Me importa, lo confieso.

If people knew how hard I worked to get
my mastery, it wouldn’t seem so wonderful
   after all. -Michelangelo Buonarroti

Vivimos en una sociedad en la que es mal visto que algo te importe. Mis alumnas lo ilustran muy bien con su frase peyorativa que dice «¡Eres una forzada!», lo que quiere decir que, si se te nota el esfuerzo, has fracasado en la vida. Por eso, si te va bien en un examen, es tu deber decir que estudiaste poco aunque hayas pasado toda la noche en vela, y si te maquillas, ten cuidado de que se note lo menos posible, aunque para ello tengas que usar una base espesa, seguida por una líquida y rematada con un polvo mate. Mismo caso con la vestimenta: es imperativo lucir casual, incluso fachosa, pero siempre cuidando que los pants te ciñan a la perfección el culo y calculando perfectamente cuántos mechones de pelo debes dejar sueltos en tu chongo despeinado.
En un mundo en donde se exalta la naturalidad como la mayor de las virtudes, ser natural se vuelve sumamente antinatural, pues requiere un doble esfuerzo: uno para hacer las cosas y otro para ocultarlas. A mí me pasa sobre todo cuando organizo una fiesta. Nunca he sido buena anfitriona y eso se debe, en gran medida, a lo mucho que me avergüenza que se vea mi esfuerzo. Si por mí fuera, compraría todo lo requerido y más para que mi fiesta saliera a la perfección: comida, bebida, incluso adornos. Pero no lo hago porque me malhumora y me sonroja saber que, al hacerlo, estoy mandando un señal que dice: este evento es importante para mí.
Sin embargo, lo cierto es que no porque lo niegue me deja de importar. Me importa —como a todos— verme bien, me importa ser reconocida y tener éxito en los proyectos que emprendo, aun cuando sean una estúpida fiesta. Pretender camuflarlo es desgastante. Y sí, quizá ser así me haga una forzada, quizá deje entrever mi vulnerabilidad en mi entusiasmo y en mi empeño, pero la verdad es que, viéndolo ya fríamente, no me parece una mala forma de ser vulnerable: mostrando que algo me importa, que no requiero bañar con cinismo e indiferencia mi humanidad deseante. Lo demás, es apariencia.

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Deseo del otro

Porque te tengo y no
porque te pienso.
Corazón Coraza, Mario Benedetti.

I.
Hay quien espera que su pareja renuncie, en nombre del amor, a su condición deseante. Es, de hecho, un fenómeno relativamente común: las mujeres se enojan porque sus novios miran a otras mujeres, incapaces de aceptar que ellas no son —ni pueden ser— el único referente de lo deseable; y los hombres, los hombres apenas descubrieron hace unos cincuenta años que las mujeres también podían desear, pero durante siglos equipararon a la mujer perfecta con la mujer no-deseante: una muñeca frágil de cristal, una esposa resignada. Hasta la fecha, temen tanto a la mujer deseante que prefieren tirarla a loca y desdeñar sus inquietudes —incomprensibles para ellos— antes que tomarla en serio.
La idea del amor incondicional se rige bajo esa misma lógica perversa: el que ama incondicionalmente pasa a estar en función del otro, le ofrece lealtad ciega, aun cuando eso lo suprima o aun cuando atente contra sus propios intereses. Cual caballo, el que ama incondicionalmente se pone anteojeras para nunca más mirar a otro lado, ya no se diga mirar para adentro.
Dicha pretensión —sobra decirlo— es imposible y se convierte pronto en un nido de frustraciones. El problema comienza, quizá, desde el momento en el que nos creemos el cuento de «la media naranja», pues para que tal cosa existiese, tendría que empatar a la perfección con nuestros deseos, vaciarse de los propios. Como eso no ocurre, nos enojamos. Nos enojamos porque el otro quiera ver el futbol cuando nosotros queremos ir al cine, porque le de tanta importancia a la familia cuando nosotros querríamos ahorrarnos las comidas y los bautizos, o hasta porque no adivine que estamos de mal humor y llegue, el infeliz, cantando como si nada.

