Discursos y metadiscursos

I.
Viéndolo en retrospectiva, creo que uno de mis primeros criterios para elegir a mis amigos fue que estuvieran fuera de mi contexto. Por eso me llamaba la atención todo aquel que representara una anomalía en mi medio y por eso me rodeaba de gente que no era ni de mi escuela ni de mundo circundante. ¿Que cuál era la diferencia? No era tanto que fueran extraordinarios o ultra originales, era algo mucho más sencillo: con ellos las cosas no estaban dadas por sentadas y había que narrarlas. Eso daba cierta libertad autoral —hay que decirlo— podía contar mi versión de las cosas y empapar el mundo externo con mi interioridad sin el menor reparo; podía por ejemplo transmitir la belleza del hombre que me revolvía las categorías sin tener que someterme al juicio objetivo sobre su apariencia, o simplemente podía atreverme a portarme como bonita aun cuando yo no fuera acreedora de dicho epíteto en mi prepa del mal.
Había algo sumamente embriagador en ello, una transgresión implícita a los límites de la realidad, una probadita de infinito. Podía hablar de cualquier cosa y por cuánto tiempo quisiera, y como buena adolescente y como buena mujer agotaba ese recurso: hablaba sin filtro y sin motivo, por el mero gusto de hablar y de dejarme mecer por la euforia, por la complicidad y por la soberbia de quien cree que el mundo le pertenece.
Lo que había detrás era una vida cualquiera. No tenía mucho qué contar, en el fondo. Aunque en sentido estricto, creo que casi nadie lo tiene. ¿Qué dices cuando te preguntan “¿qué ha sido de tu vida?”? Bueno, pues he estudiado y dejado de estudiar, he trabajado aquí o allá, estoy bien, ando o deje de andar con éste o con aquél, vivo en tal lado, poco más. Las cosas que contar se agotan de inmediato. De ahí que suela ser incómodo cuando alguien te pregunta por tu contexto como una forma de iniciar conversación (¿y qué estudiaste?, ¿y en dónde?, ¿y a qué te piensas dedicar?, ¿y tienes novio?), porque cuando apelan a tu referente objetivo, éste se evidencia como pueril, como pretencioso, como mínimo y siempre insuficiente.
Lo importante suele ser lo intrascendente. Lo importante es qué soñaste hoy o qué piensas sobre la lluvia, sobre las tortas de tamal o sobre Borges. Lo importante es lo que cuentas a quien está cerca, a quien sabes que no tienes nada nuevo qué contarle y, en esa medida, tienes todo por contarle.
Por eso mi tipo ideal de amigo es aquel a quien puedo hablarle desde otro país sólo para compartirle mis impresiones sobre una película maravillosa que vi la noche anterior; o aquel que no me exige superar tal o cual situación y si me sabe en crisis, se limita a invitarme a una plaza a ver pasar a la gente o me habla del tiempo o de cómo las hormigas sobreviven gracias a su arraigada constitución comunitaria. En ese momento sé que entienden; cuando les digo “me quiero morir” y me dicen “yo sé”, cuando hablo de fenomenología o de zombies y saben que realmente estoy hablando de mi herida, cuando confieso sin confesar que todo me duele y entonces nos compramos otro helado o cuando estoy emocionada con algo y se burlan de mí porque eso es lo que hacen los amigos cuando estás emocionado.

