Vivir una sola vida

Cuando estaba en la universidad lamentaba no poder vivir más que una sola vida. Lo decía con esas palabras, “vivir una sola vida”. Me parecía demasiado poco. El mundo era tan grande, las personas tan diversas, las profesiones tan múltiples y tan atractivas y yo, ¡puta madre!, yo viviendo una sola vida. Me resistí: tomé clases de oyente de letras y sociología al mismo tiempo que estudiaba filosofía, tuve dos novios simultáneamente y me embarqué en toda clase de proyectos; era al mismo tiempo presidenta de la sociedad de alumnos que clown que modelo de bodypainting; hice spinning, capoeira y yoga, estudié francés y portugués y estuve involucrada emocionalmente con un pandroso tatuado, con un rocker, un intelectual y un fresa.
Sobra decir que no pude sostener ese estilo de vida por mucho tiempo y terminó cayendo por su propio peso, pero cuando eso ocurrió, más que alivio sentí pesar. Una cosa es que me hubiera dado cuenta de que la bigamia —por ejemplo— no era tan atractiva en la práctica como en la teoría, y otra muy distinta era que viera a mi nueva pareja como el alfa y el omega del deseo. Una cosa es que me hubiera resignado a vivir una sola vida y otra que mi imaginación dejara de volar entre mundos posibles.
Aún ahora es fácil encontrar vestigios de ese rasgo en mi yo actual. Finalmente me apetecen muchas cosas y no veo por qué tendría que renunciar a ellas sólo porque se salen de mi estrecho rubro de existencia. Es decir, ¿por qué no habría de intentar hacer una escultura de barro con los ojos vendados si muero de ganas?, ¿por qué no podría aprender Pole Dance o jugar videojuegos? Renunciar a esas cosas sólo porque me sé torpe o porque me vendo como intelectual [sic] me parece una estupidez.
Pero al mismo tiempo, creo que empiezo a entender el verdadero valor de una vida unificada y puedo decir por vez primera que me causa más alivio que pesar ser sólo una. Lo noto de forma clara en dos campos de mi vida: el laboral y el amoroso.
Cuando me ofrecieron trabajar en donde estoy ahora, ponderé la posibilidad de seguir dando clases y de continuar corrigiendo la revista. Cuando lo discutí con mi analista ella me dijo: “eso depende de cuánto quieras dividirte”. Rechacé las clases. Luego la revista me rechazó a mí y sentí, dentro de todo, un gran descanso. Las razones eran varias, pero una importante era esa: ahora sí podía darme el lujo de vivir una sola vida, de no tener que fragmentar mi atención ni mis horarios y de no tener que rendirle cuentas a distintos jefes porque, como es bien sabido, cuando uno hace eso es normal que acabe fallándole a alguno.
El otro campo, el amoroso, no requiere mayor explicación: la conquista masiva como deporte extremo agota, los labios se vuelven sólo labios y los encuentros hechos aislados que no se articulan en el tiempo ni significan nada. Por eso, cuando de repente uno se vuelve sólo uno, descubre que se siente bien; abre los ojos y aparece frente a él un otro que también se muestra con unidad (es decir, como una persona completa), y como tal resulta hermoso.
Esto lo pensaba esta mañana cuando me ponía los aretes. Cuando era universitaria (o sea, cuando hacía todo lo que describí en el primer párrafo) era normal que usara un arete distinto en cada oreja, uno pequeño en la derecha y uno largo en la izquierda. Luego perdí el hábito y un día que lo volví a hacer mi psicoanalista lo notó e hizo hincapié en ello: según ella mi discurso fragmentado de aquel día correspondía con esa asimetría indumentaria. Quien sabe. A mí me parece estética esa asimetría y exagerado su juicio. Pero en cualquier caso no voy a negar que es lindo aprender a sentirme cómoda también con la simetría de una persona ordinaria, sin mil cabezas.