II.
Para Hegel, el reconocimiento del otro no llega sino a través de la confrontación y del disentimiento; de la lucha a muerte, entendida simbólicamente. La autoconciencia requiere experimentar la autonomía de su objeto para poder desearlo, pero eso sólo ocurre cuando éste se opone a las categorías propias, cuando dice «no». Un perro nunca dice «no», lo que me permite suponer que mueve la cola cuando está contento y que si pone esos ojitos es porque se siente culpable (?). Pero un humano puede refutar mi hipótesis inicial y con ello, mostrar su autonomía. Cuando eso sucede, se abre paso a la intersubjetividad, al odio o al amor, a la amistad, al comercio o al contrato. Para desear al otro, el otro debe también ser, manifestarse con indepedencia de mí.
Esto tiene dos implicaciones inmediatas. En primer lugar, si la autonomía es una variable esencial para el deseo, entonces estamos condenados a no desear a aquel que nos ame incondicionalmente, como tampoco desearíamos a una media naranja si existiese, porque no ofrecería intersubjetividad, no daría lugar al intercambio. Esto refuta la pretensión descrita en el apartado anterior: no, en el fondo no queremos a un no-deseante, queremos a alguien que desee, pero nos da miedo. Por eso los hombres con esposas perfectas se consiguen amantes, para buscar el deseo, caprichoso y rebelde como todo deseo, que sus mujeres parecen no tener. Pero también por esa misma razón nunca se casan con la amante, porque lo que verdadedamente los interpela también los pone en jaque, prefieren tenerlo de lejitos.
En segundo lugar, de acuerdo con lo explicado, todo encuentro entre dos autoconciencias es violento, esa es su definición. Si no, no es encuentro. La violencia aparece en la medida en la que el otro supone siempre un límite para el yo, algo con lo que éste se estampa. Cosa semejante sostiene Sartre cuando dice “El infierno son los otros”. Lo son porque son lo externo, lo que no puedo poseer o controlar, lo inhóspito. Me enfrento con ellos pero al mismo tiempo me espejeo sin remedio en sus gestos y en su reconocimiento. Es una dinámica exhaustiva e irresoluble, porque por una parte intento reducir el espacio entre los dos, disolver el disentimiento, y por la otra intento librarme, siempre sin éxito, de la carga de la identificación y de la copatía.

III.
Amaya Ortiz de Zarate, psicoanalista lacaniana, hace una diferencia entre el deseo del yo y el deseo del Sujeto. El deseo del yo nace del narcisismo primario y tiene una lógica de espejo (su constitución corresponde al estadio del espejo de Lacan y no en vano parte del mito de Narciso). Todo lo que el yo desea, es lo que de un modo u otro puede ser asimilado, representado y anticipado a voluntad. Y lo desea todo, sin exclusión ni límite, ya que su particular lógica es la identificación.
El deseo del Sujeto, en cambio, es el deseo del inconsciente, el deseo sexual. Su lógica ya no es la identificación, sino todo lo contrario, es la derivada de la inscripción de la diferencia radical, de la exclusión. En psicoanálisis, uno deviene sujeto tras la exclusión de la escena originaria que introduce al tercero (el padre), cuya función principal consiste en presentar la diferencia sexual, evidenciar el deseo de la madre (su carencia) y decirle al niño: “no, tú no lo eres todo”. Lo que caracteriza al deseo sexual, diría Amaya, es que el dolor está ahí desde el principio, pues supone, de entrada, una falta esencial en el ser. El amor verdadero —concluye— sólo empieza tras la renuncia a la posesión, al control absoluto, a la identidad con el objeto. Pero ese amor sólo puede ser vivido por el yo con dolor (tema tratado un poquito aquí) y si somos capaces de sostenerlo es desde nuestra posición de sujetos barrados.