II.
Uno de mis cortos favoritos de Paris je t’aime (2006) es el de la mujer del abrigo rojo. Un hombre cree ya no sentir nada por su esposa y está a punto de dejarla por otra, pero cuando se entera que ella tiene una enfermedad terminal y que pronto va a morir, comienza a procurarla y —como la misma película lo dice— a costa de actuar como un hombre enamorado, termina convirtiéndose en un hombre enamorado. No me parece en absoluto disparatado. El metadiscurso se infiltra irremediablemente en el discurso. Cuando un hombre casado actúa como un hombre soltero se acaba sintiendo un hombre soltero y comienza a ver su matrimonio con extrañamiento. Cuando nos forzamos a la ternura, la ternura termina por germinar en algún rincón de nosotros. Y cuando nos acostumbramos a bañar nuestra existencia de pesimismo, creamos un atajo neuronal en nuestro cerebro que lo convierte en un modus operandi habitual, aun cuando ya no lo queramos.
La vida es en gran medida lo que nos contamos de la vida. Y no por ello es autoengaño (como pudiera creerse) es simplemente la condición viva de una resignificación continua que respira, ¿o acaso de una resignación? (“Resignar, cambiar de signo. Operar un tipo de violencia semántica que afecte el valor de un signo, que –alquimia– lo transforme en otro”).
Podría afirmar que la mayoría de los fracasos matrimoniales comienzan cuando la pareja deja de contarse a sí misma su historia; cuando su vínculo se vuelve parte de la vida —inmediata, garantizada y predecible— sin un metadiscurso que la transforme o la reacomode en diferentes sitios de la casa según el día o el humor. Amar es también usar al otro como un pretexto para la preocupación (pre-ocupación, ocuparse desde antes, querer adivinar lo que viene, saberse siempre en la antesala del clímax, en lo no concretado).
Las manos son unas cosas extraordinarias. Se mueven, tienen dedos, piel, uñas y huellas dactilares. Pequeñas arrugas, venas, falanges. Una pena que las tengamos pegadas al cuerpo; no nos preocupan, no nos asombran. Lo mismo con la gente, apenas nos volvemos testigos del discurso de una vida, nos confiamos de nuestra visibilidad privilegiada y dejamos de acceder a su metadiscurso.

III.
Sólo a través de la metáfora logramos ennoblecer la vida. Una mujer en domingo es siempre una mujer en domingo, suprimible como todo, sin novedad y con un subtexto llano y corriente. Distinto es si se le miran los pies descalzos con los que camina de puntitas, si se le pone atención a su tarareo desafinado y gratuito, a su melena libre, a su torpeza para barrer. Ella podría decir “soy una mujer descalza y melenuda que tararea y que barre con torpeza” (como ocurre a menudo en Twitter, en donde nos valemos de memes tipo “ustedes no se enamoran de mí porque…”). Ella podría ejercer esa violencia sobre el flujo indistinto de la costumbre, verse desde afuera y forzar al otro a hacer lo propio, participar con artificios en el alumbramiento de la belleza y de la poesía. Pero tampoco habría por qué obligar a la mirada, lo deleitable no tendría que ser demostrado. ¿O sí? Quizá la violencia es propia de lo «meta» en general, la manipulación estética y metafísica del entorno, como un cuerpo que se moldea no sin constancia, sudor y agitación cardiaca, o como el mármol que el escultor transgrede para hacer brotar de él una obra de arte. La mirada trastoca el mundo hasta volverlo un nido gratuito y lleno de pies descalzos, de abrigos rojos, de películas y sueños y cosas qué contar. Sólo requiere de la hospitalidad del ojo, un pretexto para desdoblar la realidad y hacerla soportable.

Un descanso para el hastío

(Éste iba a ser para El Fanzine pero al final me abrieron. Es más de lo mismo y está hecho con un tema y un target específico, pero bueno, se los regalo, creo que sirve un poco de introducción para el que viene).

La belleza es la reconciliación entre sí
y sus propias condiciones de existencia.
Simone Weil

