brillan precisamente porque no necesitan demostrarse, rincones secretos que trastocan la realidad sin tener que valerse de pregones o efectos especiales. “Paciencia, eso es lo que nos falta”, concluimos. Paciencia o quizá fe en la humanidad, para poder confiar en que el otro puede descubrirnos sin que nosotras le hagamos toda la tarea.
Pensé también en el chico y en mi sucio sucio hábito de descodificarle hasta la sombra. “No me andes interpretando, malvada”, diría él. Tiene razón. El problema de vivir interpretando es que entonces ya nada tiene que decirse, basta con que se sugiera. Los sentimientos se vuelven sólo conjeturas de sentimientos, las intenciones atisbos de intenciones y no hace falta llevar nada al acto. Adivinarle los deseos al deseante lo vuelve perezoso e ingrato.

IV.
Quiero aprender a no hacerle la tarea a los demás. Entender que si reprueban no es mi culpa y que yo no me puedo hacer cargo de los problemas del mundo. Quiero dejar de tener que demostrarme a cada momento; darles a los otros la oportunidad de ver o no ver, de interpretar o no interpretar, de amarme o no amarme, porque en la omnipotencia de correr de un lado al otro del salón para hacer mi trabajo y el de mi compañero no sólo hay soberbia, sino también algo de coerción. Quiero estar con alguien que me mire a los ojos y me diga “aquí estoy y no me voy a ningún lado”, alguien que me calle a besos, alguien que me diga “no me interpretes, malvada” y que me lo diga porque de verdad no hace falta, porque soy una neurótica insegura y porque de eso se trata estar juntos, de sobarnos nuestras diez cabezas y de irnos descubriendo sin prisa ni aprehensión.

¿Qué es el sexo?