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Pequeña reflexión sobre Dr. House

Como la mayoría de las series gringas, Dr. House duró mucho más de lo que tenía que durar. En realidad, debió de haber terminado en la quinta temporada, cuando es internado en el hospital psiquiátrico. En esa parte, el personaje adquiere cierta madurez y comienza a negociar consigo mismo de una forma verosímil y emotiva. Tras alcanzar lo que parece ser el punto álgido de su autodestrucción, se da cuenta de que no puede seguir así, reconoce por primera vez su pulsión de vida y su capacidad de amar, renuncia al Vicodin y comienza a vincularse afectivamente con los otros, aunque sin dejar de ser él.
Después, viene la decadencia de la serie. El personaje se estanca y la trama se vuelve una sarta de arbitrariedades sin consecuencias. Lo mismo puede matar a alguien que no matarlo, dejar las drogas o volver a ellas, andar con Cuddy o dejar de andar con ella y no pasa nada. Pierde credibilidad y también pierde la posibilidad de una síntesis razonable; ya nada de lo que haga puede salvarlo de sí mismo. En estas condiciones, era natural que ningún final nos resultara satisfactorio: ya había agotado todas sus opciones.
Sin embargo, es ahí donde reside el verdadero drama de House: House no puede salvarse de sí mismo porque ha forjado su identidad alrededor de aquello que odia, su propio dolor. En otras palabras, lo que lo constituye es lo mismo que lo destruye. Por eso no puede deshacerse de lo que lo destruye porque eso implicaría, ¡oh paradoja!, destruirse también. Recordemos que en algún momento de la serie él encuentra la fórmula para deshacerse de su dolor (no recuerdo los detalles, alguna droga experimental o algo así) pero renuncia a ella porque se da cuenta que sin dolor deja de ser él, el doctor genio.
Me pregunto si no somos todos un poco así. Es lo que en psicoanálisis se llama ganancia secundaria: obtenemos goce incluso de aquello que a nivel consciente rechazamos con todas nuestras fuerzas. Las dicotomías se establecen como tales solamente en el discurso, pero en nuestro interior no sólo se mezclan sino que se complementan. Por eso el equilibrio siempre es precario y provisional, pues aunque se concierte batalla a batalla, nunca se gana la guerra. Y es que a veces es preferible un bastón que compense la cojera a una caída libre sin compensaciones.

Personas como productos

I.
El otro día escuché a alguien decir que si no seguía en Twitter a su autor favorito era porque creía que leer su material inédito, lejos de aportarle algo, le contaminaba la lectura de sus grandes obras. Este juicio es más o menos común y no se ciñe exclusivamente a los autores de prestigio: es bien sabido que la gente en Twitter da unfollows todo el tiempo por razones completamente frívolas y pragmáticas, nadie se detiene a hacer una ponderación real sobre si quien está del otro lado merece ser leído. Se entiende: Twitter no es una red hecha para conocer personas tanto como para entretenerse con personajes, la vida de los otros llega a nuestros ojos a manera de espectáculo y nosotros mismos estructuramos nuestro discurso para conseguir aplausos; por eso, si la puesta en escena no nos satisface, abandonamos la sala sin el menor reparo.
Esto me recuerda “Queremos tanto a Glenda”, aquel cuento de Cortázar en el que un club de fans opta por matar a la actriz a la que idolatra. Primero empiezan admirándola, luego comienzan a corregir en un laboratorio los pequeños signos de imperfección de sus películas (la quieren tanto…) y, cuando por fin creen que han logrado resguardar su belleza impoluta, se enteran de que la actriz participará en un nuevo rodaje. Deshechos, no tienen más remedio que matarla.
En ambos casos (el ficcional tomado como hipérbole del cotidiano), la persona deviene producto y, cuando falla como producto, se aniquila también como persona.

II.
Mi padre me explicaba el otro día la diferencia entre la culpa y los celos según su gran gurú: los celos —decía— son el resultado de la cosificación del otro, mientras que la culpa es el resultado de la autocosificación. La primera parte no tiene nada de novedosa y se puede considerar una definición cuasi universal, pero la parte concerniente a la culpa es interesante: ¿por qué sentir culpa es autocosificarte? Porque —diría el gran gurú— es creer que para valer debes de adaptarte a las expectativas externas. Así como el celoso cree que el otro debe de supeditarse a sus deseos y suprimirse como sujeto deseante (cfr. Deseo del otro), el culpígeno cree que falla por no ajustarse a los deseos (reales o imaginarios) de los demás.
Tanto uno como otro pierde de vista lo obvio: que somos sólo quienes somos, imperfectos, deseantes y extraviados. Para el cosificador (celoso o culpable) siempre hay falla, porque en el momento de concebir al otro o a sí mismo como cosa, le impone unos límites que no le pertenecen. Lo mismo que con Glenda, siempre hay forma de encontrar el error en la película, la infidelidad de la custodiada o la equivocación en el autorecriminador. No se pueden eliminar las variables extrañas porque éstas conciernen a lo humano.

