De amor y representaciones

Every time I look into your eyes
I see a reflection of me
a distorted vision of reality.
—Yellow Butterfly,
Tahiti 80.

Quizá el amor sea, entre otras cosas, el fenómeno bajo el cual nos identificamos con la representación mental que hace el otro de nosotros. Es decir, cada persona que te conoce (y aun a veces las que no te conocen) te representa en su cabeza de alguna manera, te pinta como puede o como sabe y se vale de mnemotecnias arbitrarias para evocarte, como la típica persona que te recuerda siempre vestido de azul sólo porque una vez te vestiste así.
Esas representaciones funcionan como espejos y siempre nos identificamos con ellas a mayor o menor medida. A mí por ejemplo me inquieta mucho cuando me entero que le caigo mal a alguien. “¿Por qué?, no puedo evitar preguntarme. Siento curiosidad de ver a la Mariana que esa persona interiorizó y de ver qué tanto se parece a mí, y si creo que no se parece, quiero ver entonces dónde estuvo la confusión y quiero aclarársela, decirle, “no me retrataste con justicia, fíjate bien”. Es normal si consideramos que nuestra identidad es intersubjetiva; nadie está exento de sentirse afectado por la opinión de los demás porque los demás tienen un rol constitutivo en lo que somos.
Pero en el caso del amor eso se agudiza mucho más. El deseo por el otro parte del supuesto incorroborable de que éste posee una verdad sobre nosotros mismos de la que nosotros carecemos. “She/he gets me”, parece ser un sentimiento frecuente cuando estamos enamorados. El problema de dicha transferencia es que conforme incrementa su fervor, se incrementa también la necesidad de ser para el otro; es decir, de vivir sincronizando lo que somos con la representación mental que el otro tiene de nosotros, de asegurarnos de que reconozca nuestras virtudes, de que sea el primero en enterarse de los eventos relevantes de nuestra vida, étcetera. Por ese mismo motivo, cuando el ser amado se enoja con nosotros lo sufrimos de verdad, porque si él dice que somos un monstruo entonces somos ese monstruo, independientemente de que sea o no cierto aquello que se nos recrimina.
El reto está —creo yo— en saber cuándo frenar ese impulso y sobre todo, en aprender a decepcionarse saludablemente y asumir que nunca habrá una total correspondencia entre la representación y el objeto, pues toda representación está atravesada, invariablemente, por una intencionalidad invisible que lo distorsiona todo y que nos hace leer, por ejemplo, un gesto mínimo como la más dulce declaración de amor o un gesto cortés como una hipocresía o un insulto.
En cualquiera de los casos, la identificación se dará, pues es eso a lo que llamamos amor: a la configuración de un código privado que se exalta y se valida en la intimidad, a la posibilidad de ser más de lo que somos o de ser incluso alguien distinto y nuevo. Lo problemático es que una vez trazada esa identificación, desidentificarte es muy difícil. Es por eso que terminar con alguien resulta tan doloroso, porque implica morir simbólicamente; divorciarte de esa representación y ver cómo la mallugan sin siquiera tener derecho a réplica, o simplemente atestiguar cómo deja de tener vigencia y se va apagando poco a poco o va pasando al olvido. Saber que nunca más serás en sus ojos. Perder ese rincón de sentido. Recordar que estás solo. Y morir. Morir junto con la posibilidad de cualquier futuro, junto con todos aquellos atributos que sólo esa persona era capaz de identificar, junto con los recuerdos que no serán conservados en su memoria y junto con todo lo que esa persona te hizo ser y significar.