Llevo una vida perfectamente normal. Por las mañanas me levanto, voy al trabajo, me quedo estancada en el tráfico a hora pico; en mis ratos libres salgo con mis amigos, a menudo procrastino y espero con ansias las vacaciones. La rutina, como a todo el mundo, me devora. A veces maldigo que los días se parezcan tanto a sí mismos, a veces me fastidia y me atormenta pensar que, hagamos lo que hagamos, la vida siempre es la misma: plana, repetitiva, predecible.
El humano es, por excelencia, el animal que se aburre. Bostezamos en el cine y a veces, hasta cuando hacemos el amor. A todo nos acostumbramos y vivimos buscando desesperadamente nuevas experiencias, nada nos basta. Sin embargo, si todo es tedio, ¿por qué continuamos con esta terquedad de existir? ¿Por qué no nos pegamos un tiro de una buena vez?
Mientras pienso en esto, pasa en la radio una canción que me gusta, subo el volumen y se me olvida. Mientras pienso en esto, me como un chocolate y me abstraigo en sentir cómo se desliza deliciosamente entre mi lengua y mi paladar. Me asomo a la ventana y descubro que ya ha llegado la noche. Me gusta el color del cielo cuando oscurece. No es negro, es un azul ligeramente purpúreo y quizá, hasta un poco ocre.
Entonces revalúo. Aunque en primera instancia la existencia entera es tan sólo una masa espesa de indiferencia, cuando se le mira bien, se abre en una gama infinita de texturas, de matices, de inflexiones.
El escritor, así como el artista en general, sabe eso. Su único objetivo es lograr nombrar esa pluralidad que da lugar al asombro, describir la forma en la que se desdoblan los sucesos más mundanos para así, hacer atractivo un universo que, en el fondo, es tan anodino como el nuestro. Ese es su superpoder: provocarnos deslumbramiento y empatía sin importar lo trivial que sea la historia que se cuente.
La literatura reordena el mundo, lo resignifica y lo dota de fuerza a costa de nombrar sus vértices y sus recovecos. Tanto escribir como leer retexturizan la realidad, le regresan la profundidad a las cosas, reempapan de significado hasta las prácticas más insignificantes y son capaces de abrir un infinito de sentido hasta en los más minúsculos detalles: en la forma en la que la protagonista se sube el tirante que se le resbala por el hombro, en la fragilidad que le evoca a nuestro personaje atormentado ver las jacarandas caer o en la simple descripción de un beso. La escritura es una provocación que hace temblar las estructuras y le ofrece nuevas salidas a nuestros propios infiernos. No en vano se afirma que este arte tiene el don de educar la sensibilidad.
En este escenario, literaturizar nuestra existencia se vuelve un deber, no sólo ético sino estético: el de encontrar en la belleza un descanso para el hastío. Para ello, es menester perder el recato y atrevernos a darle voz a nuestros sentimientos y deseos, pues en ellos encontraremos siempre una fuente inagotable de novedad: en el vacío de estómago que aparece tras una llamada telefónica, en los nervios que te poseen cuando alguien que te gusta te hace plática, en las ganas de gritar por la calle o de bailar hasta el cansancio, en el miedo que acojona o en el cigarrillo que se consume mientras esperas; ahí, la vida se pronuncia. Si sentimos tedio es sólo porque hemos dejado de escuchar ese motor interno de la existencia: somos ciegos a nuestra propia emocionalidad.
Es momento de abrirnos al mundo, de dejarnos atravesar por él y escuchar el eco emocional que se produce, invariablemente, por el simple hecho de vivir. Cuando damos ese gran paso, descubrimos que la vida no se parece tanto a sí misma, después de todo. Entre un gesto y otro, entre un día y otro, se abre un abanico de temblores y esperanzas que invita a ser nombrado, descifrado. Al final, como diría Wittgenstein: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Poseámoslo pues, con actos y palabras. Atrevámonos a sentir.