La pregunta es retórica, todos sabemos lo que es el sexo. Sexo es cuando alguien le mete a alguien más el pene por la vagina. Excepto cuando ninguno de los dos tiene vagina; en ese caso, sexo es cuando alguien le mete el pene en el ano al otro. Aunque si uno de los dos tiene vagina y de todas formas le meten el pene por el ano, igual se considera sexo, eso ya es cuestión de gustos. La otra excepción es cuando no hay penes en la ecuación. En ese caso, sexo es cuando dos personas, generalmente con vagina, se introducen dedos y lenguas en sus respectivos genitales. Pero si hay un pene y hacen lo mencionado anteriormente, difícilmente se le denomina a eso sexo, se le considera más bien un foreplay, es decir, conductas sexuales previas al sexo mismo.
La terminología en este punto se vuelve un poco difusa, porque hay quien dirá que me equivoco, que usar la boca para manipular el genital del otro definitivamente es tener sexo y, de hecho, hasta tiene un nombre que apunta hacia esa dirección, “sexo oral”, pero no todos están de acuerdo con esa teoría. Clinton, por ejemplo, es uno de sus más asiduos opositores.
Alguna vez le escuché decir a alguien (a alguien con vagina) que, a razón de esa ambigüedad, ella le llamaba sexo a cualquier cosa que incluyera quitarse la ropa. Aunque también hay sexo con ropa, que eso no se nos olvide. Yo, en cambio, le llamo sexo a cualquier cosa que pase entre dos personas de la cintura para abajo y de los muslos para arriba. Pero aun así la verdad es que no siempre es sencillo contestar a la pregunta “¿tuvieron sexo?”. O sea, por ejemplo, si estaba alcoholizado y perdió la erección a los cinco segundos, ¿realmente se puede decir que hubo sexo?, ¿aunque nadie haya acabado (ni empezado propiamente)?, ¿Y qué es acabar? ¿Que él acabe o que yo acabe? Porque si tener sexo es que yo acabe tal vez no he tenido tanto como pudiera creer en un principio.
O a veces pasa justo lo contrario, como con el chico, que tenía el poder de ponerme la piel de gallina sólo con rozar su mejilla con la mía. Yo llegaba a casa sintiendo que había tenido un encuentro erótico de cierta índole y que, bueno, tal vez no pudiera llamarse sexo en sentido estricto, pero definitivamente era más sexual que el sexo entre caracoles o incluso entre algunos primates, como los pubertos.
Toda esta reflexión viene a colación porque de pronto me pareció hilarante ver cómo todos presumían tener sexo o ser muy sexuales. Y es que, pensándolo fríamente, ¿qué de presumible tiene intercambiar fluidos o frotarse unos con otros? Es como: ¡mira mamá!, ¡mira papá!, ¡mira Twitter y mundo entero!, ¡hoy friccioné mis genitales con otro individuo de mi especie!
Y hablando de genitales, ¿no les parece interesantísimo el valor que se les da? En serio, detengámonos un momento a pensar en ello: la característica primordial que distingue a los genitales del resto del cuerpo (más allá de su función reproductiva) es la enorme cantidad de terminaciones nerviosas que tenemos ahí destinadas para sentir placer; por eso nos los sobamos, porque sentirmos rico. Pero yo también siento rico en otras partes del cuerpo, como cuando me hacen cariñitos en el pelo o me toman la manita y la mano del otro está caliente y suave, o cuando me abrazan o cuando me muerden el cuello o la orejita. ¿Eso es sexo también? Porque si ese es el caso tengo que decir que he tenido sexo con demasiadas personas, ¡pensar tan sólo en todas las personas a las que he abrazado largo y apretado!, ¡uy, o a las que les he dado la mano en la iglesia! ¿O acaso eso no cuenta, sólo porque fueron muestras de afecto castas? ¿Qué es lo casto entonces? ¿Lo casto es decir “está bien, hazme sentir rico, pero no tanto”? ¿O sea, puedes hacerme cariñitos en el brazo o darme un masaje en la espalda, total que ahí no tengo tantas terminaciones nerviosas, pero por favor no vayas a bajar más, no, no, ahí no, por favor, ay, ahí no que siento mucho, ay, ay, así, sí, más?
De ser así, entonces no hay una verdadera diferencia entre un abrazo y una cogida, o si la hay es sólo una cuestión de cantidad y no de calidad. A menos, por supuesto, que el sexo no sea una cuestión del cuerpo sino que sea otra cosa, lo que explicaría, claro, las neurosis de la época, el malestar de la cultura, etcétera.
¿O si no por qué podemos tener cibersexo? La idea del sexo parece ser tanto o más poderosa que el sexo mismo. Y ese principio aplica también para el onanismo, quizá por aquello de las neuronas espejo: ver una orgía en un video es de alguna forma como estar en ella. ¿Pero entonces el cibersexo sí es sexo? Porque yo sé de alguien que lo practica y que sin embargo considera que le es fiel a su pareja, pero si yo me encontrara a mi novio con la mano en el pito y con su ex abierta de piernas en la pantalla, la neta yo sí lo mando patitas pa’ la calle. ¿Y qué me dicen del sexo en sueños? ¿O acaso mi cuerpo es el único que reacciona cuando le tocan su cuerpo imaginario?
El otro día alguien me contó de una pareja que, acostados uno al lado del otro pero sin tocarse, empezaban a decirse cosas hasta que venían. Sentí envidia: estaría padre estar tan compenetrado con alguien como para llegar al éxtasis juntos sin necesidad de estar ahí duro y dale en tus terminaciones nerviosas. Pero entonces, ¿qué putas es el sexo?
Primera hipótesis: el sexo es (la ilusión de) conectarse con otro. ¿Pero entonces el sexo casual no cuenta?, ¿o la gente de verdad se siente conectada con sus one night stands?, ¿y el sexo con los muertos?, ¿o con las gallinas? Segunda hipótesis: el sexo es (la supuesta oportunidad para) la suspensión de la propia subjetividad. Aunque entonces, ¿la meditación también es sexo?, ¿y la amnesia?, ¿y las drogas?, ¿y las multitudes? Tercera hipótesis: el sexo es la moneda de intercambio de la exclusividad. Esta hipótesis explicaría los celos (aun en relaciones que se dicen abiertas) y justificaría los costos del cortejo: tener algo que los demás no, el sexo como una conquista, etcétera. Pero no lo sé, lo más posible es que el sexo sea un remix de 106 hipótesis como éstas.
Y es que entre más crees saber qué es, más difusos se vuelven los límites. El otro día alguien me contó, por ejemplo, que para adaptar la ley a las perversiones de todo mundo, habían expandido la definición de “abuso sexual” a una que decía algo como “se considera abuso sexual cuando se introduce, en contra de la voluntad de la víctima, cualquier cuerpo extraño en cualquiera de sus orificios”. Yo en seguida me imaginé una crayola en un oído o un dedo en un nariz.
Quizá lo más acertado, visto así, sea decir que todo es sexo. Freud ya había llegado a una conclusión semejante: la libido como motor secreto del mundo. Y si ese el caso, no sería exagerado decir también que en este momento, queridos lectores, ustedes y yo estamos teniendo una relación sexual. ¿Lo sienten?