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No todo va a estar bien

Sospecha de quien se abriga en la frase “todo va a estar bien” y la utiliza como un mantra. Sospecha pues, de ti mismo. Te adelanto el resultado: es mentira, no todo va a estar bien. Y mucho menos si crees que basta con repetirlo en tu mente una y otra vez para cambiar el rumbo de las cosas. A eso se le llama pensamiento mágico y es un rasgo de la estructura infantil. Como el alumno aquel que cree que merece aprobar el examen porque “le ha echado muchas ganas” (whatever that means) o como quien en silencio espera que el otro infiera sus deseos más secretos y se los conceda.
Lamento decepcionarte: interioridad no es exterioridad, por más que The Secret —ese best-seller peligroso— se afane en decirte lo contrario. Hay quien diría que semejante tesis (aquella que sostiene que tus circunstancias son el mero resultado de tus pensamientos y que si piensas bien te irá bien y si piensas mal te irá mal) esconde incluso un discurso de poder: te quita el derecho a quejarte, te fuerza a aceptar lo inaceptable y hacer como que no pasa nada; pretende que renuncies a las armas a voluntad, que te arranques los ojos y que te rindas sin protestar. Todo va a estar bien. Pero no es cierto y no sólo tenemos el derecho de quejarnos sino también el deber. El deber de señalar al intruso, de nombrar la enfermedad, de dejar de meter cadáveres bajo la alfombra.
Creer que todo va a estar bien es un vehículo de la mediocridad y de la cobardía. Sus consecuencias no son inocuas. En primer lugar, nos hace mentirnos a nosotros mismos, silenciar nuestro sistema de alerta hasta que éste se va apagando poco a poco. Entonces, cuando queremos utilizarlo, ya no nos sirve: ya no sabemos distinguir lo que queremos de lo que no queremos ni lo que nos hace sentir bien de lo que nos daña; similar a lo que ocurre con el cuerpo cuando, después de que hemos ignorado sus pequeños malestares, deja de mandarnos señales hasta que acabamos en el hospital. En segundo lugar, al consolarnos, nos hace creer que la solución no es tan urgente. El pensamiento positivo funciona como una prórroga para la ansiedad, decimos “este lobo no me va a comer, este lobo no me va a comer” pero en el momento en el que nos creemos eso bajamos las defensas, acampamos junto a la cueva del lobo y sentamos las condiciones ideales para que, si antes no nos iba a comer, ahora sí nos coma.
Visto así, quizá la madurez emocional sea poder hacerle frente al hecho de que no todo va a estar bien y actuar en consecuencia. Sólo deshaciéndonos de falsas creencias podemos de hecho empezar a ser responsables de nuestro destino, a cambiar cosas, a darle voz a nuestro malestar y a ponderar seriamente nuestras alternativas. Usemos nuesta ansiedad y nuestros miedos a nuestro favor. Si de algo sirve, tampoco todo va a estar mal.

Sin sangre

Reseña de Sin Sangre de Baricco. O sobre el perdón.