A veces me cago la madre

A veces me cago la madre. La neta. Me cago la pinche madre. Mi padre dice que es que me juzgo demasiado. La lógica formal dice que es un falso dilema (blanco o negro, perfección o basura). Pedrito dice que soy una perfeccionista, que me tenga paciencia. Lévinas, que la solución siempre es el Otro. Yo digo que puta madre. Isra dice que soy un sueño. Mi madre, que el problema es que pienso demasiado. Mi hermano no dice nada. El tipo de la calle, que grandes aunque le peguen. Freud dice que el yo, el superyó y el ello. Fero me pasa la estafeta. Marianela dice que si estoy bien. Eri, que cuento con ella. D., que me quiere mucho. Ana, que es el problema de las mentes hermosas. Adriana, que el narcisismo. Isma, que veamos una peli. La revista dice que vaya hoy. Ah no, mejor mañana. Ah no, mejor la próxima semana. Nivo dice que son ciclos y que nada importa. Éste y aquél, que cuándo y a qué horas los dejo meterme mano. La báscula dice que subí dos kilos. Ele, que tengo siempre prisa por demostrar, por defender mi tesis. Ro dice que estoy chistosa. Medi, que no estoy haciendo bien mi chamba. El tutorial de monociclo, que intente variar mis errores. La genética, que tengo predisposición para la depresión. La canción dice que todo para qué. Y todo mundo, en general, me dice que no. Basta.
A veces me cago la madre y maldigo, pienso en la muerte, digo y me retracto, cierro mi Twitter, me corto el cabello o me emborracho, lloro en el coche, lloro en la regadera, lloro viendo a la ventana, dejo de llorar, me duermo, pospongo mi chamba y pido perdón. Siempre pido perdón. Pido perdón por decir y por dejar de decir, por lo que soy y por lo que no soy, por lo que sospecho que soy y lo que pudiera ser si me empujaran, por lo que he dejado de ser por estar distraida y por lo que soy en sueños, por lo que era hace años y por lo que todavía no soy; pido perdón por lo latente y por lo patente, por pedir ayuda, por parlotear, porque me quieran y por ser una metaazotada irremediable. Pido perdón por pedir perdón. Y claro, en seguida me río porque soy idiota y lo sé pero aun así necesito seguir ese camino, colgarme esa corona de perdones, sentirme mal por saber que me estoy sintiendo mal y justificarme al respecto, explicar la paradoja, decir que voy a dejar de justificarme y luego, pese a ello, comenzar a remendar mentalmente todas esas conversaciones en las que pude haber tenido una mejor respuesta o en las que no supe escuchar o en las que fui ese ser desarticulado y culpígeno que se caga la madre a sí mismo y pide perdón. Pido perdón también por ello.
Por eso, silencio. No digan nada y yo tampoco. Ya sé, ya sé que todo pasa y que soy humana y que no hace falta, ya sé que me juzgo demasiado, que menos cogito y más sum, que hay personas que tienen problemas de verdad, que el hambre en África. Guardemos silencio entonces y esperemos a que solito se resetée el sistema, que la autorreflexión sin mesura termina en autofagia. Y mientras, ¿podemos hacer una de esas palomitas de micro?, ¿o salir a dar la vuelta sin que me pregunten nada?, ¿podemos echarnos una siesta o pedir una pizza triple queso o ver una película o fumarnos un porro? Hace falta un descanso.

Reflexiones sobre el lenguaje y las relaciones

…cuando nos vemos en los ojos del otro, buscamos vernos en los ojos del mundo.