El amor en tiempos de exhibicionismo

Guardamos silencio. Guardamos silencio porque es lo único que podemos hacer cuando hemos decidido ya no estar juntos. Claro que podríamos hablar, podríamos hablar por horas de todo y de nada, adormecer la ansiedad con calidez y cercanía (como lo hemos hecho tantas veces), pero eso sólo sería postergar la muerte y ya la hemos postergado demasiado.
Guardamos silencio como cualquier pareja que termina y, dándose la espalda, comienza a caminar en otra dirección. No obstante, decir “otra dirección” es presuntuoso, como si las direcciones no fueran las mismas, como si nuestra cotidianidad no siguiera siendo la de siempre, con el mismo lugar laboral y el mismo gusto por la lluvia, las mismas neurosis y el mismo malhabito de vivir pegado al monitor.
Y si todo es igual, ¿cómo evitar que se sigan cruzando nuestras miradas? De pronto parece que seguimos caminando a la par y que bastaría con estirar un poco la mano para que nuestros dedos se volvieran a entrelazar. Somos unos magos de la coincidencia, cuántas veces no hemos compensado la distancia lanzando botellas al mar, conscientes de que el otro las recogerá y las leerá con atención.
No es nuestra culpa, el sistema ha sido configurado con esa finalidad. Llamémoslo Twitter, Facebook o Instagram, tenemos instaurado el panóptico foucaultiano y lo replicamos a voluntad. Actuamos para ser mirados, sólo así creemos que se legitiman nuestros actos, que no vivimos en vano. Como niños que necesitan ser observados por su mamá mientras colorean o incluso mientras juegan con otros niños.
El exhibicionismo ya no es una elección sino una forma de vida. Renunciar a él es renunciar a la manera que tenemos de relacionarnos, es fomentar el aislamiento, es ir contracorriente. En consecuencia terminamos siempre sufriendo, amando y zigzagueando en público. Eso sí, lo hacemos crípticamente y con reveses retóricos, para que además de desahogo o de mensaje en clave Morse sirva de espectáculo para los no enterados.
El problema es que cuando uno sólo quiere vivir su dolor sin hacer de eso una consigna, ya no encuentra dónde. Incluso callar es despertar alarmas. Y todo, absolutamente todo, alimenta al lobo de las ansias y de las ganas, hasta que éste muere de indigestión.
Así me siento hoy, indigesta. Indigesta de mensajes ocultos y verdades a medias, de esperanzas enfermas y dolores que compartimos en lo metafísico mientras en lo físico nos morimos de frío. Estoy cansada de morir de frío, de llamar amor a la copatía, de alimentarme de atisbos de intenciones y de vivir buscando desesperadamente la mirada del otro. Un segundo, dos segundos. Un fav. Siguiente tuit. Como si algo de eso cambiara este desolado escenario.
Esta vez tengo ganas de buscar la paz en otro lado. Me pregunto si lo lograré y por cuánto tiempo. Guardar silencio de verdad. Ser una avestruz. Pasar una hora viendo el techo de mi cuarto sin desquiciarme o encontrar un entretenimiento enajenante y amistoso. Tal vez empiece por ver Mad Men, tanto que me la han recomendado.

[Qué ironía, empezar mis objetivos de recogimiento publicando un post, qué poco contundente soy. Es sólo que… te quiero y esto me pesa, me pesa mucho].

Mis historias

The memory of all that—
No, no! They can’t take that away from me!