IV.
Todo encuentro es un desencuentro y como tal, supone una decepción (como lo muestra su forma inglesa «disappointment»). El otro representa, a priori, un desfase y una frustración. El otro es un fracaso para el yo, quien, como ya dijimos, quiere devorarlo todo. Sin embargo, dicho dolor no tendría por qué adquirir un carácter traumático, y si lo adquiere no es culpa del otro sino de la inflexibilidad de nuestro ego, de nuestra incapacidad para amar, es decir, para ver verdaderamente a los demás. Para que pueda haber compenetración, hace falta aceptar nuestra propia finitud (yo no soy todo, yo no soy el otro), así como la independencia de nuestro objeto, la falta de concordancia entre sus categorías y las nuestras, entre sus intereses y los nuestros.
Para ello, es menester depurarnos de esas ideologías totalitarias que nos vuelven intolerantes a la parcialidad, ideologías de príncipes azules, de buenos y malos y de happily ever afters. Es importante renunciar a la lógica del confort sin aristas, tan propia de la modernidad (véase Esfuerzo) y atravesar así el dolor que implica nuestro propio deseo, que aunque inconveniente, es también emancipador, pues nos vincula con los otros y nos abre puertas para la cocreación y para el aligeramiento del yo, esa masa espesa. Sería hermoso poder llegar a decirle a alguien, con esto en mente: “por ti, estoy dispuesta a atravesar la decepción, o sea, a amarte desde el otro lado, ahí donde te encuentro y no te encuentro, ahí donde eres más allá de mí y a veces en contra mía, ahí donde la noche pasa y yo te tengo y no”.

«Guía de cómo ocultar exitosamente tu condición deseante».

It’ll be okay

De fantasías fatales.

I was lost, and I’m still lost,
but I can’t deny the feeling..
it’ll be okay.

I.
He estado de un humor zigzagueante en las últimas semanas. Regresiones, que le llaman: los problemas son los mismos siempre, pero por alguna extraña razón de repente duelen más; se unen con otros dolores más antiguos, adquieren matices, sabores, revuelven todo a su paso. He aprendido con el tiempo a mantenerme en calma, a verme desde afuera y no juzgar, a observarlo nada más mientras sale de mi sistema. No estoy mal. No obstante, lo cierto es que el proceso nunca es pulcro. O no tan pulcro como lo querría, al menos. A menudo me siento avergonzada en este estado, quisiera ser más que una muñeca fea, que un montón de despojos, de miedos, de ganas rotas.
Ya lo sé. Es tonto. Pero esto no es un argumento, es una confesión. Podría juzgarlo pero no me sirve de nada. Quizá, en mi caso, moverme de lugar implique dejar de buscar moverme de lugar: aceptar más y teorizar menos.
El punto es que cuando estoy en este estado ansioso y desolado, me aborda una fantasía que me persigue desde niña, entendiendo “fantasía” en un sentido amplio: una imagen proyectada, una aparición, un fantasma (no en vano estas dos palabras comparten etimología). Pese a que sucede en estado de vigilia, su inercia parece ser inconsciente, no la decido, sólo llega de repente a habitarme. En dicha fantasía, alguien que quiero debe morir. O yo misma, tras haber sido torturada.
Decirlo así, abiertamente, me llena de recato. Yo nunca he sido alguien más, de modo que no sé si es o no es raro lo que me pasa. O tal vez lo raro sea darle voz. “Hay cosas que no deberían de pronunciarse”, dice el vox populi. En cualquier caso, a mí me pasa y me hace bien poder pronunciarlo. He logrado, además, descifrar su mecanismo basándome en el momento en el que aparece: no es que me angustie dicha fantasía (que también), sino que más bien aparece para darle cuerpo a una angustia que ya estaba desde antes; como si fuera una literaturización terapéutica de aquello que no alcanzo a pronunciar, un vehículo ficcional para una carga emocional real que lo antecede.

II.
Mi padre y yo tenemos, desde hace años, una discusión irresoluble que poco a poco ha ido evolucionando en tema tabú: la concerniente a mi época preparatoriana. Contextualizo rápido para quien no esté familiarizado con la historia: la preparatoria ha sido la peor etapa de mi vida, iba en una escuela en la que la pasaba fatal, era víctima constante de bullying, etcétera. Cuando me quejo o cuando les reclamo a mis padres por haber sido cómplices y testigos silenciosos de esa situación, mi padre replica: “¿pero qué tal estás ahora, eh?, esa escuela te hizo crecer, actualmente eres una chingona y en parte fue gracias a ella, así que no, la verdad es que no me arrepiento de haberte dejado ahí”. Me hierve la sangre escucharlo decir eso. Adepto del pragmatismo y con un talante abiertamente maquiavélico, lo que mi padre está diciendo en el fondo es “el fin justifica los medios, y si los medios fueron violentos, peccata minuta”. Naturalmente yo difiero. Nada justifica el dolor inflingido, nada, aunque históricamente haya resultado, por azares del destino, algo afortunado. El primer paso es justificar, el segundo secundar. Me parece inaudito.
Sin embargo anoche, charlando con un amigo, encontré relación entre las fantasías que describo y el credo de mi padre. Comencé hablando del componente narcisista de mis pensamientos fatales, en los que claramente yo era la protagonista y en los que había margen de maniobra para la exoneración y hasta para el heroísmo (cosa que desdeño, cfr. este otro post). Pero luego se volvió un poco más específico: ¿qué heridas tenía que tener para buscar la victoria a través del dolor? Con esa pregunta la verdad se abrió paso: tal vez sí le he comprado el discurso a mi padre después de todo, lo suficiente al menos para creer que el dolor te hace mejor persona y que por ende es, en ciertos escenarios, deseable. Requiero demostrar que soy capaz de aguantar y de sublimar mis monstruos hasta convertirlos en tesoros, aunque eso inconscientemente termine haciéndome adicta a buscar monstruos con tal de colgar sus cabezas en mi sala de estar.

