Adultez

We’ve had bad luck with our kids
— they’ve all grown up.

~Christopher Morley.

Madurar es reencontrar la seriedad
con que juega un
niño.
~Nietzsche.

I.
A veces me pregunto por qué conforme vamos creciendo nos vamos quedando más y más solos. Es, por una parte, comprensible: con el paso de los años, tu mundo se va abriendo progresivamente. Al principio es sólo tu madre y tus compañeros de primaria, pero pronto se vuelve también tu vecindario, los amigos de tu primo, los niños con los que juegas al futbol los domingos. Transcurre el tiempo y ya es la universidad acompañada de tu novia, de tu banda de rock y de tus nuevos amigos. Más tarde te mudas y tu mundo ya no es sólo tu vecindario sino esta urbe enorme. Y así como te mudas tú se muda tu hermano a China y tu mejor amigo a Nueva York. La distancia empieza a ser un impedimento junto con el tiempo: ahora tienes más cosas de qué preocuparte. Entonces pasa que un día despiertas y descubres que tu mundo ya es el mundo. Pero por lo mismo ya no sabes por dónde empezar a habitarlo, se te sale de las manos. Tu concepción de compañía se ha descentralizado y en consecuencia, ya no la encuentras en ninguna parte. El único centro que has podido cargar a todos los lugares has sido tú mismo: estás solo.
Pero a eso se le suma otro factor no menos dramático: la gente, al crecer, se va volviendo asquerosamente ordinaria. Apenas vislumbran el albor de la adultez, ceden a la presión social de ser lo que se espera de ellos. Así, quien en preparatoria era una hippie marihuana, a los veinticinco años ya se levanta tempranito para hacerle el desayuno a su señor esposo, y quien en secundaria se desnucaba de la risa contigo en la clase de inglés o afirmaba que todos estábamos muertos, ahora te mira con cara de extrañamiento apenas te sales un poco del guión.
En ese escenario, la interpelación —el encuentro real con el otro— se vuelve cada vez más extraordinaria. Comenzamos a repetir patrones, formas, estructuras; dejamos de vernos a los ojos. El «smalltalk» es el mayor ejemplo de esa perversión adulta, pues pone en evidencia nuestro deseo de estandarización, ya no sólo de los temas de interés, sino también de la personalidad, de los deseos y hasta de los estados anímicos (¿cómo estás?, bien, ¿y tú?, bien gracias, ¿qué cuentas? pues nada, aquí en la chamba, qué mal, que acabes pronto). Un niño nunca se va a poner a hablar contigo del clima.
Yo recuerdo que cuando estaba pequeñita no era tan difícil encontrar con quien compartir las ganas de personalizar el mundo, o con quien compartir a secas. Nadie era excepcional porque todos lo éramos: las puertas del diálogo y la cocreación no se habían cerrado todavía por los prejuicios o las autoconcepciones.

II.
Hace muchos años tuve un profesor que afirmaba que la educación no era más que un artilugio para prolongar la infancia, y que si ahora nos tardábamos más en madurar que antes, era sólo porque pasábamos más tiempo siendo educados. Me pareció que tenía sentido. Siglos atrás, la gente a los quince años ya estaba casada y trabajando. Que si lo hacían bien o mal, quién sabe, juzgarlo sería anacrónico, pero lo importante es que lo hacían, lograban sacar adelante a su familia y a su cosecha, se vertían al mundo práctico sin preguntárselo y fin del asunto. Recalco: sin preguntárselo. La pregunta le pertenece al niño que apenas descubre el mundo por primera vez y sobre todo, que todavía no tiene que preocuparse por el mundo real. En ese sentido, la educación lo único que hace es prolongar la pregunta, y con ello, postergar la cristalización del yo.
Cuando yo tomé esa clase tenía 17 años y recuerdo que creí haber encontrado el elíxir de la eterna juventud: sólo tenía que asegurarme de no dejar de aprender nunca. Ya desde entonces la adultez me parecía algo repulsivo: yo no quería dejar de preguntarme, no quería dar por sentado un estado de cosas ni volcarme de lleno a la vida más práctica, tan insulsa. Veía a mi madre abúlica y se me revolvía el estómago; claro, ella era adulta, ella ya se había casado y se había reproducido, ya sólo le quedaba morirse. Si la infancia era una disposición afectiva de búsqueda y la adultez lo era de conformidad, yo no quería ser adulta nunca. Hiciera lo que hiciera —me prometí entonces— nunca renunciaría al asombro ni a la perenne autopoiesis. Quizá por ello elegí la carrera más infantil en esos términos: filosofía.