Leí Sin sangre hace algunos años y me pareció un libro extraordinario. Recuerdo haberlo recomendado a todo aquel que se me ponía enfrente, y aunque nunca logré que alguien más compartiera mi fascinación, fue pretexto para mi reflexión durante semanas, una reflexión desarticulada de niña de dieciocho. Intuía que había algo maravilloso ahí pero no alcanzaba a discernir bien qué.
El sábado me lo encontré de nuevo en una librería. Traía ese ánimo distraído y ligeramente taciturno, estaba buscando el libro ideal para regalarlo en el @ViveLibro y cuando menos vi ya llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas por el Fondo de Cultura Económica, acariciando portadas de libros al azar, dizque buscando qué comprar pero, sobre todo, pensando en la trama de Sin sangre.
Para quien no lo haya leído, ahí les va el spoiler: La novela se compone de dos escenas, con cincuenta años de diferencia entre una y otra. En la primera un grupo de hombres va a matar a Manuel Roca y a su familia. Recién ha terminado la guerra (no aclaran cuál) y como aparentemente Roca, en su posición de doctor, enfermó y mató a múltiples personas durante las hostilidades bélicas, los hombres vienen a cobrar venganza. Roca tiene dos hijos, un niño y una niña. En cuanto ve que vienen estos hombres, les pide que se escondan. Nina, la niña, queda guardadita en una trampilla de la bodega, acurrucada y con una manta encima, en silencio. Al niño, Roca le da un rifle y lo manda a esconderse a la leñera, pero en cuanto los hombres empiezan a registrar la casa y a gritar improperios, el niño sale a defender a su padre y en resumen, tanto él como Roca mueren.
El jefe de la operación le pide a uno de los jóvenes con los que va, a quien llaman Tito, que revise la casa para ver si no hay nadie más. Tito encuentra a Nina, que permanece en su misma posición fetal, quietecita, como una muñeca. La mira y al ver que ella no se mueve y sólo lo mira de regreso con los ojos bien abiertos, decide cerrar de nuevo la trampilla y decir que no hay nadie más en la casa. Cuando se van, el jefe ordena quemar el lugar. Tito protesta porque sabe que la niña está ahí dentro, pero siendo de carácter débil y estando en posición de subordinado, no insiste. Se van y dejan la casa ardiendo en llamas.
En la segunda escena, Nina, siendo ya una mujer mayor, se acerca a un hombre que trabaja vendiendo boletos de lotería, también ya entrado en años. Es Tito. Lo invita a tomar un café y aunque él primero se resiste, termina accediendo. Él la reconoce y dice que lleva años esperando ese encuentro, aunque lo que espera del encuentro es algo muy distinto a lo que ocurre en realidad. Él espera ser asesinado, espera que por fin se cierre el círculo de violencia y venganza, pues es el único que queda con vida de todos los involucrados. Pero ella no parece tener esa intención.
Charlan. Ella guía la conversación. Habla de la falta de linealidad, de cómo ha estado en diferentes lugares (ninguno bueno) y en cada uno le han puesto un nombre distinto, de cómo extraña ser Nina, y por qué no, ser una sola. Habla de cómo para ella su padre era un padre bueno, independientemente de las historias que cuentan. En algún punto lo resume con una frase excelsa: “¿Por qué esta historia tendría que ser más falsa que la suya? Por mucho que uno se esfuerce en vivir una sola vida, los demás verán dentro de ella otras mil, y ésta es la causa por la que no logramos evitar hacernos daño“. Paralelamente, Tito (cuyo nombre real es Pedro) se dedica a defenderse, a justificar su acción del pasado. Habla de cómo él sólo lo hizo porque era lo que tenía que hacerse, de cómo en ese entonces creía en un mundo mejor y de cómo una vez que la gente empieza a matarse, ya no hay vuelta atrás.
Al final, ella lo invita a hacer el amor. Le sugiere que vayan a un hotel. Él primero argumenta que ya está viejo, pero en cuanto ella menciona el hotel cree que es para poder matarlo en privacidad y accede. Para él, tenerla enfrente supone el final de un suplicio largo, de una vida con miedo. No le importa morir. Se van a un hotel y hacen el amor. Una vez habiendo terminado, ella simplemente cierra los ojos y se queda dormida, en la misma posición fetal en la que había estado en la trampilla. La novela acaba diciendo: “Entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno. Intentó preguntarse de dónde procedía esa absurda fidelidad al horror, pero descubrió que no tenía respuestas. Sólo comprendía que nada es más fuerte que ese instinto de volver donde nos desgarraron, y de seguir repitiendo ese instante años y años. Pensando tan sólo que quien nos salvó en una ocasión puede después hacerlo para siempre. En un largo infierno idéntico a aquel del que venimos. Pero de pronto, clemente. Y sin sangre.”
La fatalidad que parece atravesar todo el libro es la de la aparente autonomía de la violencia. “Una vez que la gente empieza a matarse, ya no hay vuelta atrás”, dice él. Lo que hace Baricco únicamente es proponer un final distinto, un final sin sangre y un final —cabe decirlo— que carece de sentido. Si no logré que nadie compartiera mi pasión por el libro cuando lo leí fue por eso mismo, porque acaba con un evento gratuito, inesperado, inconexo, apenas justificado en un párrafo breve con pretensiones poéticas, y quienes lo leyeron por recomendación mía sólo se quedaron con una sensación de interrupción, de tomadura de pelo.
¿Pero qué no el perdón —me pregunto— es siempre eso, algo injustificado? Si se justifica, si tiene sentido, entonces no es un perdón sino una mera reevaluación de lo sucedido. Para perdonar, hace falta cambiar la moneda de intercambio y cambiarla sin preguntar. Recibir la consigna de matar y en vez de eso hacer el amor, no por amor —o al menos no por un amor misericordioso ni mucho menos por uno romántico— sino por una intuitiva comprensión de lo humano. En el piel a piel, Nina y Tito son sólo eso, humanos. Humanos de cuerpo perecedero y frágil, humanos que han estado aquí y allá y cuyos nombres bien pudieran ser cambiados por otros (como de hecho cambian). Pueden cambiar los nombres y pueden cambiar los roles. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Lo fue Roca o lo fue Tito y sus compañeros? En las guerras (y extrapólese a los demás campos de la vida) todos son culpables e inocentes por igual, meros animales defendiendo un terreno, aunque no se sepa bien cual. Nina llega a comprender eso.
No se puede salir del círculo del rencor si no se renuncia primero a la idea de justicia o si no se comprende más bien que ese intento de justicia está obedeciendo a reglas que ya no son vigentes. Hace falta renunciar a la posibilidad de la victoria, entender que en el fondo ya no queda nada por ganar. Duele perdonar porque exige humildad, humildad para reconocer que esa moneda de intercambio, basada en el poder o en la añoranza de un final distinto, no tiene un valor real, pues ni todo el dolor ni toda la sangre del otro podrán redimir nuestro propio dolor ni nuestra propia sangre. El juego ha terminado y hemos perdido. De nada sirven las patadas de ahogado. Echar un cadáver justo a la fosa injusta no ocultará su pestilencia.
Para Baricco, la salida del infierno está en el infierno mismo; es decir, en el reconocimiento de que no hay salida, de que la herida no encontrará nunca una sutura que le venga a la medida y de que, por lo mismo, sólo podemos resolverlo desde adentro, habitándolo. Pero de pronto, clemente. Y sin sangre.