III.
Mientras me estaban torturando en mi cabeza, ayer o antier, mi consuelo y mi goce estaban centrados en una soberbia redentora muy particular: imaginarme ahí, derruida, y pensar “no pueden hacerme más daño”. Como prueba de ello, de que estaba por encima de mi propio dolor, me ponía a cantar. Cantar como un statement político y como el refugio último de la vitalidad. No, no pueden hacerme más daño.
Vienen a mi mente dos historias. En la primera un niño, psicotizado tras los abusos constantes de su sádico padre, está convencido de que cuando muera se va a ir al infierno y, para entrenarse, se hace quemaduras en todo el cuerpo. El punto crítico de la historia llega cuando se da cuenta de que en realidad no ha hecho nada lo suficiemente malo para ganarse el infierno. La segunda historia es la de una prostituta que juega el rol de la dominada en encuentros sadomasoquistas. Cuando un detective le pregunta que por qué se somete a tales vejaciones ella le explica que, contrario a lo que se cree, en encuentros de esa índole es el sumiso y no el dominante quien tiene el poder, pues es él quien puede decir “alto” en cualquier momento; su poder está en saber que puede resistir, que tiene el autocontrol para dejar que el dolor no lo gobierne, y que, no importa lo que pase, es dueño de sí mismo.
Si no podemos evitar sufrir, una forma de hacer que ese dolor no nos consuma es apropiárnoslo, aunque tal decisión termina fomentándolo indirectamente.

IV.
Hasta que esta compulsión comienza a devorarse todos los otros mundos posibles; mundos en los que está bien estar bien, en los que la paz basta y en los que se puede construir también desde sólidos cimientos y no sólo desde las ruinas. Cuando eso ocurre, el dolor pasa a ser el eje central de toda experiencia y la existencia entera se vuelve inhóspita. Y eso es algo que no deberíamos permitirnos.
Recuerdo periodos de mi vida en los que he tenido lo que querido y, tal vez por la misma razón, he estado intranquila, porque no encuentro para dónde crecer si no es valiéndome de obstáculos. Como cuando he estado en relaciones más o menos felices y más o menos estables y mi reacción ha sido de vértigo, de pánico. Me da miedo concebir una forma distinta de funcionar, una en la que no requiera forjar mi identidad en la batalla y en la que pueda poner a descansar un ratito a mi espíritu combativo. Pero la verdad es que quiero estar bien, y más aún, quiero creer que puedo estar bien sin que se acabe el mundo, que nadie me va a matar si cierro los ojos y me dejo mecer por una cotidianidad dulce y poco extraordinaria. Uno no puede protegerse de lo imprevisto, y encoger los hombros bajo la lluvia no te hace mojarte menos. Lo mejor es asumirlo de una buena vez y, venciendo al temor, bajar la guardia y disfrutar.  It’ll be okay, Mariana, eres más que tu dolor.

Una partida es una partida

O sobre una economía emocional en contra de las relaciones de poder

Terribles son las palabras de los amantes
aunque estén bañadas de falsa alegría
cuando llega la desolada hora de la separación.
—Juan Luis Panero.