Tenía nueve años cuando mis padres me avisaron que nos iríamos a vivir a Puebla. Tres meses después ya teníamos casa, escuela y camión de la mudanza. El cambio no fue traumático (a diferencia de mi regreso al DF cuatro años más tarde), finalmente era una niña y el mundo me seguía pareciendo nuevo cada vez, mis raíces no eran profundas. Poco tardé en pertenecer a una “pandilla” en mi fraccionamiento, en tener una mejor amiga y en que me gustara un niño. Ese mundo se volvió mío en un parpadeo.
No obstante, algunos efectos sí tuvo en mi personalidad, siendo quizá el mayor de todos mi afán por recordar. Allá no conocía a nadie ni nadie me conocía, de manera que si quería dar cuenta de mí tenía que narrar yo mi propia historia. Había perdido la intersubjetividad como forma de continuidad histórica y eso me angustiaba, o cuando menos me ponía en guardia. De ahí en adelante, la prueba de mi existencia estaba sujeta a mi capacidad para narrarla y lo sabía. Requería atención y registro. Empecé a escribir. Había cierto sentimiento apocalíptico y solitario en mi afán por poseerlo todo, pues sabía que así como había llegado, un día me tendría que ir. Pero los recuerdos, esos nadie me los quitaría. Podían negarme el mundo pero no mi apropiación de él.
A partir de entonces, comencé a contarme mi historia. Acomodé mi vida por fechas, por personas, por edades y por eventos. Nada qué reclamar: sano o no, es un hábito que me ha proporcionado muchos placeres. Sin embargo, esta semana he estado pensando mucho en sus inconvenientes: el problema de que las historias sean lo único que tienes es que se vuelve demasiado importante compaginar las versiones, cuidar los testimonios y aclarar los malentendidos. Creo que no hay cosa que me despierte más angustia que una historia tergiversada por el enojo o el dolor.
Me pregunto qué tanto merma eso mi libertad para reaccionar: ¿por qué no puedo irme de una relación azotando las puertas como hace todo el mundo?, ¿por qué me mortifica tanto pensar en las interpretaciones que haga el otro sobre mis actos?, ¿por qué requiero que éste sepa lo que pienso o siento cuando la guerra ya está a todas luces perdida?
Mi necesidad por cuidar de mis historias llega a grados desorbitados. Defiendo a capa y espada los momentos valiosos, repito los diálogos dignos de ser recordados, termino mis conversaciones con corolarios sobre lo hablado y no me importa si en el camino sacrifico mi dignidad o subestimo a mi interlocutor y a su capacidad hermenéutica.
Sé cuán absurda e impráctica es esta manía mía y ahora que es consciente, intento refrenarla con todas mis fuerzas. Pero no es fácil. Y es que ustedes no saben qué es sentir que de verdad las historias son lo único —lo único— que tienes…

Textos (medianamente) relacionados:
Deseo de caos

Cartas

I.
A veces extraño que mis seres queridos se encuentren lejos. La distancia es la condición para la escritura, es decir, para el diálogo reposado. Cuando estaba en Madrid pasaba días enteros escribiendo cartas a mis padres, a mis amigos, a mi amor de entonces. Mi cuarto era un caos y yo me sentaba a la mitad de mi cama enorme, con una cobija sobre las piernas, y me ponía a escribir. Cerraba los ojos y miraba para adentro. Me sentía tranquila. Entonces podía comenzar ese ritual acompasado de compartirme, de describir los pequeños eventos de mi vida cotidiana. Podía hablar del aire helado abofeteándome la cara y de la gente que veía en el metro, de mi gusto por caminar a la orilla del río, de los cuadros que pintaba mi roomie o de cómo Buñuel estaba afectando mi forma de soñar. No había prisa; las cartas son organismos sin tiempo. Ajena a las reglas de lo pragmático, podía respirar en esas epístolas, podía ser sincera.
Ahora las personas importantes de mi vida están cerca y no siempre sé cómo acercarme a ellas. En las charlas cotidianas, hay poco margen para la reinvención. ¿Cómo contarles un evento al que ellas mismas asistieron pero que yo viví de forma completamente distinta?, ¿cómo romper la inercia estructural del cómo-estás-bien-gracias? Las discusiones con mis padres ahora son inmediatas, no le dan tiempo a la comunicación. ¿Y qué decir de mis amigos? Mis amigos se organizan para ver el futbol mientras yo tengo frío en los pies y estoy desganada. Pienso entonces en mi cobija de Madrid, esa que me ponía sobre el regazo para escribir cartas.

II.
Esta semana escribí una carta. Dos, a decir verdad. Una al chico y otra a Nivo, mi mejor amigo. Del primero recibí una línea por respuesta y del segundo nada. Era esperado que así fuera. Nivo está ocupado y tiene otras prioridades. El chico guarda su distancia y con justa razón: intimar mediante la palabra, hablar de un «nosotros», es un actividad de pareja y él no quiere que seamos una. Se entiende.
Sentí la desolación de una potencia desperdiciada. Ahí estaba yo, poniendo el corazón en cada palabra, secándome las lágrimas para continuar y queriendo ser sincera para que al final todo aquello fuera un ejercicio inútil, como hablarle a una pared. Hasta me dieron ganas de hacer algo más con esas letras, de dárselas a leer a otra persona; una que de hecho me leyera, una con quien pudiera hablar de esta desolación impotente.
Pensé: quizá ahí está el gran poder de la epístola, un poder que vuelto en contra se convierte en un inmenso vacío. Cuando uno escribe una carta y se toma el tiempo de pensarla y corregirla, de poner ahí sus mejores metáforas, está diciendo: tú, destinatario, me bastas. Tu mirada es suficiente para que mis palabras valgan. Y es que al final, ¿qué es el amor sino una apología de la exclusividad? Decir «tú» y que ese «tú» se diferencie de todos los otros «tú» sobre la Tierra: quiero que me leas, que me mires, que me tomes.

