La noche, ese gran corte

O amor… Esse tempo indeterminado,
que busca pausas e vive em contrapontos!
Karla Fioravante.

As the day comes to an end, the twilight
dissolves the surfaces, absorbing their colors,
leaving their reflections suspended in space.
(…) Things lose their separateness.
The Imperative, Alphonso Linguis.

I.
Hay días en los que me atormenta que llegue la noche y la pospongo por todos los medios posibles. Si estoy de copas con amigos, les sugiero que vayamos a otro bar, les ofrezco llevarlos después a su casa, los invito a la mía. Si estoy con un hombre me recuesto en su pecho, lo envuelvo con besos e historias, lo empapo de piel, lo distraigo fraudulentamente de su partida. Y si estoy sola, entonces me pongo a ver una película, ojerosa y persistente, o incluso una serie de televisión completa, capítulo tras capítulo. Todo con tal de no dar por acabado mi día, de no enfrentar la derrota silenciosa que supone meterme a las cobijas y, con los ojos cerrados, abrirle paso al día siguiente.
Eso me pasaba sobre todo en Madrid, ciudad nocturna. No había día en el que conciliara el sueño antes de las tres de la mañana y desarrollé un masoquismo peculiar que consistía en mantenerme despierta aun en contra de mi cansancio y aun sin tener nada qué hacer. En parte, era mi forma de estar cerca de México, al que le llevaba siete horas de ventaja. En parte, era que ceder ante la noche, era ceder ante el silencio y ante el vacío; era asumir la soledad. Y me resistía.

II.
Este año comencé a leer Corazón tan blanco. En él, Javier Marías reflexiona sobre el matrimonio, sobre las dudas inherentes a él y los cambios mínimos en la forma de convivir de las parejas, cambios que se gestan silenciosamente tras la constancia.
Y sobre todo, la noche, ese gran corte. La diferencia sustancial entre los novios y los esposos es que los esposos no se separan por la noche, su convivencia es continua. Los novios, por el contrario, tienen que despedirse sin remedio y quedar para después. Esa separación, ese corte obligado (un corte incómodo, impráctico y a veces hasta un poco doloroso), los fuerza a seguirse decidiendo en los pequeños gestos, por más anodinos que éstos sean: al día siguiente habrán de quedar para ir al cine, llamarse por teléfono (ir a comprar crédito, esperar a que sea la hora en que el otro se despierta), hacer un espacio para contarse una preocupación o un sueño, o atravesar la ciudad entera en viernes de quincena sólo porque llevan toda la semana sin verse. Incluso para dormir juntos tendrán que ponerse de acuerdo previamente, recordar llevar una muda extra de ropa o los libros para la clase del día siguiente, mentirles a sus padres (si viene al caso) o incluso reservar una habitación de hotel (si no hay dónde).
En ese tenor, lo que pierden los esposos es la posibilidad de hacer un corte. La experiencia del ser amado empieza entonces a volverse poco a poco una sola experiencia en vez de muchas distribuidas a lo largo del tiempo en conversaciones, divertimentos y encuentros sexuales. La noche llega sin irrupción para los casados —que es como decir que nunca llega—, porque no hay una verdadera separación ni una necesidad de despedida. Tanto que es común que, ya metidos en la cama, dejen más de una conversación a medias: no sienten la necesidad de concluir, tienen toda la vida por delante.
Privados de cortes, tampoco se desnudan ya el uno al otro. Desnudar a alguien es participar activamente de su metamorfosis, es despojarlo de un estado de cosas, es atraerlo a un mundo privado y transgresor, fuera del mundo en el que la gente se viste y se comporta. En los matrimonios, la desnudez ya está incoporada a su rutina y forma parte del mundo de las reglas; por lo que es habitual que presencien, entre bostezos, como el otro se despoja de su propia ropa para ponerse la pijama.
En ese contexto, el mundo de adentro y de afuera se mezclan con frecuencia, lo mismo que la noche con el día. El matrimonio se vuelve entonces la totalidad, el abismo sin aristas. Llegados a ese punto, es frecuente que llegue el hastío, los silencios, la distancia. Claro, porque en un exceso de intimidad, deja de haber un lugar específico para ella; porque testigos del discurso de sus vidas, ya no acceden a su metadiscurso.
Por eso, si estuviera en mis manos y tuviera el dinero (porque influyen factores económicos) tendría un novio para siempre; o sea, un esposo con casa propia. Tendría sus dificultades, claro está (si tenemos sesenta años y ya no cogemos, ¿ya nunca dormiremos juntos?, y si traemos avidez de cercanía, ¿qué tanto es tantito?), pero al menos nos obligaría a seguir tomando postura, a seguir quedando para tomar un café o para ver la televisión juntos los domingos.