III.
Distingamos dos momentos: uno es el de la cosificación y otro es el de la concepción productiva del mundo. Me atrevo a decir que de la primera está plagada la historia de la humanidad, y si quieren más detalles pregúntenselo a las feministas. La segunda, en cambio, se me antoja nueva y parece más un resultado del capitalismo: nos hemos acostumbrado a evaluar nuestro mundo circundante con base en su utilidad y a desechar todo aquello que nos deja de servir.
Ahora, más que nunca, nuestras relaciones son breves y nuestra indolencia grande. Ya no tratamos con personas sino con fragmentos de personas, por eso somos capaces de callar con el poder de nuestro unfollow a alguien sólo porque tenga hambre o porque no use bien sus diacríticos. Rechazamos a priori todo lo que no sea estimulante o novedoso, nos alejamos de nuestros seres queridos en cuanto empieza a ponerse fea la cosa y no nos ensuciamos las manos ni por error. Tal y como ocurre con los iPads, si algo se alenta hay que tirarlo a la basura, matarlo como a Glenda. Pero eso sí, luego nos preguntamos a qué se debe esta infame soledad…

No saber

Yo sólo sé que no sé nada. Sócrates

Todos recordamos la tragedia de Edipo Rey: Edipo mata a su padre y se casa con su madre, pese a los intentos de todos por evitarlo. Cuando es un recién nacido, el Oráculo de Delfos vaticina lo que ocurrirá, por lo que sus padres deciden deshacerse de él y dejarlo en el bosque para que muera. Pero él no muere y crece con otros padres, los reyes de Corinto. En algún punto a Edipo le llega el rumor de que ellos no son sus verdaderos padres, lo que lo lleva a consultar él mismo al Oráculo, el cual arroja la misma predicción que la vez anterior: matará a su padre y se casará con su madre. Para evitarlo, se aleja de quienes él cree que son sus padres y llega a Tebas, su hogar originario, en donde, ¡oh sorpresa!, mata a su padre y se casa con su madre.
La pregunta que todo mundo se hace cuando lee la historia es: ¿qué hubiera ocurrido si no hubiera existido tal vaticinio? Seguramente nada. Lo augurado se cumple precisamente en la medida en la que se intenta evitar, pero si nadie hubiera sabido que tal cosa ocurriría, no habrían tenido algo que evitar y, en consecuencia, no lo habrían provocado. El destino es la serpiente que se muerde la cola.
En la vida diaria eso pasa todo el tiempo. Mi ejemplo favorito de esto es cuando un grupo de amigos convence a una parejita de que deben de estar juntos; entonces van con uno y le hablan del otro, le dicen que ese otro tiene interés en él, que debería de considerarlo. Luego van con el otro y repiten la letanía. Un mes después, milagrosamente, la parejita ya está encamándose. ¿Qué los unía en realidad? Nada, un supuesto, el supuesto falso de que el otro estaba interesado en ellos, de que había potencial, aunque no fuera cierto.
Saber algo (creer que se sabe, sea cierto o falso) ya es darle existencia. Las palabras tienen realidad y una vez que se interiorizan ya no hay vuelta atrás, generan una consecuencia (You can’t take it back, it’s out there). Por eso en ocasiones basta con que alguien nos sugiera algo para que ese algo se anide dentro de nosotros y lo rompa todo, como si de pronto adquiriéramos permiso para contemplar una posibilidad que no habíamos contemplado (¿y si sí me gusta?).
Bajo ese mecanismo construimos un sinfín de ficciones, como cuando creemos que somos algo que no somos sólo porque nos lo han dicho en repetidas ocasiones, o cuando soportamos lo insoportable sólo porque estamos convencidos de que tal cosa nos hace felices, aunque sea evidente que nos esté matando. El problema es que una vez que creemos saber, dejamos de ver.
Eso lo sabía muy bien Sócrates cuando dice en un diálogo platónico su famosa frase “yo sólo sé que no sé nada”: para poder acceder al verdadero conocimiento, es crucial habitar primero la propia ignorancia. Quien no sabe (quien sabe que no sabe), se encuentra abierto a la vida y a las pequeñas señales que ésta manda. Quien sabe que no sabe es hospitalario con lo nuevo, porque no ha trazado todavía el límite entre lo propio y lo ajeno.
Por eso, a veces no saber es una ventaja. Si al conocer a alguien supiéramos exactamente las historias que nos esperan con esa persona, posiblemente no sabríamos cómo actuar, querríamos apresurar o evitar lo que está escrito y acabaríamos poniendo todo de cabeza nosotros solitos. Entre más sabemos (o más creemos que sabemos), más incompetentes somos para vivir, pues la vida no es tanto un conocimiento como una intuición o un sentir. Sólo quien sabe vaciarse de sus propias creencias, impuestas o heredadas, puede aspirar a la autenticidad y aprender el complejo lenguaje de sus voces interiores, aquellas que le dicen lo que está bien y lo que está mal, vaticinios aparte.