III.
El problema viene cuando conocemos adultos que, bajo un discurso similar al que yo manejo, se convierten en eternos adolescentes incapaces de responsabilizarse, de luchar por sus intereses, de hacer su vida suya (cfr. «Hacer mi vida mía»). Pueriles e irresponsables como niños, esperan que el mundo se someta a sus caprichos y patalean cuando no les salen las cosas. Pero lo que no entienden esos adultos infantiloides es que estancarse en la niñez es lo contrario a ser niño. Todos los niños quieren crecer, dice Comte-Sponville. El infantilismo es una enfermedad de viejos pues la infancia es, ante todo, una predisposición activa a la madurez.
En ese espíritu, tomar el timón de nuestras vidas y domesticar nuestros impulsos no sería sino el deber final de esa predisposición. Madurar no tendría que ser opcional. Si la niñez es un periodo tan sufriente es porque en ella se tiene que atravesar el dolor de ser uno mismo y lo que implica, volverse tolerante a la frustración, aprender a perder. En ese sentido, lo que no se vale es ser adulto y, en aras de no perder, no atravesar nunca la barrera de fuego.
Por eso me gusta tanto la frase de Nietzsche que dice “Madurar es reencontrar la seriedad con que juega un niño”, porque lejos de apelar a una falta de compromiso, sostiene un compromiso aún mayor: para un niño, su juego es cosa seria. Tanto que mientras juega, el tiempo se suspende para él, porque está ahí y sólo ahí, no necesita más. El niño sabe de lo íntimo y de lo importante, sabe darlo todo y, a diferencia de en el adulto, es mayor su anhelo que su temor.

IV.
Cuando hablo de estos temas siempre viene a mi mente The Golden Compass (2007), aquella película en la que las personas tienen a su alma materializada en un daemon, que es un animal que los acompaña a todos lados. La película muestra cómo los daemones de los niños todavía no se han fijado y mudan constantemente de forma. En cambio, los daemones de los adultos ya tienen una forma definida. Quizá es utópico, pero yo creo que no tendríamos por qué perder esa ductilidad. Nuestros daemones siempre deberían de reservarse el derecho de mutar, aunque sea, en dos o tres animales distintos. El asentamiento coquetea con la momificación y lo que no se dobla, termina por romperse.
Creo que es antivital negarnos el derecho al juego, a la curiosidad y a la improvisación, porque sólo en esas prácticas podemos encontrar naturalidad, nutrición y por ende, descanso. Lo demás, es aburrimiento. El otro día vi a una niña en una escalera eléctrica que extendía la manita para sentir la textura de la ropa de un maniquí que estaba entre el primer y el segundo piso, en una tarima. Se me antojó imitarla. Yo tampoco sabía qué textura tenía la tela. Pero claro, yo ya era grande para estar haciendo esas cosas. Al final lo hice pero con disimulo y pensé: desafortunados nosotros los adultos que, por pudor o por forma, nos perdemos de la posibilidad de descubrir la textura de las cosas.

Esperanza

En la espera se sueña,
  se alargan amores, se
manosean recuerdos.
-Irene Sánchez Carrón.