El problema del lenguaje es un problema de universales y particulares. ¿Cómo sé que una silla es una silla?, ¿qué es una silla?, ¿si no tiene cuatro patas deja de serlo?, ¿si un mueble sirve para que te sientes en él, automáticamente se convierte en silla?, y en resumen, ¿qué criterios estoy utilizando cuando denomino “silla” a una silla que nunca antes había visto?, ¿recurro a mi abstracto concepto de silla?, ¿y cuál es ese?, etcétera.
Ese problema se agudiza aún más cuando se trata de conceptos sin referente material como «amor», o cuando su referente es meramente subjetivo como «dolor». Recuerdo que cuando era adolescente eso me consternaba muchísimo: usar las mismas palabras para referirme a sentimientos que tenía por diferentes personas era equívoco y falaz. Es cierto que había estado enamorada del primero y del segundo, pero la experiencia había sido completamente diferente en cada caso y el cariño que sentía por uno y por otro era claramente disímil. Mi remedio a ese problema filosófico fue inventar palabras, cursilería por lo demás común entre adolescentes; decirle a Joaco “te ajsddfjkw” (ya no recuerdo qué palabra era) para que quedara claro que ese contrato emocional nos pertenecía sólo a nosotros dos y a nadie más en el mundo, y que a la vez, ese contrato emocional no tenía nada que ver, ni entraba en discordancia en medida alguna, con cualquier otro que pude haber tenido en el pasado (un pasado por lo demás breve, aunque de ahí mi necesidad de reivindicarlo, entre más joven eres más cohabita el pasado con el presente).
No obstante, es imposible tomarse en serio ese intento de particularización, pues si nos moviéramos exclusivamente en el terreno de los particulares dejaríamos de usar el lenguaje para lo que sirve: identificar y reidentificar objetos. Sólo universalizando podemos comunicarnos, compartir una experiencia. Un lenguaje no es lenguaje si no tiene un referente, aunque sea exclusivamente cultural, aunque sea el de la manoseada palabra «amor» pero de entrada más significativa que «ajsddfjkw». Si creáramos una palabra para cada vínculo que establecemos, perderíamos la facultad para pensarlo, porque dejaríamos de tener un punto de referencia desde donde verlo.
Esto da lugar a otras cuestiones filosóficas: ¿puede un particular volverse un universal para quien lo mira? Es decir, ¿puedes llegar a pensar al otro sólo con referencia en sí mismo? (y en esa medida, ¿puede llegar a tener un verdadero sentido el «ajsddfjkw»?).  Si ese fuera el caso, estaríamos hablando de que es posible el amor incondicional, porque si tú sabes ver y valorar a la silla no por pertenecer al universal «silla» sino por ser ella, entonces no importaría que deje de tener patas o deje de servir para sentarse, su valor no se trastocaría pues estaría más allá de su definición (y entonces no habría que llamarla «silla» sino «sakedf»).
Yo creo que ocurre en algunos casos y con sus reservas, como en la familia. Mi hermano puede volverse un criminal, perder la memoria o dejarme de hablar y para mí seguirá siendo él y mi cariño por él seguirá intacto. Pero en general, parece que el deber del otro es el opuesto, es el de medirte y verte a partir de universales. Si a mí me miden sólo con base en mí misma, no tengo forma de perder pero tampoco de ganar, uno no puede fracasar en ser uno mismo, por principio. Yo quiero, por el contrario, ser medida con base en universales como «inteligente» o «bella», «mujer» o «filósofa». Sólo desde ahí puedo verme.
Tal vez el problema de la gente que se queda demasiado tiempo en tu vida es que comienza a verte como un universal, el universal «tú», y entonces deja de darte el reconocimiento que necesitas, deja de fomentar en ti el deseo (nadie quiere ser amado incondicionalmente, nadie quiere ser un universal porque queda entonces despojado de medallas-universales qué colgarse [medalla belleza, medalla inteligencia]).
Por eso me molesta sobremanera cuando la gente se queja de que a las mujeres les gustan “los chicos malos” (o al revés, pa’l caso). Me molesta no sólo porque yo soy de la idea de que muchas veces “los chicos buenos” son los más intrusivos o demandantes y no se dan cuenta de que también hay violencia en su “ser buenos”, sino porque además, cuando la gente se queja de ello está obviando el mecanismo mismo del deseo: no es que nos gusten “los chicos malos” (¿qué coño significa eso?), es que estamos en busca de universales qué merecer, queremos a quien no nos da todo lo que pedimos porque ese es quien sienta las reglas del juego más justas: en donde se puede ganar o perder. Buscamos construir nuestro universal «yo» a partir de otros universales otorgados, por eso de nada nos sirve ser concebidos como un universal de inicio. Prefiero —por poner un ejemplo— vivir con la angustia de si estoy o no estoy gorda, sabiendo que el otro me puede juzgar pero también me puede decir “qué buena estás”, a estar en una relación en la que pueda estar obesa y no importe, porque si eso lo extendemos también a los demás ámbitos, ¿cómo identifico los criterios a partir de los cuales me quiere o me desea?, ¿qué merito tiene ser querida o deseada por alguien así? Pero claro, todos me recriminarían si dejara al que no le importa mi obesidad por irme con el que sí.
Por el otro lado, tal vez el problema es que nos estamos volviendo pobres de universales. El otro día leía un artículo que daba datos sobre cómo nuestro léxico era cada vez más reducido. El autor lo atribuía a la RAE y a los autocorrectores: el diccionario nació en un inicio para dar cuenta de un lenguaje ya existente, pero ahora el proceso es al revés, el lenguaje se acopla a lo ya registrado en el diccionario, se homogeneiza, lo que coarta su dinamismo: ya no pensamos (hablamos) sin permiso previo de la Academia. De ser así, quizá lo que tenemos que hacer para dar cuenta de nosotros es ampliar nuestro uso de universales, y si «amor» no nos sienta bien, no tenemos que recurrir a «ajsddfjkw» sino tal vez, por qué no, a «obnubilación», «expectativa», «ímpetu», «apego», «ilusión», «cariño» o «calentura», dependiendo del caso, o incluso a uno no existente pero tampoco arbitrario, como sería por ejemplo mi nuevo favorito: «copatía».