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Una sensación

Registro de una sensación al azar

De repente, a media mañana en la oficina, me invade una profunda paz. Podría hablar de las causas profundísimas de ese sentimiento, del momento por el que estoy pasando en mi vida actual, etcétera, pero en realidad, en esta ocasión creo que se trata de algo mucho más sencillo: es un recuerdo sensitivo-emocional lo que me invade.
Cuando era niña solía ir los fines de semana a un club deportivo a nadar o a chapotear toda la mañana, o a veces iba a Cuernavaca a mi vieja casa (donde viví mis primeros años de vida) y ahí pasaba todo el día en traje de baño, correteándome con mi hermano. En verano se repetía ese escenario en la playa: juegos con los rayos del sol sobre la piel, el pelo húmedo y el contacto constante con el agua. Por la tarde nos bañábamos y yo, agotada, sentía un sopor tranquilizante, semejante a la felicidad. Ya no me quedaba energía para resistirme a nada, tenía algo entre sueño y paz mental y se sentía bien.
Ese recuerdo sensorial es quizá el más intenso que tengo de mi infancia (o el que más se repite, al menos). Nunca he sido muy receptiva a los olores o a los sabores pero, en cambio, el mundo se me ha abierto sensitivamente desde que era muy pequeña, y cuando tengo una sensación física similar a una anterior, inmediatamente me despierta aquella emoción con la que estuvo vinculada en la primera ocasión.
En este caso, mi paz mental encuentra su correlato en el recuerdo antes descrito. Ocurre que estoy durmiendo un poco menos de lo que acostumbraba dormir; me despierto temprano para ir a hacer ejercicio, regreso a casa a bañarme y luego ya me voy a trabajar. En la oficina hace calor y, aunado a todo lo anterior, me evoca de pronto esa sensación añeja de sopor, de cansancio físico, de calma y de humedad (mi pelo tarda horas en secarse). No tengo energía para resistirme a nada, tengo algo entre sueño y paz mental y se siente bien. Hasta parece que vengo de jugar.

Saber ver

Enamorarse es individualizar a alguien
por los signos que causa o emite. Es
sensibilizarse frente a esos signos,
hacer de ellos el aprendizaje.
Deleuze, Proust y los signos.

