«Hacer mi vida mía»

O sobre la importancia de hacernos cargo de nuestro deseo.

Cuando era adolescente decía que me urgía crecer para «hacer mi vida mía». O sea, para poder seleccionar la estación de radio de mi preferencia cuando fuera en el coche, mi hora de llegada, la forma de invertir mi tiempo y mis batallas. En la universidad fue un poco así, pero bajo el yugo de mis padres; luego, en la editorial, me atormentó la posibilidad de que esa vida «mía» fuera una utopía y de que la adultez, más que libertad, fuera a ofrecerme sólo una nueva esclavitud. Madrid fue el paraíso en ese respecto y ahora que vuelvo, creo encontrar un equilibrio: incluso acabo de notar que ahorita gano más de lo que ganaba en la editorial, y aunque de momento no tengo nada definitivo, estoy contenta y me queda tiempo libre. Sólo me falta emanciparme, ese último paso.
¿Pero qué es exactamente eso de «hacer mi vida mía»? De entrada, pudiera parecer un deseo vacío: la independencia, por sí sola, no sirve para nada. Además, pensada en abstracto, es una idea absurda, caprichosa, imposible. Pero creo que es algo más sencillo que eso: simplemente se trata de tomar postura, de no ceder ante la cómoda pero fraudulenta pasividad.
Creo que uno de los problemas más graves de la sociedad es que nadie se responsabiliza de su deseo. Generalmente lo depositan en sus circunstancias o en las personas que los rodean. Como los hombres que dicen haberse casado porque “era lo que tocaba”, que es otra forma de decir que lo hicieron porque la sociedad lo quiso o porque su mujer se los exigió. Mentira. Ellos fueron los que se casaron, los que ahorraron para el anillo, los que pensaron en lo práctico que sería ya no tener que ir a visitar a la novia por las noches. Su deseo también estaba puesto ahí, pero simulan que no y con ello se desentienden, tanto que pueden tranquilamente despertarse un día y sentir que no han decidido nada, que su vida les es ajena. Entonces se divorcian —diez, veinte años después— y le cuentan a su nueva noviecita que nunca estuvieron realmente convencidos, que sólo fueron débiles y se dejaron llevar.
Por eso, mi hobbie favorito cuando conozco a alguien nuevo es tomarlo al pie de la letra. Si un amigo se pronuncia suicida, por ejemplo, hablo como si se fuera a morir mañana; si un hombre me advierte que me va a dejar, no dejo de despedirme de él durante toda la relación; y si una amiga dice que no hay nada que condene más que la infidelidad, tengo la cortesía de avisarle cuando está coqueteando con alguien. Es común que se espanten o hasta se ofendan por mi excesivo respeto hacia su discurso; pero a partir de ahí empiezan a hacer matices («no, bueno, no es tan así») y el simulacro se desvanece, o al menos, se evidencia la contradicción. Claro, porque estamos acostumbrados a no ser tomados en serio y eso nos permite mantener un doble discurso: el de nuestro verdadero deseo (lo no dicho, lo que duele) por un lado, y el de nuestro goce (lo que presumimos), por el otro.
Me parece que la ética del psicoanálisis de Lacan va por ese lado: tenemos la obligación moral de no ser ciegos a nuestro deseo, de pronunciarlo, de asumirlo, y sobre todo, de no hacer que los demás carguen con él, como hacen esas mujeres que dicen “si yo no lo quiero, es que él me busca mucho…”, o esos hombres que malargumentan con un “yo no quería pero ella me sedujo”.
Si logramos eso, automáticamente nuestra vida empieza a sentirse más nuestra, porque descubrimos que no estamos parados donde estamos por error, sino que hemos participado de una forma o de otra en la construcción de nuestra cotidianidad. Y es que dado que nuestro deseo es nuestro, no podemos sino habitarlo con alegría, y cuando lo hacemos, curiosamente, descubrimos que nuestra vida es deleitable y que resulta fácil amarla, pues como dice Comte-Sponville, el amor no es sino la felicidad de desear.

1 comentario en “«Hacer mi vida mía»

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