De soles y desolaciones

…allí donde flota mi cuerpo
entre los equilibrios contrarios.
Federico García Lorca

De pequeña me enseñaron que había una diferencia sustancial entre la soledad y la desolación. La primera implicaba habitar tu propio sol, verlo fulgurante, alimentarte de su resplandor paciente y constante; la soledad como la edad del sol. La segunda, en cambio, implicaba lo contrario: haber perdido tu sol y vivir en las tinieblas, desolado, como esas criaturas que nacen sin daemon propio, cascarones fríos, necesitados de calor. Cuando la gente se queja de la soledad en realidad se queja de la desolación, es decir, de una soledad no habitada que, en cuanto ajena, resulta inhóspita.
No obstante, yo no puedo imaginarme ningún solo que no se sienta, de cuando en cuando, desolado. Rayos de sol sin destinatario, sin filtro, sin teleología y sin esperanza le calan a cualquiera.
Yo no soy ninguna zen y, cuando estoy sola en casa, el silencio se vuelve ruidoso y mi tristeza toma la forma exacta de mi cuerpo —ponerse en posición fetal entre las sábanas, dar vueltas, mirar al techo, pararse, asomarse a la ventana, servirse un whisky, recalentar la comida de ayer, llorar quedito—. Entonces no queda sino encarar la realidad: no importa cuan bien creas que estás, siempre puedes ponerte a llorar si te miras en el espejo, si te sabes mirar. Ponderación: ¿es una insatisfacción móvil o es una estática?, ¿es el dolor de la carencia, tan humano, tan ineludible; o es un dolor hecho a medida, tejido a costa de racionalizaciones inútiles, de masoquismos no confesados, de incompetencia para vivir? No lo sé, yo nunca he sido otra persona. A menudo lo repito pero es que es verdad. Quizá haya caminos que son genuinamente más sencillos, sin necesidad de autoengaños o de artilugios lógicos.
No me consta, yo sólo sé que tengo un sol ardiéndome dentro del pecho (como el niño Joaquín del cuento, como el niño Joaquín que apareció muerto en el Río de la Plata) y unas ganas infinitas de arrancármelo. Desolarse como método antiséptico, hasta que no quede energía para soñar.
Ayer soñé con una cascada transparente de energía que hacía rebotar las balas. Ayer soñé con ayer y me pareció pecaminoso y me desperté caliente y deshauciada. Lo volvería a soñar y me volvería a dejar embriagar por la pecaminosidad de lo que no es pero que de una forma misteriosa se encuentra en un equilibrio ligero y alegre, como mi recuerdo trastocado de que lo que fue. Volvería gustosa a ese lugar si ese lugar existiese.
¿Saben qué me molesta? Me molesta ser concebida como un tótem, fálico y terminado. Más de una vez he recibido acusaciones, incluso en este mismo blog, que van por esa línea: ¿cómo osas estar en construcción y ser persona y ser banal y cagar y no saber de lo que hablas? Tienen razón, cómo oso. Cómo oso menstruar y enamorarme de las personas equivocadas, cómo oso no ser más inteligente de lo que soy, no haber leído a Wittgenstein ni a Deleuze ni a Spinoza, no haberme salido de casa todavía ni haberme dejado atropellar por ese árbol de Chapultepec de treinta metros que casi me cae encima hace un par de años. Cómo oso andar lloriqueando de esta manera, y en público además.
Mariana, experta en azotarse y en metaazotarse. Mariana, escribo mi nombre y me desconozco. Mariana risueña y llorosa, Mariana de ojos grandes y ganas despeinadas. Mariana en sus brazos y fuera de sus brazos, Mariana.
Sólo quiero descansar, descansar de mí y de este gran astro inútil, gigante y fervoroso. Ni sola ni desolada, sólo mínima; como un gorrión que muere sin pensar en la patria y sin necesidad de tumbas; como un hombre que, cuando escucha música, logra desaparecer el mundo; o —en fin— como una compañía suave, sin atropellos ni demandas, cálida, ilógica y gratuita.
Esto es una reflexión inútil, lo sé, no tiene caso continuar. Como si no supiera que mi vitalidad de animal básico, mi veleidosidad de mujer histérica o mi terquedad de ser deseante no fueran a traer algo nuevo a la orilla mañana. Sí, mañana. O tal vez pasado mañana. Nos falta carácter para perseverar en tormentas infinitas. O quizá nos sobra levedad. ¿Otro whisky?