El amor es un asunto de miradas. El deseo de ver al otro (de descubrirlo, de observarlo, de saborearlo) y el deseo de ser visto por el otro (de ser reconocido, de ser aceptado, de ser admirado) son motores frecuentes en cualquier encuentro romántico. El enamorado anhela ver y es, precisamente, ese mismo anhelo lo que le permite ver.
El otro día lo platicaba con respecto a las ciudades. Antes de que yo pisara Madrid ya sabía que me iba a enamorar de ella porque tenía la mirada predispuesta, esa mirada de extranjera, proclive al asombro. Todo aquel que viaja, en general, viaja con esos ojos: con los ojos de quien está dispuesto a dejarse fascinar. La sola predisposición afectiva reconfigura la realidad de otra manera (cfr. Heidegger).
En cambio, cuando se trata de la propia ciudad, uno tarda más en aprender a apreciarla porque la usa para vivir y experimenta en propia piel sus desventajas. No se da el tiempo de contemplarla. En mis últimos días en México antes de irme, me di cuenta con tristeza de ese fenómeno: habitada por una perenne nostalgia del presente visité el centro, era de noche y llovía, entré a una mezcalería llena de colores y clientes diversos, y sentí por primera vez ese amor por mi propia ciudad, un amor que sólo podía surgir en esas condiciones, un amor de quien lo observa todo desde afuera y se deja afectar por su vida y su belleza.
Yo estoy consciente de que hay cosas y personas que, bajo esta lógica, no sé ver. Incluso se lo he llegado a decir a alguien: discúlpame, pero es que no te sé ver; es decir, no sé dimensionar tus atenciones, no sé dejarme afectar por tus manifestaciones de otredad. Uno requiere de una clave afectiva específica para poder descifrar el código que tiene enfrente; si no tienes la llave, no puedes abrir la puerta.
Lo que cambia cuando uno está enamorado es el nivel de receptividad: abrimos los sentidos hacia el objeto amado y nos dejamos conmover por él. Por eso en los idilios son tan importantes los gestos y los tonos, las cosas pequeñas, porque todo habla, habla el cuerpo, hablan las intenciones y habla el silencio.
Los primeros signos de deterioro en una relación aparecen cuando esa receptividad se apaga y dejamos de anhelar ver y ser vistos. Pensarlo sirve incluso como examen. En mi última relación, por ejemplo, yo necesitaba ser vista pero al final ya no me interesaba ver. Y en la anterior a esa, su mirada no me era suficiente y todo el tiempo buscaba ser vista en otros ojos, fervorosamente, al grado de descuidar la relación.
Pensamiento fatalista: ¿y no es cuestión de tiempo para que uno empiece a ver lo amado desde adentro? Es decir, si lo pensamos con las ciudades, ¿que no lo natural hubiese sido que, a la larga, perdiera mis ojos de extranjera y me volviera también indiferente a Madrid? Es posible. Por eso siempre le he temido a la cercanía indiferenciada, porque no da tiempo para la apropiación. Y por eso considero tan importante el ejercicio constante de la reflexión, porque aunque estoy consciente de que es también un vicio defensivo y estorboso, pensar es ver las cosas desde afuera, es fotografiar lo que se está moviendo para poder examinarlo de cuando en cuando.
Aun así, vivir es también darse el lujo de acceder a las cosas desde adentro. De ir a la Gran Vía a comprar lencería al H&M sin pensar en nada más. De mentar madres por el tráfico. En ese sentido, la ceguera cotidiana no sólo es inevitable sino que también es necesaria. Es necesario no pensar en el otro para estar con el otro, para ir al cine con él o sólo llamarle a maldecir sobre tu trabajo. El flujo es bidireccional: tan indispensable es querer de afuera hacia adentro como de adentro hacia afuera, mirar pero también dejarse mecer, con los ojos cerrados, por la pura inercia de una ciudad que aun cuando no te hace suspirar te acoge con sus ritmos y sus luces.

[Te miro].

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Pluralidad de códigos

O sobre las ventajas del Internet.

I.
¿Cómo podríamos distinguir a una persona real de una máquina?, discutíamos en alguna ocasión en mi clase de Filosofía de la mente. Si supiéramos que en un grupo hay alumnos humanos y alumnos robots, ¿habría forma de separarlos? Al respecto el profesor contestaba: un alumno robot podría participar en clase, podría debatir y hasta aportar argumentos inteligentes como resultado de una lógica formal impecable; dentro de una dinámica de clase, sería imposible saber quién es humano y quién no. No obstante, si hubiera un temblor, un alumno humano sabría dejar la pluma a mitad del examen, sin importarle nada más, y salirse del salón para salvar su vida. Un alumno robot, en cambio, no podría entender que ese es un estado de excepción y continuaría con el examen. En otras palabras, los robots con lo que tendrían dificultad es con cambiar de un marco de referencia a otro.
Se les podría programar qué hacer en caso de temblor (o en algún otra situación extraordinaria), es cierto, pero ocurre que en la vida cotidiana los marcos de referencia son casi infinitos y cambian continuamente. Es de hecho como creamos el humor, saltando de un marco de referencia a otro sin avisar (yo quiero morir dormida y tranquila, como mi abuelo, y no gritando como los cuarenta pasajeros del camión que él conducía). Así pues, la inteligencia artificial difícilmente podría igualar la inteligencia humana porque ésta última debe su flexibilidad a su capacidad de ser ilógica y aun así, seguir teniendo sentido.