Decisiones, política y consumo.

Mucho revuelo se ha hecho con respecto a las próximas elecciones, sobre la inteligencia o la estupidez de anular tu voto, sobre si Quadri sólo está para quitarle unos cuantos votos a AMLO o sobre cómo hacer para desinflarle el copete a Peña Nieto. Me parece muy bien que se haga (independientemente de que estoy consciente de que mi referencia es Twitter y Twitter no es representativo de nada); una decisión de este talante hay que pensarla, dicen, y no se equivocan.
Pero…, ¿no deberíamos de aplicar la misma metodología para todo? ¿Cómo es posible, por ejemplo, que la mayoría de los mexicanos sigamos siendo usuarios de Telcel (yo incluida) aun cuando estamos conscientes de que es una oligarquía asquerosa con mal servicio? Pero claro, seguir con Telcel es lo cómodo y lo establecido, es no resistirse, es creerle a la vox populi que dice que Telcel es la única compañía con red en todo el país, aunque no nos conste. Visto así, no somos tan distintos de los partidarios de EPN.
Decidimos sin pensar. Decidimos a partir de lo que nos dicen que debemos decidir y firmamos cheques en blanco a diestra y siniestra. Vamos al súper y elegimos a la Coca-Cola sobre la Pepsi o la Big Cola no porque nos conste que sabe mejor, sino porque nos han enseñado que es mejor.
El problema es que decidir con conciencia da pereza y ocupa tiempo. Ponerte realmente a investigar sobre cuál es tu mejor opción de compra para un coche o una televisión, tomando en cuenta su tiempo de vida, su calidad y su precio, es agotador y llega a ser hasta obsesivo. En un mundo en el que la oferta se pinta siempre como la mejor, tenemos el deber de desconfiar, pero si hacemos de la desconfianza una forma de vida, se vuelve imposible vivir; a veces hace falta actuar sin conocimiento de causa, pues quien espera a tener toda la claridad para actuar a menudo termina sin hacer nada o sintiéndose inconforme con la decisión que tomó.
Así que sí, tal vez tenemos que elegir nuestras batallas, saber sobre qué vale la pena informarse y sobre qué es mejor improvisar. La política es una de las cosas de las que conviene informarse, sin duda alguna. Pero mi inquietud no se disipa, ¿no deberíamos de aplicar la misma metodología para todo?, ¿no deberíamos intentar disminuir nuestra ignorancia cueste lo que cueste? Por eso propongo que hagamos una cata la próxima semana en mi casa, cada quien lleva un refresco de cola distinto y los probamos.