III.
Ahora ya no tengo a quien escribirle cartas. Debería de regresar a escribir en mi diario. Y es que así, sin epístolas (sin Otros significativos), la cotidianidad se vuelve muy ruidosa. No queda lugar ya para el diálogo reposado, para cerrar los ojos y mirar hacia dentro. Se me han acabado las miradas redentoras. Me falta el aire.

Autoconcepto

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde…
—Pizarnik.

 

De todas las prisiones autoimpuestas, el autoconcepto es definitivamente una de las peores. No es el de todo nuestra culpa: nuestro entorno es su cómplice, nuestro inconsciente su caldo de cultivo y nosotros sólo somos sus víctimas. No obstante, sea cual sea su genealogía perversa, lo cierto es que siempre nos juega malas pasadas.
Lo hablaba con el chico esta semana: ¿por qué no puedo confiar más en mi capacidad?, ¿por qué no puedo erigirme como escritora y presumir mis escritos? Cientos de personas menos capaces que yo reciben mayor reconocimiento únicamente porque van por la vida con aire mesiánico, hinchando el pecho y presumiendo lo mucho que saben y lo talentosas que son. Habría que pensar si no cavo yo mi propia tumba al no jugar esos juegos y habría que ver si, bajo esa línea, no merezco mi propio fracaso.
Y es que el mundo no tendría por qué tener la paciencia de atravesar mi coraza de inseguridades para descubrir «mi verdadero ser». Quisiéramos que el reconocimiento llegara por sí mismo, sin tener que ensuciarlo con falsos trucos de magia y relaciones públicas, pero ni modo, eso también es parte del proceso, así como la portada lo es de un libro.
Lo mismo para los demás: recientemente he descubierto que tiendo a mantenerme cerca de personas cuyo autoconcepto, a mi parecer, difiere de la realidad. Como si quisiera romperles el hechizo, prestarles un espejo y decirles: «no, mira, no eres el monstruo que crees que eres». Ansío con todo mi ser que se den cuenta, no soporto pensar que se vean tan chuecos y tan sucios cuando no lo son. Entonces me desespero, me duele la panza y quiero convencerlos a toda costa de su belleza.
Sin embargo —sobra decirlo— siempre fracaso. Quizá porque desde el principio lo he planteado todo al revés. ¿Qué me dice que mi espejo es más exacto que el suyo, para empezar? Tal vez es sólo mi negación la que no me permite ver monstruos ni cuando los tengo enfrente. Y aun suponiendo que de hecho mi espejo sea más acertado que el suyo, ¿quién me ha hecho creer que la tarea de sacarlos de su error es mía? ¿Mi soberbia? Yo no puedo obligar a nadie a que se tome su medicina, sobre todo si consideramos que yo soy muy mala tomándome la mía.
Uno no elige salvarse. Lo intenta, hace lo que puede, pero no basta con eñ simple deseo, el camino es siempre más largo o no ofrece garantías. A veces uno cierra los ojos y se dice «no soy un monstruo, no soy un monstruo» pero de todas formas, cuando los abre, se mira en su espejo y se sigue viendo así. Y como se ve así, así actúa; y como así actúa así lo empiezan a tratar los demás, etcétera. Es una pesadilla sin final.
El problema del autoconcepto es que no se rige por un criterio de verdad sino por un sentimiento. De nada me sirve que me digan que soy talentosa si yo no me lo creo y, si yo no me lo creo, me aseguraré de que se vuelva cada vez más difícil para los demás descubrirlo, hasta que toda mi posibilidad de florecer termine sepultada. Y lo mismo para el resto de los ámbitos.
Los conceptos afectan a las cosas. Una visión trastocada del mundo acaba creando un mundo trastocado. Visto así, tal vez debiéramos creerle más al otro cuando nos vende su autoconcepto hecho trizas, pues aunque esté equivocado, difícilmente resistirá la tentación de intentar demostrarnos lo contrario, aunque para ello tenga que desfigurarse la cara…