II.
Me llama mucho la atención conocer a personas que son inteligentes e intransigentes simultáneamente. Mi padre es una de ellas. Me cuesta trabajo concebirlo porque en mi mundo una y otra característica son excluyentes: si quieres entender algo debes de poder verlo también desde el otro lado. Esa concepción quizá se la debo a mi deformación profesional como filósofa, en la que construir y deconstruir van siempre de la mano. Pero también creo que hay otro elemento que nos distingue: yo, a diferencia de mi padre, pertenezco a la generación del Internet.
Ahora que estamos en tiempos electorales, por ejemplo, mi padre puede mantener sus prejuicios (antiAMLO, en su caso) con relativa facilidad, mientras que yo, lo quiera o no,  estoy expuesta diario a infinidad de noticias, ensayos, chistes en Twitter, reveses y contrareveses que, aunque también tienen una tendencia ideológica (no sigo a ningún proPeña), bien o mal me obligan a replantearme las cosas. Es decir, los que vivimos en Internet estamos acostumbrados a movernos entre opuestos. Es de hecho el pasatiempo preponderante de los cibernautas: señalar lo ridículo en lo serio, lo alarmante en lo trivial y lo ideológico en lo neutral.
De igual manera, cuando salgo a tomar un café con un amigo, no es infrecuente que lleguemos a nuestras casas a mandarnos links sobre lo que hemos platicado, pues estamos acostumbrados a mantener charlas hipertextuales. Y lo mismo en las reuniones tuiteras en las que uno sabe que tiene la libertad de decir “no, de cabeza no porque me enamoro” (?) o quizá “se acabó para siempre, así no” o tal vez “se parece tanto al amor”, y que los demás entenderán que el comentario tiene más de un nivel de lectura, que no se debe de tomar literal pues el particular (comentario concreto) contiene una forma universal (su uso popular en Twitter). Esa es la maravilla de los memes, en mi opinión: te brindan la posibilidad de verter tu fondo en formas preestablecidas, te permiten romper tu molde a partir de tomar prestados otros moldes y con ello te hacen entender la versatilidad de los roles.

III.
Yo por eso creo, de entrada, que tengo más que platicar con una persona con Twitter que con una sin él (aunque sea un prejuicio como cualquier otro), porque la persona con Twitter probablemente esté en constante contacto con pluralidad de códigos y tenga ejercitada la habilidad de moverse de un marco de referencia a otro en poco tiempo. Y lo mismo aplica para los usuarios de Internet en general: la generación cibernética está acostumbrada a ver lo mismo un gato con cuerpo de pop tart cagando un arcoiris (Nyan Cat) que el documental de un genocida en Uganda (Kony) o el video de un cantante ruso de sonrisa histriónica (Trololó) cuyo nombre es una unión entre Troll y lol y que eso ya define su impreciso pero claro uso en la web. El cibernauta promedio, además, está acostumbrado a comenzar su búsqueda en un lugar y acabar en otro completamente distinto, a distraerse con los videos relacionados de lo que está viendo o abrir un link que puso un amigo suyo en Facebook y acabar, inexplicablemente, investigando sobre la mamá de Napoleón.
Esa exploración digresiva y esa capacidad para concebir más de un nivel de sentido en cada cosa, se traduce en flexibilidad mental y nos permite pensar de forma menos lineal. Es, inconscientemente, un ejercicio de tolerancia que estimula tanto nuestra creatividad como nuestra empatía y que nos hace más humanos y menos máquinas. Entre más amplia sea nuestra diversidad de códigos, mayor es nuestra capacidad de entender la complejidad de las cosas, de ver tonalidades de grises y de acceder a otros lenguajes. Esto último, claro está, no se limita al Internet, aplica también cuando uno aprende un nuevo idioma o cuando viaja a un nuevo lugar o cuando se lleva con gente distinta a la que está acostumbrado; lo importante es saber ver, pero para eso es esencial renunciar a la seguridad que daban las verdades lineales de cuando el mundo era uno solo, es decir, de cuando era posible encerrarse en una sola versión del mundo, la que heredabas de tus padres y la que compartías con tus vecinos. Hoy el mundo se abre frente a nuestros ojos y tenemos la oportunidad de abrirnos con él.