Terminar una relación es siempre una herida al ego. Aun cuando eres tú quien elige terminarla, la herida es inevitable pues —en teoría— iniciaste esa relación confiando en su potencial y deseando su permanencia, por lo que terminarla supone siempre una derrota. Esta es la razón por la que, después de una separación, la gente comienza a hacer todo tipo de rituales compensatorios: hay quien le habla a sus amantes del pasado para cogérselos y así creer que sigue siendo deseable o que “ha vuelto al ruedo”; hay quien entra a dieta, compra ropa o reordena sus cajones; hay quien decide dedicarle 106 borracheras a su viejo amor antes de pasar a lo siguiente. Las mujeres salen de su casa un poco más arregladas, los hombres se fijan un poco más en las mujeres de la calle y ambos se convencen todas la mañanas de que están bien y de que el cambio les ha sido favorecedor.
Dentro de estas prácticas placebo hay una que a mí, cada vez que la escucho, me llena de angustia: ciertas personas, al cortar, buscan desesperadamente demostrarle a su pareja que la han superado de inmediato y ponen, por ejemplo, fotos en Facebook en las que salen sonrientes rodeados de mujeres, si son hombres, o viceversa. Me llena de angustia porque es justo el mecanismo opuesto al mío: yo, por el contrario, necesito sentir que soy la última que se va, la que quiere hasta el final. Lo que a mí me hace sentir en control es la perseverancia de mis afectos y su congruencia casi kantiana, pues siento que es en la continuidad en donde encuentro algo real, y lo real —a mi parecer— lo exculpa todo. Si es real, entonces no ha sido en balde. Si es real, el dolor se dignifica y se vuelve soportable y casi gozoso.
Así, cual mártir del siglo VI, subsano mi narcisismo bajo la noción falaz de que un amor que permanece aun pese al dolor, te hace mejor persona. El subtexto parece decir: mi amor no se rinde (a diferencia del tuyo, cabroncete), yo puedo más que tú (la tengo más grande), se la pelas a mi superioridad moral (puto). En lo que no reparo es que a fin de cuentas es también una pose, una medida compensatoria como cualquier otra y —esto es importante— un discurso elaborado exclusivamente para mostrarle algo al otro o a mí misma. Igual que quien pone las fotos en Facebook para marcar un punto, yo dejo de coquetear por Twitter, dejo de hablar de amor o de sexo y no me permito mostrarme demasiado feliz, no vaya a ser que crea que ya tengo a alguien nuevo o que nunca lo quise.
Sobra decir que ambos extremos son ridículos, como ridículo tiende a ser el resultado cuando los dos egos implicados se miran de frente e inflan el pecho, desafiantes. Si un ego soberbio se encontrara con el mío, por ejemplo, podría tranquilamente sentir que él es el victorioso pues —pensaría— yo todavía sigo ahí, disponible como una boba. Y paralelamente yo también celebraría mi victoria, embriagada por el goce de pensar que mi cariño por él está más allá del bien y del mal y que eso es algo que él no me puede quitar, ni él ni su propensión de hombre débil a hacerme daño.
Pero en realidad —y es en lo que quiero enfatizar— nadie gana nunca. El final de una relación supone siempre una derrota, y la mejor forma de salir librado de ella con relativa entereza es sólo asumir esa derrota de raíz y que duela lo que tenga que doler. Lo terrible de estos intentos de indemnización es que siguen esperando una reacción en el otro o un modificación que los redima de alguna forma, siguen jugando el largo y triste juego del poder. ¿Para qué? Jugar ese juego no sólo prolonga innecesariamente la tensión y el desgaste, sino que además pervierte el sentido original del vínculo, ¿pues qué hay más opuesto al amor que el poder?
Pienso en todo esto mientras un amigo me cuenta cómo terminó con su novia y me siento de pronto reconfortantemente ajena: no, yo ya no necesito eso y espero no tener que volver a necesitarlo. Si el otro cree que ya pasé a lo siguiente o si cree que sigo muriendo por él, asunto suyo. Si me ama o me odia, yo no tengo nada que ver ahí. No podemos vivir cuidando las representaciones que cada quien haga en su cabeza de nosotros. Es desgastante. Es infructífero. Lo único que podemos hacer es dar lo mejor cuando venga al caso, y cuando no, sobarnos el amor propio y actuar conforme a lo que consideremos prudente —ya sea alejarnos o mantenernos cerca— pero siempre pensándolo en términos de deseo y no de estrategia, de cariño y no de ego; renunciando de antemano a intentar marcar un punto o ganar una batalla. No, no es una batalla; es un encuentro (con su respectivo desencuentro). El problema de las batallas es que en ellas siempre hay muertos.