I.
¿Por qué alguien renunciaría al poder? —me preguntó Ana hace unos días—. Porque el poder da esperanza —le respondí—. O si no, ¿cómo explicas que las guerras de poder sean tan intensas, tan cruentas? Lo que las motiva es la periódica pérdida de ese poder y la esperanza de recuperarlo. Quien se mata a sí mismo, quien renuncia, se sale del juego. Eso lo sabían muy bien los estoicos, para quienes la felicidad estaba en la posibilidad de desesperanzarse. La ventaja de renunciar al poder es que renuncias a intentar ganar, y haciendo eso, todas tus victorias se vuelven libres de intereses.
Entonces, ¿lo harás? —me dijo con los ojos bien abiertos—. No lo sé, la verdad no lo sé. Me da miedo quedarme a la deriva. Le temo al dolor y le temo a la cobardía. Pero hay una cosa que me queda clara: a diferencia de lo que sostiene Marías en Corazón tan blanco, yo no creo que nadie tenga que obligar a nadie. Es el otro problema del poder: te hace creer que tu esfuerzo basta, que puede mover al mundo. No. El mundo debería de poder moverse por sí solo, las voluntades deberían de poder entrelazarse sin necesidad de coerción alguna. Yo no soy quien para obligar a nadie. Y menos, para esperar respuestas. Atar es ser atado, cualquier hegeliano sabe eso.

II.
¿Qué te angustia exactamente? —me preguntó Nivo en una de nuestras charlas nocturnas—. El futuro abstracto —le contesté—. Entonces corta con el futuro abstracto de tajo, porque de tan abstracto se convierte en recuerdo instantáneo, en temporalidad simulada mediante secuencias tautológicas —me dijo—. El futuro abstracto es sólo el receptor de un montón de recuerdos simulados, o sea, de deseos proyectados. Con el futuro abstracto finges estar recordando, finges poseer una vivencia que no posees, que no existe. Lo que te angustia es la temporalidad de los recuerdos, el orden de éstos. Te inquieta, en otras palabras, algo que no pasa.
Honestamente no sé si suscribo del todo tu concepción no lineal del tiempo —le repliqué—. Ya lo hemos hablado. Pero algo sí te concedo: este desasosiego no es más que un deseo sin objeto, proyectado inútilmente sobre el espejismo de lo que pudiera ser. Este desasosiego es pura esperanza y en esa medida, me parece un crimen. Amo lo suficiente para que no haga falta (el amor es alegría, decía Spinoza), amo lo suficiente para que tanto el instante como el otro basten, y si no bastan quiere decir que algo se ha corrompido aquí, que se ha llenado de lo que no le pertenece: impotencia, espera, incertidumbre. Cuando digo que me angustia el futuro abstracto lo que estoy diciendo en el fondo es que me parece reprochable tener un deseo cuya realización no está en mis manos. Porque entonces traiciono la bastedad de sus ojos, la luminosidad de la tarde, mi propia risa y todo aquello cuyo valor está en sí mismo, en su sola existencia, como un maravilloso y fortuito «porque sí».

III.
¿Te veré esta semana? —le pregunté. De inmediato me molesté conmigo misma por hacerlo: ahí estaba yo, tirando los dados una vez más como si fuera una cuestión de suerte y no de voluntad—. Estaría bien, ¿no? —fue su respuesta—. Pues sí, estaría, pero no me hables en pospretérito —le dije. Se río por mi formulación. Sentí su risa en la panza como me ocurre siempre (la risa que es instante, como un maravilloso y fortuito «porque sí»), pero tenía un argumento: El pospretérito es el tiempo verbal de la esperanza y la esperanza, como diría Comte-Sponville, se opone a la felicidad. El pospretérito es el deseo sin acto, la fantasía sin compromisos. Dame un «es» (cualquier «es», querido mío, cualquier «es»), pero no me llenes de más «serías». Llenarme de «serías» es maquiavélico de tu parte. Yo no puedo sostener el «es» por los dos— ¿Puedes el viernes en la noche? —dijo de pronto. Y la idea del viernes se dignificó por un instante, pues albergaba algo real, y lo real, por definición, no falta nunca. Así fue.