III.
En Madrid tuve una profesora que decía que suscribir la filosofía de Hume no sólo era subversivo, sino que era prácticamente imposible. Para quien no esté familiarizado, Hume cuestiona las leyes de la causalidad y sostiene que lo único que tenemos realmente es la costumbre; es decir, que no hay una conexión necesaria (corroborable) entre causa y efecto (recordemos que Hume es un empirista), y que si la hemos dado por buena, es sólo porque nos hemos acostumbrado a que las cosas suceden de cierta manera y en cierto orden, pero —dice Hume— no hay garantía real de ello.
Bajo esa lupa, del hecho de que ayer o antier haya amanecido, no se puede inferir que vaya a amanecer mañana. Por eso, decía mi profesora queridísima (Amaya Ortiz de Zarate, ya previamente citada en el texto De la angustia al hastío), nadie puede ser realmente humeano, porque si lo fuera, ¿cómo podría conciliar el sueño cada noche?
La noche es un gran corte y lo único que nos hace poder encararla es la confianza de que después, vendrá el día de nuevo. Por eso los niños, decía Amaya, le tienen tanto miedo a la noche, porque precisamente están enfrentando por primera vez su miedo al corte (a la castración) y ese miedo se proyecta en todo: en la angustia que sienten cuando se separan de su madre por primera vez, y claro, en el miedo a la oscuridad; esa suspensión abrupta de la continuidad que representa el día, ese gran monstruo que devora la conciencia. Requerimos del relato que promete continuidad, aunque sea ficticio.

IV.
Los cortes siempre son agresivos y quisiéramos poder prescindir de ellos y eliminar toda discontinuidad (como con la depilación, tema tratado en este otro post), pero al mismo tiempo, los cortes nos protegen, nos permiten dosificar nuestra experiencia con lo real. Al final, hagamos lo que hagamos, somos seres discontinuos, y hemos de vivir con eso. Y cuando se trata del amor, ese torbellino amorfo, la conciencia de la discontinuidad es lo único que puede garantizar la continuidad, porque sólo si logramos pronunciar el corte podemos respetar la otredad, siempre inaccesible: entre el otro y yo, hay un hueco, una pausa, un texto que necesita de traducción. Culturalmente tendemos a hacer lo contrario: queremos devorar al otro, borrar los espacios entre los dos, acceder a sus pensamientos y renunciar a la soledad; darle la espalda a la noche. Pero el «dissapointment» (des-encuentro) será siempre inevitable, así como innegable la soledad.
Mientras pienso esto, me asomo a la ventana y descubro que ya ha llegado la noche. Me gusta el color del cielo cuando oscurece. No es negro, es un azul ligeramente purpúreo y quizá, hasta un poco ocre. Mientras pienso esto, fantaseo con lo agradable que sería dormir esta noche acompañada. Pero no será así. ¿Y saben qué? Está bien. En vez de eso, escribo para defender la soledad y tengo la sensación de que esta autocontención es algo risueña, como si esta reflexión hubiera menguado ligeramente mi miedo a la muerte. No hace falta más que dejar pasar al tiempo, sin resistirse a la oscuridad. Al final, como diría Linguis, the darkness which softly wipes away the urgencies and the destinations and the hard edges of reality is felt in an enjoyment that conforms to its depths without resistance.

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