Ser y deber ser

O sobre la autorecriminación

Tendría que comenzar por hablar cómo fue que me enamoré por primera vez de Hegel. Estúpido y sensual Hegel. Curiosamente no fue con la Fenomenología del Espíritu, Biblia de cualquier hegeliano; no, fue con el joven Hegel, aquel de los Escritos de juventud. Para Kant, el concepto puro de deber se expresa bajo la forma de preceptos positivos, a partir de algo que no somos pero que debemos ser. El problema de ese planteamiento es que ese ideal se opone al flujo mismo de la vida, la coarta. La ética kantiana trae consigo una imposibilidad a priori, la que nace de la imposición: nunca se logra una perfecta concordancia entre el ser y el deber ser, y en ese desfase hay sufrimiento y hay falla.
Hegel busca deshacerse de esa imposibilidad, quiere encontrar la conciliación entre el ser y el deber ser y quiere, en pocas palabras, trazar una legislación que entre en concordancia con la vida; una solución redonda, sin rupturas ni dualismos. Alguna vez escuché decir a un profesor que Hegel es sumamente kantiano, con la salvedad de que, por cada dos pasos que da Kant, Hegel avanza lo mismo en uno solo. En los Escritos de juventud la solución a esta oposición la encuentra en el amor. El ser y el deber ser coinciden en el amor pues en él la potencia creativa aflora por sí misma y se renuncia voluntariamente a la destructividad, sin necesidad de coerción.
Esta postura, aunque atractiva, es ingenua y él mismo la desecha años más adelante. En sus escritos de madurez, como bien se sabe, es la lucha a muerte (o sea, casi lo opuesto) el eje central de la formación y el reconocimiento. Ocurre que la vida lo que quiere es perservar en su ser y hará todo lo posible para llevarlo a cabo, basta ver una enredadera o unas raíces de un árbol para entenderlo: son capaces de invadir otros terrenos, de romper la tierra, de asfixiar a otras plantas con tal de subsistir. Por eso, diría Kant, es que la naturaleza necesita un freno, una guía para que no se desborde, y eso, en el caso de los humanos, es una ética. Sin llegar al radicalismo kantiano que pretende extirpar todas las inclinaciones del actuar ético, lo cierto es que el pathos siempre nos juega trampas y no es digno de total confianza, pues incluso en el nombre del amor se han cometido las más grandes atrocidades.
Pero dejémoslo ahí. De este tema hice mi tesis de licenciatura y sé que si empiezo con puntualizaciones de rigor filosófico, no acabo nunca. Lo importante es que cuando me sumergí en el tema por primera vez quedé fascinada por esa posibilidad, por la posibilidad de la conciliación, del tan prometido Aufhebung que sintetizara los opuestos, del equilibrio sin castración y sobre todo, de la comprensión del caos vital, una comprensión que le quitara el filo, que lo dotara impensablemente de un orden y que diera lugar a la armonía.
Lo paradójico es que si a mí esa opción me pareció tan seductora fue porque en el fondo yo tengo una estructura muy kantiana, muy superyóica. Sé que estos dos últimos adjetivos no son sinónimos, el castigo no forma parte de los intereses de Kant pues su motivación es el deseo, hay quien diría. Pero para el caso nos funciona igual: para mí era palpable la fricción resultante de la oposición entre el ser y el deber ser, veía sus efectos en mí, padecía esa imposibilidad irresoluble y sobre todo, sentía culpa y una fuerte tendencia a la autorecriminación. El problema es que si doy por bueno que soy naturaleza y que la naturaleza es puro egoísmo, violencia, deseo sexual, debilidad e instinto que necesita ser domeñado, entonces estoy concediendo que ser yo está mal.
Claro que hoy por hoy el humano no es sólo naturaleza sino también cultura, de entrada e ineludiblamente; claro que la importancia de la educación, del autocontrol y de todo el mumbo jumbo que queramos, claro, por eso soy kantiana en mi día a día, ¡pero joder!, ¡qué precio tan alto!, autodestruirnos de esa manera, sin distinción, se trate de un asesinato o de un simple gruño, una descortesía o una mera equivocación…Ya lo dijeron Nietzsche y Freud, la culpa surge como resultado de la inhibición de nuestro impulsos agresivos que, al no encontrar otra salida, se vuelcan hacia nuestro interior y nos destruyen.
Es una cuestión de humildad. Creer que puedes ganar la guerra contra ti mismo a cada paso es estimulante pero también es de una arrogancia ridícula y ya no se diga masoquista. La pregunta es, ¿es de verdad necesario ganar la guerra contra ti mismo siempre? Honestamente yo creo que no. ¿Por qué torturarse tanto si fumas y no puedes dejar de fumar, si rompiste la dieta, si estás enamorado de quien no deberías, si sientes enojo u odio o si no eres el súper hombre que creíste que serías? Nos identificamos demasiado con nuestros fracasos y en consecuencia nos atormentamos, lo que lejos de ayudarnos a salir del círculo nos mete a él de forma cada vez más profunda. ¿De verdad es tan grave si me inscribo al gimnasio en enero y lo abandono en febrero? Si hago que eso no sea traumático, si concibo el fracaso como parte de, entonces probablemente pueda volver en marzo, sin recriminaciones ad nauseam, sin sentir vergüenza y sin mayor conflicto. No es una cuestión de todo o nada.
Tal vez nuestro deber, como testigos de nuestra vida, no sea el de normar sino el de reconocer. Reconocer nuestras flaquezas y nuestras pasiones, reconocer nuestros vicios, reconocer lo que amamos y lo que somos capaces de destruir. Una vez reconociéndolo, todos esos elementos se convierten en piezas con las que podemos jugar y a las que podemos reacomodar, sin recriminaciones de por medio.