IV.
Esta semana estuve leyendo a Comte-Sponville (ese francés que tanto cito por acá). Comte-Sponville es un spinozista temerario que en pleno siglo XXI sigue manteniendo la jerga de la filosofía clásica y usa palabras como «amor» o «felicidad», un acto subversivo considerando que estamos en una época de nihilismo. Entre sus premisas principales se encuentra esta que ya he mencionado en el párrafo anterior: la esperanza es lo opuesto a la felicidad, porque es la felicidad proyectada en lo inexistente. El deseo como carencia, es esperanza. Esperar es desear sin gozar, pues se desea lo que no está y por tanto lo que no se puede disfrutar. Esperar es desear sin saber, pues se desea lo que no sabemos si ocurrirá. Y por último, esperar es desear sin poder, pues si no sería voluntad y podría ser satisfecha.
Por eso, es imperativo apelar a la desesperación; ese trabajo dificultoso del duelo (siempre duele renunciar a la esperanza), ese desprendimiento estoico, ese abrazo consciente a la vida como la conocemos en la que de hecho se puede gozar, saber y poder lo que se desea. Sólo basta aceptar lo que hay. Logrando esto, todo lo demás se convierte en potencia, en empuje, y el deseo deja de ser hambre para volverse apetito y desbordarse en abundancia. “La felicidad de desear, que es amor, vale más que el deseo de la felicidad, que sólo es esperanza.”

Te quiero, sin esperanza. Cuídateme mucho, ¿sí?

Contención

Refutación a Autocontención y extensión (personal e innecesaria) de Corresponsabilidad

El otro día le comentaba a mi amigo Alex que yo me enamoro de los hombres que no buscan salvarme. En esa elección de objeto se manifiesta —por supuesto— mi deseo inconsciente. Necesito de ese espacio para levantarme sola y sola sacudirme las rodillas; necesito saber que puedo, aunque eso hable más de mis carencias que de mis aptitudes; necesito que no le den cuerda a mis dramas, que no me pobreteen y que acepten mis vaivenes emocionales como parte de mí, sin connotaciones negativas. Esa necesidad, si bien me parece en general sana, a veces me resulta inconveniente y me fastidia: ¿es acaso adicción a la sed?, ¿por qué no puedo fijarme en alguien que de hecho me mime, que de hecho esté?
Exagero. Más de una vez he sido querida y he sido mimada. He sabido dejarme querer, aunque lleve su tiempo. Pero aun así, la verdad es que recibir nunca ha sido mi fuerte. Recibir exige asumir una vulnerabilidad que me resulta paralizante, implica ponerme en manos del otro y prestarme a que me falle o me traicione. Es paradójico: tanto amor que me inspira el otro y tan poca confianza. Sin embargo, ambos sentimientos son innegablemente ciertos: quiero, quiero mucho, pero rara vez confío.
Esa desconfianza la tengo desde que era muy chica. Recuerdo cuando ya adolescente le confesé a mi mamá que de niña tenía pesadillas recurrentes y que todas las noches le rezaba angustiada a Dios pidiéndole que por favor ese día no me despertaran los malos sueños. Ella me contestó enternecida: “¿y por qué nunca me dijiste?” No lo sé, porque no era asunto suyo. Porque yo sabía que en el fondo todo estaba en mi cabeza. Porque quién era yo para despertarla. Porque qué podía hacer ella por mí. Y en resumen, porque ya desde entonces no le tenía confianza.
Visto así, mi autocontención no tiene ningún mérito, pues no es otra cosa que una herida mal cicatrizada, una manifestación de mis miedos más íntimos. No depender de nadie ha sido mi máxima de acción desde que tengo uso de razón. ¿Por qué? Tengo sólo hipótesis. Quizá porque desde muy pequeña temí la muerte de los míos y eso me llevó a autoeducarme durante toda mi niñez a valerme por mí misma “por si las dudas”, o quizá por ese trauma infantil en la que alguien abusó de mi confianza, o tal vez porque no quería estorbarles a mis padres que ya suficiente batallaban con mi hermano o porque encontré ahí el cajón perfecto para mi narcisismo y para mi sentimiento de omnipotencia. O todo lo anterior. Quién sabe.
Como sea, ya estoy grandecita para seguir nutriendo la fantasía de la puedelotodo. Es mentira. A veces necesito ayuda. A veces necesito un abrazo. A veces me gustaría dejar descansar a este miedo infame a mí misma y sentir que puedo ser querida aunque caiga, aunque sea débil o aunque me muestre carente. Al final, ¿no es el amor también una suerte de contención, una gratuita y alegre?, ¿y no es en el amor precisamente en donde encontramos un refugio del miedo? Tengo ganas de cambiar de paradigma, de asumir del todo mi creencia en la idea de comunidad, en el poder redentor del otro, en la corresponsabilidad. ¿Podré?

[Para los que quieran el mapa completo, hablo un poco de mis traumas relacionados aquí y de dar y recibir acá].

Cariño mío, no siempre sé volar.

Hace poco escuché a alguien canturreando el famoso poema de Girondo que dice:

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisiaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de sorportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Sonreí. Hace unos siete años era yo quien canturreaba ese poema. ¡Claro!, y es que la capacidad para volar suena a un buen criterio para elegir pareja, ¡qué mejor que conseguirte un compañero de viaje que sea ligero como pluma, soñador y sin temor a las alturas!
No obstante, fue una película inspirada en el mismo Girondo, El lado oscuro del corazón (1992), la que me hizo verlo desde otra perspectiva: en ella, Girondo deja caer al vacío a todas sus compañeras después del encuentro sexual (las deja caer literalmente, aprieta un botón y se abre la cama), pues a su parecer nadie saber volar. Esa forma de vida parece funcionarle hasta que, como era de esperarse, se enamora. Se enamora de una prostituta inalcanzable y escurridiza, una prostituta libre quien, al final de la película, se la revierte y presionando el botón, lo hace caer al vacío.
La ironía de esa escena da cuenta del verdadero drama del amor: quisiéramos que fuera sólo levedad pero lo que verdaderamente lo constituye como tal, es su peso. Saber volar es tan importante como saber no-volar. El amor te da un par de alas pero también te ancla, y si no aceptas ese precio a pagar, acabas siendo traicionado por las circunstancias. Lo mismo con la inspiración, con la autopoiesis y con todas las cosas que dignifican al hombre: la levedad sin contrapunto resulta insoportable (cfr. Kundera), y, más aún, es inútil: un papalote no vuela sin un punto de apoyo y todo lo que es lanzado al aire necesita, tarde o temprano, caer.
¿Que si yo sé volar? No lo sé, depende del día, a veces sólo soy un pichón herido, a veces un pez, a veces una bomba de tiempo.
Y tú, ¿sabes no-volar (dignamente)? Si no, ¡pierdes el tiempo intentando seducirme!

Für Elise

En toda mi vida sólo he coleccionado tres cosas: piedras, libretas y cajas. Las piedras las coleccionaba porque era mi forma de “poseer” un lugar: si iba a una playa las buscaba en la orilla del mar, si pasaba por unas vías de tren no podía evitar agacharme y recoger un par y si viajaba a otro país regresaba con un montón de piedras de souvenir para todos mis amigos. Alguna vez incluso hice un museo de piedras en mi casa y a todos los visitantes (que se reducían a mi hermano) les contaba la historia de cada una de ellas.
Mi colección de libretas no requiere explicación, se sobreentiende dada mi pasión por escribir. La materialidad de la escritura también condiciona su afectividad: importa el papel e importa la tinta, y en el hábito de llevar una a todos lados se esconde la predisposición a una lectura narrativa del mundo.
Pero las cajas, ¡ah, las cajas! Las cajas representaban para mí la materialización de los secretos. No era sólo guardar (que ya era suficientemente satisfactorio para un alma acumulativa como la mía), era guardar lo privado, lo prohibido, era crearle un espacio a la intimidad (cosa nada sencilla teniendo una madre como la mía, que más de una vez abrió cajas con llaves y leyó descaradamente mis diarios). Por eso me gustaban las cajas con truco para abrirse, las cajas escondidas al fondo del cajón, las cajas que escondían cosas que no parecían esconder.
En ese contexto, es que llegó a mis manos una cajita musical —un alhajero cualquiera— que tocaba la melodía de Für Elise de Beethoven. Era mi gran tesoro. Pasaba horas abriéndola y cerrándola, intentando descifrar su mecanismo. La abría poquito, muy poquito, esperando a que no sonora. Era esa la paradoja de lo privado, lo mismo que cuando se cae un árbol en medio del bosque: no podía acceder al interior de la caja sin que ésta se transformara para mí con su melodía. El verdadero secreto era el silencio.
Desde ese momento, Für Elise quedó vinculada a un pedazo muy frágil de mí, a una emocionalidad infantil. Cuando la escucho, viene a mi mente invariablemente la casa de Cuernavaca: yo viví ahí cuando era apenas un bebé y no recuerdo nada, pero durante varios años regresamos a esa casa de visita. Recuerdo estar en la recámara y verme en el espejo, recuerdo ese juego eterno de abrir y cerrar el alhajero.
Hoy escuché Für Elise por accidente y con todo esto en mente, me dieron ganas de llorar. Recordé además que la nueva novia de mi ex se llama Elisa. Ella toca el piano, lo que, en mi fantasía, me ha bastado para asumir que su padre es músico y que le puso ese nombre por la melodía. Me la imagino tocándola en el piano, erguida y grácil, con una elegancia de la que yo carezco. Me imagino a él halagándole las manos de pianista. Me imagino a mí imaginando y me alegra saberme fuera de la escena.