Artículos en los que pensé mientras escribía esto, tengan mucho o poco que ver:
Self-compassion
Cómo hacer nuevas cosas

Monociclo

Cosas útiles para la vida que he aprendido de mis (contados y todavía infructíferos) intentos de aprender a andar en monociclo.

1. La principal dificultad es aprender a gobernar el miedo. El miedo a caerte llega a ser paralizante y aunque le das la orden a tu cuerpo de pedalear, éste permanece inmóvil, es frustrante. La paradoja viene cuando es precisamente ese miedo lo que te hace caerte, pues en vez de continuar pedaleando te detienes y al detenerte, pierdes el equilibrio y caes. La forma más fácil de aprender a perder ese miedo es cayéndote, lo cual es también una paradoja, porque para caerte debiste de haber perdido el miedo aunque sea una vez. Esa es la razón por la que casi nadie aprende a andar en monociclo en la edad adulta, aunque lo mismo aplica para la bicicleta, para las matemáticas, para el amor o para casi cualquier cosa: nos vamos por lo seguro, ya no intentamos nada que suponga una dificultad o una caída, y en consecuencia nos volvemos unos pusilánimes que arriesgan poco. Creo que vale la pena arriesgar. Porque además una vez que te caes (al menos en el monociclo) descubres que no es tan terrible, que puedes perfectamente meter los pies antes de caer y que lo más que ocurre es que te salen unos lindos moretones en las espinillas porque es donde golpean los pedales.

2. Saber detectar cuando tu apoyo se convierte en un obstáculo. Es muy común que al comenzar a andar en monociclo te apoyes de una pared o un barandal. Ese apoyo resulta muy útil para empezar, pues sin él pasarías horas sin lograr avanzar un solo metro y acabarías rindiéndote. No obstante, no hay que olvidar que todo el truco del monociclo está en el equilibrio y por lo mismo la pared puede ser también un obstáculo: cuando te apoyas en ella estás inclinando tu peso hacia ese lado y estás perdiendo de vista tu centro de equilibrio. Aprender a andar en monociclo es aprender —sobre todo— a encontrar ese centro, así que no hay que dejar que el apoyo se convierta en un obstáculo.

3. Variar la forma de equivocarse. Este tip, junto con los dos que vienen, lo saqué de este tutorial y confieso que fue el que inspiró este post. Tiene todo el sentido del mundo. Cuando estás aprendiendo a andar en monociclo adquieres mañas y empiezas a repetir tus errores, te caes mucho para adelante o mucho para atrás. Hay que variar esos errores  e incluso forzarte a cometer el contrario, a inclinarte más para adelante si te estás cayendo para atrás o viceversa. No hay nada que merme más el desarrollo que acostumbrarte a caerte, una y otra vez, de la misma manera. Me gusta la idea de que la solución no sea no caerte (eso todos lo quisiéramos, es una obviedad), sino animarte a caerte distinto, y a costa de aprender a caerte de distintas maneras, irás encontrando tu punto de equilibrio hasta que ya no te caigas.

4. Ir siempre hacia adelante. La sola inercia del movimiento te ayudará a mantenerte arriba, es un principio físico básico. Por eso —dice el tutorial— una llanta solita puede rodar sin problemas cuando lleva velocidad y sólo cae hasta que se frena. Es decir, más allá de todo el aprendizaje periférico, más allá de la forma correcta de hacerlo y las 42 cosas a tomar en cuenta, se trata sólo de seguir y seguir, de concentrarte en ir para adelante y ya. Pienso en la frase con que inicia el Libro del desasosiego de Pessoa: “Si el corazón pensara, se detendría”.

5. La visualización. Visualizarte andando en monociclo, soñar con eso o ver cómo otros lo hacen es también practicar, dice el dude. Es importante jugar con la posibilidad, incorporarla en el terreno de la fantasía, hacerse a la idea e incluso verse reflejado en aquellos que sí pueden hacerlo. Es una mera proyección (como el estadío del espejo de Lacan): antes de poder hacerlo, necesitas creer que puedes hacerlo, para que cuando lo intentes puedes agarrarte de esa creencia. Si no eres capaz de proyectarte en aquello que deseas, es probable que nunca lo consigas.