Y ésta la compré en Amsterdam el año pasado.

Esfuerzo

Esfuerzo: Empleo enérgico del vigor o actividad del
ánimo para conseguir algo venciendo dificultades.

Hace poco descubrí que todas mis pasiones se pueden reducir a una sola: a mi pasión por el esfuerzo. Si a mis alumnas les cuento el proceso y no el resultado de las grandes epifanías de los filósofos, no es sólo porque resulta una muy buena técnica para mantenerlas interesadas, sino porque el resultado en el fondo da igual, lo que importa es el problema. No en vano existe aquel chiste que dice que mientras los ingenieros le encuentran a cada problema una solución, los filósofos le encuentran a cada solución un problema. Somos adictos al conflicto, ese divertimento del empeño.
Lo interesante es que al narrar el proceso, la avidez por el resultado llega sola; es decir, el engorroso camino de la duda y del lento desmenuzar de la realidad le abre paso al interés, a la sed por lo nuevo, a la posibilidad del asombro. El trabajo prepara el terreno para recibir su producto, le permite al trabajador valorarlo.
Fenómeno semejante ocurre en el terreno del amor: no estamos capacitados para recibir los frutos de lo que no hemos cultivado. Por eso un teamo prematuro resulta tan obsceno, y por eso desconfiamos del que nos da todo sin dosificación y sin preámbulo; porque contrario a lo que creeríamos, no es el amor lo que queremos, es el proceso del amor, el morboso testimonio de su nacimiento, la secreta complicidad de su desdoblamiento.
Haberlo olvidado constituye, a mi parecer, el mal del hombre moderno. Con la llegada del capitalismo y todo su discurso en pro de la practicidad y del placer, el desdén por el esfuerzo se ha incrementado en grados desorbitados. Para qué lavar los trastes si puedes comprar un lavatrastes, para qué hacer ejercicio si puedes comprar uno de esos aparatos que vibran y hacen ejercicio por ti, para qué pensar si puedes comprar un manual for dummies. Si de por sí la pereza es uno de los vicios más humanos, en una sociedad en la que la mercadotecnia te promete constantemente resolver todos tus problemas personales (¿libros de autoayuda, joven?), la sola idea del esfuerzo se vuelve insoportable. Entonces sufrimos. Sufrimos cuando el simulacro del hedonismo se muestra insuficiente (que es seguido), cuando encontramos laderas en nuestras relaciones, cuando nos damos cuenta que las recetas instantáneas para la vida son una estafa o cuando —en resumen— descubrimos que hagamos lo que hagamos no podemos huir del trabajo.
Es una cuestión de interioridad y exterioridad: el esfuerzo es un movimiento que va de adentro hacia afuera, mientras que el mundo capitalista nos ha querido enseñar que las soluciones van de afuera hacia adentro. Por eso privilegia los datos sobre la reflexión y las pastillas para adelgazar sobre la lenta quema de calorías. Al respecto yo me pregunto: aún si fuera cierta esa utopía del no-esfuerzo (que claramente no lo es), ¿qué sentido tendría vivir en un mundo como ese? Sería lo equivalente a que alguien jugara un videojuego por ti y luego esperara que fueras tú quien se sintiera victorioso. (Aunque ahora que lo escribo pienso en los partidos de futbol y decrece un poquito más mi fe en la humanidad).
Por esta razón, cuando D. me preguntó que qué deseo le pediría a un ser mágico a cambio de mi vida como la conozco, le contesté que ninguno. Porque lo que verdaderamente me apasiona y me permite sostener mi deseo es el esfuerzo, el proceso, y si obtuviera el resultado por una vía mágica no sólo no lo gozaría sino que me sentiría profundamente desdichada. Mi deseo es jugarme el pellejo por mi deseo, lo demás es lo de menos. Así que si se me apareciera esa criatura mágica le diría: «El deseo es un fin y no un medio, lástima que no eres humano para entenderlo».

Kyubey, la criatura mágica cumpledeseos.

Kyubey, la criatura mágica cumpledeseos.

Autenticidad

Entre la vorágine y la tibieza,
recuérdenme eligir siempre la primera.

Hoy recordé un episodio de mi vida que relataré a continuación. (U., tú cierra los ojitos).

Estaba en segundo semestre de la universidad, acababa de cumplir 19 años y empecé a salir con U. Él llevaba más de un año cortejándome y en algún momento yo había correspondido a sus flirteos, pero luego, por razones propias de la juventud que nunca son razones per se, lo había bateado y había iniciado algo con alguien más. Cuando esa otra relación llegó a su fin (tan sólo unos pocos meses después), salí a tomar un café con él y tras un sólo beso, la historia dio un giro inesperado; porque ese día, al sentir su tacto (sus labios suaves, su beso lento, su mano en mi cintura cuando me cedió el paso, su delicadeza contrastante con su look de metalero) despertó en mí un deseo que hasta entonces desconocía. Tres semanas después (con la llegada de Semana Santa) ya estaba en la playa con él, haciendo el amor, fumando marihuana todo el día, jugando quién sabe cuántos juegos bobos entre risas y hamacas, y correteándonos en la orilla del mar como dictan las películas románticas.
Cuando regresamos, empezamos a andar. Yo conocía a su exnovia, A., quien, en el contexto swinger de una escuela pequeñita, había andado también con OM, mi primer novio y mi primer amor. Aunque empecé con U. por un genuino enamoramiento, la verdad es que por la historia que nos antecedía, era también una suerte de venganza poética: A. me había bajado a mi primer novio y ahora yo andaba con el suyo de años, de quien estaba todavía enamorada.
La cuestión es que yo tenía demasiada información sobre A. Sabía, por ambos chicos, sus manías, sus preferencias y sus inseguridades. Además, aparentemente las dos teníamos ciertos rasgos en común (a mi pesar), y cuando yo le comenté a U. que quería que mi hija se llamara Luna, él me dijo que lo mismo le había dicho ella, y cuando le puse un apelativo cariñoso (uno muy específico, además), me dijo que por favor no lo llamara así, pues era así como ella le decía.
Por eso, cuando U. me llamó por equivocación con el nombre de A., no una sino dos veces, fue razón de crisis. Yo no quería ser A. No después de que OM, a quien de verdad había querido como a nadie en el mundo, la había preferido a ella sobre mí cuatro años antes.
Entonces decidí que usaría esa información a mi favor, y que si ella era una loca celosa inestable, yo no lo iba a ser nunca. Por el contrario, me volví dócil y poco exigente, comprensiva a un grado irracional. Con lo que no conté fue con el hecho de que U., en el fondo, buscaba ese conflicto, ¡por eso se había enamorado de A. en mi primer lugar!, ¡y por eso mismo se había enamorado de mí justo cuando yo no le correspondía y sólo lo toreaba con gracia! Cuando dejé de representar un reto, él perdió el interés.
Después de escasos tres meses, él habló conmigo y me dijo que había llegado a la conclusión de que quería estar solo. Yo lloré un poco pero no protesté. Nos llevábamos tan bien que ese mismo día, después de las lágrimas, nos estuvimos riendo, nos besuqueamos y bobeamos un poco, pero cuando cruzó el umbral de la puerta de mi casa, salió de mi vida.
Entonces yo empecé a salir con Luis, un hombre que no me obnubilaba el juicio ni me mojaba las bragas como U., pero que era listo, admirable y atento, esas cosas importantes. Además U., que era un politólogo de la UNAM lleno de tatuajes y con el pelo largo, nunca había sido de particular agrado de mis padres, mientras que Luis entró desde el principio por la puerta principal, tras estacionar su Audi en mi calle, con cara de niño Ibero y seguro de sí mismo.
Mientras eso sucedía, yo seguía en contacto con U. (de quien seguía enamorada) pero sólo por vías electrónicas. Él decía extrañarme y me invitaba constantemente a que nos involucráramos sexualmente. Tiempo después comprendí que él en realidad no quería irse, quería que yo lo detuviera, y que hubiera bastado que yo pusiera un pero (medio pero) para que él se hubiera quedado. Pero yo no quería forzarlo ni con el más mínimo chantaje, yo quería que él estuviera convencido, que cargara con su propio deseo en vez de achacármelo a mí.
Por eso, cuando en una charla me pidió volver (por Messenger, casual, como quien pide la hora), yo le dije que no era tan fácil. Por supuesto que yo quería volver, pero quería poder confiar en su interés, quería que trascendiera el mero capricho. Eso nunca sucedió. Él, derrotista e implosivo, sólo se retiró en silencio.
En consecuencia, yo empecé a andar con Luis y tuvimos una relación larga y cansada. Esa historia ya no la contaré (no hoy, al menos). Sólo diré que a través de ella me di cuenta cuánto podía mentirme a mí misma, porque aunque siempre supe que era una mala idea (él era infantil y dependiente) me inventé argumentos y contraargumentos para convencerme de mi cariño hacia él y de lo idóneo que era. En el proceso, fui sacándome a U. de la cabeza, pero poco a poco y sólo a costa del tiempo.