(Ahora sólo me falta, ya saben, aprender a andar en monociclo D:).

La desnudez y el secreto

Desde que nos quedamos sin centro (cfr. historia del pensamiento del siglo XX), desnudarse se ha vuelto una tarea imposible. Antes teníamos el pudor y teníamos la certeza, uno se desnudaba siempre de afuera hacia dentro, el límite estaba claro. Ahora quedan sólo intentos, la nostalgia de esa desnudez perdida, continuamente usada como motor de la filosofía, del arte y de la literatura. Queremos de vuelta esa transparencia (esa ignorancia), queremos vernos límpidos y sin artificios, ante lo cual creamos —¡oh, paradoja!— artificios para ello.
Uso la palabra desnudez como una alusión intencional al cuerpo. Viene a mi mente el famoso video de Robbie Williams en el que se desnuda capa a capa, comenzando por la ropa, siguiendo por la piel y hasta en quedar en huesos; luego recuerdo aquel aforismo de Sabines que dice: “Se puso a desprender, una tras otra, las capas de la cebolla y decía: ¡He de encontrar la verdadera cebolla, he de encontrarla!”  Si no hay nada detrás de nada, si ni siquiera podemos aprehender los límites de nuestro referente más objetivo —el cuerpo— ¿cómo podemos pretender decirnos? Un cuerpo desnudo no es siempre un cuerpo desnudo y quien se ha detenido a mirarse en el espejo sabe que ahí, en su propia imagen, uno está y deja de estar a cada momento.
La verdad sobre uno mismo ya no puede ser sino deconstructiva, rizomática y sobre todo, sujeta al tiempo. Quien intenta decirse en línea recta, se condena al fracaso. Decirse genuinamente es también decirse parcialmente, contradictoriamente. Yo soy una mujer que. ¿Que qué? ¿Que se quiere y se desprecia? Por supuesto. ¿Que es brillante y ordinaria? Sí, y al mismo tiempo. La paradoja de la autobiografía: para cuando termináramos de escribirla habría que empezar a escribirla otra vez.
Por eso a veces, en el no decir, decimos más. Yo alguna vez estuve con un hombre obsesionado por nombrar. Cuando peleábamos, diseccionábamos el problema hasta que nos dolía la cabeza y acabábamos asfixiados; la desnudez era la moneda de intercambio, una desnudez artificial y pornográfica. Nos dedicábamos en nuestros ratos libres a rascarnos en el secreto hasta que nos salía sangre y cuando eso ocurría, obligábamos al otro a mirar la herida purulenta. Un ritual francamente obsceno. Sometida a esa transparencia impuesta, y cansada de ver en close up y sin elección los pelos y las estrías, la calva sin peluca, el pito chico y el miedo destilante (like a film that’s so bad but I’ve gotta stay ‘til the end), no fue de sorprender que acabara desnudándome —esta vez sin metáforas— frente a aquel otro hombre capaz de soportar el silencio, un hombre que me permitía descansar en la superficialidad y encontrar en lo éxtimo, lo más íntimo.
Desde entonces aprendí a respetar el secreto, propio y ajeno. Ahora sólo queda la ocasional frustración frente a lo inasible —inasible yo e inasible el otro— y la eventual autorecriminación por no ser clara o congruente, por no poder llevar a mis lectores de la mano por caminos bien trazados, por presentar a una Mariana fragmentaria y por no poder verme bien a ratos, con límites claros.
No obstante, en el camino he descubierto que cuando uno deja de intentarlo, aprende misteriosamente a desnudarse. No tengo claro todavía cuándo ocurre o bajo qué preceptos, sólo sé que es un proceso inverso al que habitualmente trazamos: no es sacar el secreto a la luz sino dejar que el secreto te hunda en sus entrañas. A veces ocurre en los brazos del otro (eso a lo que llamamos amor), a veces se da a manera de mirada y a veces —las más de las veces— es tan sólo una sensación momentánea de claridad, una corazonada de que eres quien habita ese cuerpo y ese pensamiento, de que existe una perfecta concordancia entre tú y tú mismo y de que, sólo por ese motivo, no hay nada qué temer y no hay razón para cubrirse.