Ahora que lo pienso, seis años después, el desenlace de toda la historia me parece de una superficialidad ridícula. Pero claro, eso es porque lo juzgo desde el futuro, y así cualquiera. Como sea, la verdad es que nunca me he arrepentido de haber dejado que U. se fuera. Al contrario, durante mucho tiempo me pareció un gesto maduro de mi parte: nada me molesta más que la insistencia, como si el amor fuera un favor o una negociación en vez de un anhelo o un impulso. Y aunque U. podía ser divertido o agradable, no sólo de hórmonas vive el hombre, y eso era sobre todo lo que a nosotros nos unía. Yo necesitaba irme no sólo por él, sino también para liberarme de A. y de OM y de todo lo relacionado con ese grupo social que ya estaba viciado y que llevaba tiempo intoxicándome.
Pero por el otro lado, hoy lo veo desde una perspectiva distinta: a cambio de una seguridad elegí, de entre todos, el camino más inauténtico, el “conveniente”. Visto así, tal vez hubiera sido mejor idea persistir en lo de U. aunque fuera inmaduro y aunque acabara mal; tal vez hubiera valido la pena sacrificar el orgullo o la idea social de bien a cambio del frenesí vital que él representaba.
Sé que mi argumento tiene una falla: estoy estableciendo una dicotomía falsa. Las opciones no se agotaban en U. o Luis (estaba la soledad, por ejemplo), como tampoco seguridad es sinónimo de inautenticidad ni autenticidad es sinónimo de incertidumbre (aunque eso último podríamos discutirlo: deseo es extravío). Mi único punto es que, si de todas formas vamos a sufrir (porque no es como que con Luis la hubiera pasado mejor), mejor sufrir por lo que nos atraviesa y pagar el precio de la desorientación, que convertirnos en mediocres funcionales, estoicos de quinta, cobardes elegantes con la cara pulcra y el deseo estreñido. Lo que no se vale es confundir el miedo con la sensatez, la defensa con la razón, o la madurez con el acartonamiento. Lo demás: caso por caso, las respuestas correctas siempre requieren ser construidas, si es que las hay.